PERFUME
Debido a una imprevista y compleja desviación de la
circulación urbana, ingresé con apremio y retraso al gran
auditorio del teatro. Logré penetrar en el instante en que
aquel ámbito solemne se sumía en la oscuridad y en el
silencio previo a las primeras notas del concierto. El
director levantaba los brazos, mientras yo tropezaba con
rodillas, zapatos y espaldares para alcanzar el único
butacón disponible en la platea. Una señora de cierta edad
me sonrió, recogió la exuberante cola de su vestido y me
permitió sentarme a su lado.
Una súbita ráfaga de los vientos atacó el vacío ocupado
por el silencio con una fanfarria atronadora. Solo cuando
entraron las flautas sentí el perfume. Era sin dudas el de
la señora a mi lado. La miré y volvió a sonreír, oronda,
como si hubiese logrado atraparme en las redes de sus
ardientes feromonas. . Debía ser una mezcla de eucalipto y
bergamota con algún otro componente dulzón (pachulí o
alpiste quizás) que lo hacía inaguantable.
El trombón de vara ejecutaba un solo. Traté de
abanicarme con el programa de mano. Aproveché la entrada de
las trompetas para volver a mirar a la señora, quien trataba
de ocultar sus ojeras con unas largas pestañas negras
recubiertas de polvo plateado y un maquillaje fosforescente,
matizado con rouge. Sentí esencias de canela y cardamomo.
Una flauta transversal hacía trasposiciones con la viola.
No podía moverme ni salir huyendo, que era lo que más
hubiera deseado, al sentir que me asfixiaba y que se
invadían todos mis sentidos.
Traté de hacer ejercicios mentales y concentrarme en la
música (técnica que aprendí del yoga) pero de nada
valieron, porque la señora comenzó a abrir y cerrar una
carterita brillosa que sostenía entre las piernas. Noté
cómo manipulaba dentro no sé qué cosa con sus uñas largas,
decoradas con florecillas. Traté de perderme en los sonidos
de un cello que en ese momento me pareció la única tabla de
salvación, pero cuando la señora abría su cartera el olor se
hacía insoportable. Me sentí mareado, la cabeza me pesaba.
En la cartera debía haber algún murciélago muerto, podrido,
que ella trataba de ocultar con perfumes. En el sopor de
un fagot vi que las uñas de la señora empezaban a crecer
desproporcionadamente y no podía sostener la cabeza. Sentí
vértigo. La señora recogió de sobre mis piernas la
interminable cola de su vestido. A pesar del crescendo caí
en una especie de modorra y solo sentí unas uñas filosas
clavándoseme en la nuca.
Al llegar a mi casa, aturdido, como medio borracho, mi
mujer no me creyó que había una bruja sentada a mi lado en
el teatro. Tampoco pude explicarle las marcas en mi cuello,
el extraño perfume, ni las marcas de rouge en mi camisa.