Las
fuerzas vectoriales que se cruzan en la vorágine creativa de las
imágenes de Fernando de Szyslo imponen súbitamente su presencia al
espectador, dejándolo inmovilizado, absorto, hasta que este comienza
a comprender su origen y destino.
Es posible que
estas fuerzas múltiples, que esos signos, se originen en antiguas
leyendas, en el paisaje abrupto de las sierras, en la inagotable
energía misma de la tierra hendida de ríos vertiginosos y de
cumbres. Es probable que el espectador vea la transformación ante sus ojos
y perciba cómo esa
tierra se renueva y triunfa en el volcán, palpita en la
semilla, en la llanura y en el bosque.
Estos antecedentes, sin embargo,
son apenas metáfora, la superficie imantada, el inicio. Porque la
obra pictórica de Szyslo, busca en realidad la trascendencia de una
imagen de América que no se circunscribe a regionalismo alguno y que
resiente los peligros y la inminencia de una globalización que
arrase el pasado en aras de un porvenir nebuloso en el que los amos
serán los mismos, sólo que más poderosos.
El espectador, frente a la obra
de Szyslo no puede hacer otra cosa que dejarse subvertir, invadir y
luego dejarse consolar por la riqueza de sugerencias impregnadas en
los gruesos empastes, en los contrastes luminosos y en una queja que
parece provenir, como un grito, desde el fondo mismo de los
lienzos.
FERNANDO
UREÑA RIB