costó años de
investigación cuidadosa, agitadas noches de insomnio, además de caer
en una maraña de incomprensiones y vicisitudes. Los libros de
medicina guardaban hermético silencio. Los místicos se habían ido
demasiado lejos y se diluían en extensas meditaciones. Fue en una de
esas meditaciones que quedé absorto contemplando mi ombligo. Un
simple pliego en espiral invertida, con un oscuro punto interior que
subía, bajaba y se desdoblaba con lenta y deliciosa movilidad. Mis
ojos estaban atentos contemplando la oscilación y casi
instantáneamente quedé hipnotizado, transportado a los dichosos días
de mi vida uterina. Todo lo recibía entonces por el cordón
umbilical: El amor, el afecto, el alimento. Era por ese oído
alargado que percibía ritmos, latidos, pulsaciones. Me preguntaba
ahora por qué aquellas funciones habrían de concluir abruptamente.
Por qué habíamos reducido el ombligo a simple cosedura, a recuerdo
inenarrable del tiempo en que nadie nos conocía, cuando aun no
teníamos nombre ni apellido; a símbolo que no puedes borrar con un
simple estropajo de baño.
Es cierto que el ombligo ha subyugado
eróticamente a media humanidad que ha encontrado en él, el rincón
maternal donde acurrucar un beso. Pero aparte de esas intimidades el
ombligo ha sido inexplicablemente ocultado, suprimido. Cuando se le
exhibe un diamante, un dije o una ajorca lo reducen a un vergonzoso
segundo plano. Y para qué hablar de correas, tatuajes, bandas,
fajas, corsés y ligaduras. Concluí que el amordazamiento del ombligo
no solo obstaculiza su potencial biológico, sino sus dotes
comunicativas, su capacidad estetoscópica. Bien visto el ombligo es
un oído invertido, emisor y receptor de ondas del que se han
olvidado miserablemente espías, agentes de seguridad y japoneses.
Llegado a esta conclusión comenzó mi labor.
Confusas ecuaciones, operaciones matemáticas y físicas complejas no
consiguieron despistarme. Abrí consulta y decidí hacer investigación
sobre el terreno. Pronto me hallé inmerso en una labor de
auscultación que iba desde la mirada discreta y lejana hasta
estudios microscópicos que me hacían sentir como el arqueólogo que
desentierra una ciudad antigua. Medía y anotaba los resultados micra
por micra, milímetro por milímetro.
Lo que sorprende de inmediato al estudioso del
ombligo es su diversidad. No hay dos ombligos iguales. Si bien todos
saben que el ombligo no es creación divina, pocos han reparado en su
innegable humanidad; no solo porque se trata de faena de parteros,
sino porque ni aves ni peces ni serpiente tienen ombligos. Perros,
gatos y cabras si los tienen saben ocultarlos muy bien. No hace
falta molestarse buscándolo en batracios, arácnidos e insectos.
Sospechaba con modestia que no sería yo ni el primero ni el único en
descubrir las innúmeras propiedades del ombligo. De modo que fui a
dar a los libros.
Era cosa de ver la filosofía, la historia, el
arte, la moda y la psicología a través del ombligo. No voy a
cansarles ahora con mis extensas notas, pero les adelanto que no
pocas filosofías parten de la contemplación del ombligo. Señor Buda,
perdone usted. Si dije antes que no hay dos ombligos iguales me
parece justo apuntar aquí que no existe tampoco nadie con dos, tres
o cuatro ombligo. No estaría completo este informe si no señalara de
inmediato su ubicación: Es el centro anatómico de la figura humana,
como bien lo determinó Leonardo da Vinci en sus dibujos, para
beneficio de obstetras y parteras que bien pudieran equivocarse
amarrando y cortando otra tripita.
FERNANDO UREÑA RIB