EL SOBRESALTO
I
La vida de Ofelia transcurría sin sobresaltos. Algunos problemas
menores irrumpieron en el hastío y la monotonía de sus casi tres
décadas de matrimonio. Sus hijos y su marido la amaron y
compartieron con ella una cotidianidad tranquila y reservada que en
muy poco difería de las demás familias que vivían en aquella zona
residencial de Gascue.
Pero una mañana don Ernesto Silveira amaneció muerto sin que nadie
supiera por qué. Como conservó para la eternidad una espléndida
sonrisa, nadie puso en duda que se trataba de una muerte natural. No
había rasguños, forcejeo, ni marcas de angustia o de lucha. Los
médicos amigos de Ofelia descartaron un paro cardíaco o algún
derrame cerebral, porque no apareció la menor señal de estertores,
babas ni agonía.
En la funeraria su rostro se veía rozagante, iluminado. Todos
aceptaron la repentina muerte como una decisión divina o como acto
irrevocable del destino. Todos, menos Ofelia. Ella encontró en su
traje vestigios y evidencias que en aquel sombrío momento decidió
callar. “Le llegó su hora y murió” dijo secamente Almar, el hijo
mayor. Airina, la menor, se limitó a rodearla por los hombros, sin
decir una palabra.
Ellos sabían que desde hacía algunos años la pareja había decidido
dormir en habitaciones separadas de la amplia mansión, heredad de
Ofelia. Se dijo que era solo debido a los estruendosos ronquidos de
Ernesto. Se reunían para cenar a las siete y a eso de las ocho don
Ernesto salía a su caminata habitual que según él le llevaba a los
casinos del Malecón, al Ateneo o alguna de las tertulias con sus
amigos poetas, vagos y pintores que se reunían en El Cantábrico.
A Ofelia no le importaba. El sexo era para ella historia antigua. Le
era menos trabajoso encender el televisor o hablar con las amigas al
teléfono. Se acostaba puntualmente a las diez y a eso de las ocho de
la mañana le traía sus pantuflas, el café y los periódicos. Ernesto
se tardaba un par de eternidades leyendo en su baño y no salía hasta
repasar los titulares, las notas editoriales y las luctuosas. No
había discordias. Los diálogos entre ellos eran parcos y rozaban
apenas alguna novedad social o familiar. El almuerzo y la cena los
servía Azucena, una joven mucama que Ofelia misma había entrenado en
las artes del hogar.
La noche antes de su muerte, Ernesto cenó poco. Se retiró a sus
habitaciones y ella sólo sintió la aureola de su perfume
revoloteando el aire, cuando él se escabulló por el pasillo sin el
acostumbrado beso de buenas noches. Esa noche repetían una de esas
películas interminables de la televisión que Ofelia nunca lograba
ver completa. Se acostó muy pasadas las doce si oír a Ernesto
llegar. Se durmió a eso de la una, vencida por las imágenes
tumultuosas del film.
Cuando fue a llevarle las pantuflas ya él estaba muerto. Lucía
impecablemente vestido y oloroso. Una sonrisa inefable iluminaba su
rostro. No fue preciso vestirlo ni maquillarlo para las honras
fúnebres. Los de la casa mortuoria solo tuvieron que trasladar el
cuerpo al ataúd. Ella hizo un par de llamadas y al poco rato
empezaron a llegar coronas de flores de las logias, tertulias,
empresas e instituciones a las que perteneció. En la misa de cuerpo
presente el párroco elogió las ejemplares dotes morales del varón y
sus generosas contribuciones a la iglesia.
Ofelia mantuvo una postura digna y serena durante las exequias. No
derramó una lágrima. Antes de que terminaran los sufragios y
partiera el ataúd, ella contempló la apacible sonrisa del difunto y
revisó una por una las coronas que continuaban llegando. Del
gobierno, de los líderes políticos, de los gerentes, de los
generales, de los familiares lejanos. Entre todas hubo una que le
llamó la atención. Orlada sobre un fondo de rojo tafetán oscuro se
leía: “De Lucía, tu último y más grande amor.”
Arrebatada por un irracional impulso, Ofelia Santander de Silveira
se volteó iracunda y su mirada fulminante tropezó con el rostro de
una mujer joven y desconocida, tras unos lentes oscuros, vestida de
negro. Y sin decir una palabra, obedeciendo instintivamente el mismo
impulso, Ofelia dio rápidamente tres pasos y en un sobresalto,
propinó una sonora y memorable bofetada a la cara de Lucía
Cienfuentes. Para alivio de todos, quienes conocían esa historia
secreta, menos ella.
FERNANDO UREÑA RIB
FÁBULAS URBANAS
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