Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

CUENTOS DE

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

OBRA PICTÓRICA

DEL LIBRO DECIR LA PIEL

BIOGRAFÍA

 
NARRATIVA DOMINICANA

 

LA VENUS DE TABOGA

FÁBULAS URBANAS

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

 

 

LA VENUS DE TABOGA

 

Era el calor espeso de las tres. Paul se restregó los ojos con un paño grande manchado de azul de cobalto y trató de concentrarse en el lienzo que era apenas un esbozo, pero los mosquitos y el resplandor de una luz cegadora le hicieron abandonar el intento. Sudaba copiosamente. Vertió ron sobre el paño y se empapó el rostro y la nuca. Luego limpió el pincel con el mismo paño. Sintió que empezaba el delirio pero contuvo su rabia.

El traumático desembarque solo le permitió salvar unos cuantos frascos de color, de los muchos que traía en su arcón de doble fondo. Ahora una marca de azul le partía el rostro y le manchaba el pelo desordenado y largo. Divisó un barco que se acercaba, saliendo al Pacífico por la brumosa boca del Canal. La caleta reverberaba y la sangre le hervía.


Tres meses atrás una barcaza le arrojó en las playas medio desiertas de Taboga, como náufrago bajo un palo de agua. A pesar de la baja marea, el mar se metió en las rendijas tapiadas con brea del baúl, atacando los pomos de blanco de zinc y de amarillo de cadmio. A media playa, Philipe su cuñado, le ayudó a montar el baúl sobre una mula sombría que parecía cojear de varias patas.


Quizás deba aclarar que Philipe era un francés buscador de fortuna (como tantos otros europeos durante la fiebre del oro) que se ganaba la vida fabricando la harina de pescado con que alimentar los cerdos y los peones que hollaban zanjas en las tierras bajas del Chagres. “Deja de rabiar, Paúl. Ya secarás tus colores sobre la playa, como secamos la harina”, le dijo su hermana, mostrándole su cuarto. Era una caseta de tablas rojas montada sobre pilotes negros, en la misma orilla del mar. Fue desde allí que vio por primera vez aquella mujer revolcándose en el agua y que incesantemente le persigue con resplandores de argento.


La marea subía tanto como la temperatura de su sangre. Paúl volvió a restregarse los ojos y se llenó la boca con un sorbo de ron que escupió sobre los gallinazos, para espantarlos, sintió hervores y otra vez vio el súbito resplandor. No era delirio. Los lugareños aseguraban que era cierto.

Hablaban de una Venus india aparecía y desaparecía, bailando desnuda en el mar o con atuendos de plata. En medio de las noches más negras se oían cantos extraños. Pero a Paúl le mortificaba tanto esa luz y esa historia que pasaba las noches en claro y de día se le iban las horas tomando ron y espantando mosquitos y gallinazos frente al mar sin poder dar una pincelada que valiera la pena. En medio del sopor del aguardiente alcanzó a ver una barcaza abriéndose paso entre las brumas luminosas de la boca del canal.


Ebrio de luz y de ron, creyó que si no podía atrapar aquella mujer en el lienzo, quizás podría atraparla en el agua, cazarla allí, definitivamente. “¡Y si es un pez y no una mujer, lo mato y lo vuelvo harina!”, se dijo tomando el último trago y lanzándose al agua. Le tenía loco aquella mujer india que le robaba los sueños y se echaba desnuda al mar y resplandecía como un espejismo bajo la luna, y en medio de la tarde. Volvió a la caseta como un loco, dio un jalón a su gran baúl, tiró la ropa deshecha y echó adentro los pomos, dejando rodar el arcón hasta que flotó en la marea que subía ahora y que ya casi cubría los pilotes de la caseta y toda la arena de la playa.
 

Se sumergió y nadó buscando la fuente del resplandor. Creyó verla nadar y saltar como un delfín, quiso atraparla. Jadeaba. Paúl le gritaba al espectro luminoso: “¡Toma mi cuerpo y vete! ¡Toma mi cuerpo o déjame!” Se hundía y resurgía, asido siempre del enorme baúl flotante. En medio de un fulgurante estallido de luz oyó el grito: “¡Paúl, Paúl Gaugin! ¡Paul, Paul Gaugin!” El no ya no oía, ni veía cuando el capitán del mismo barco que lo arrojó en Taboga lo alzó por la manchada camisa y lo tiró sobre la cubierta. “¡Vámonos Paúl, olvida esos delfines, Tahití te espera!”


Fernando Ureña Rib

 

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