LA VENUS DE TABOGA
Era el calor espeso de las tres. Paul se
restregó los ojos con un
paño grande manchado de azul de cobalto y trató de concentrarse
en el lienzo que era apenas un esbozo, pero los mosquitos
y el resplandor de una luz cegadora le hicieron abandonar el
intento.
Sudaba copiosamente. Vertió ron sobre el paño y se empapó el rostro
y la
nuca. Luego limpió el pincel con el mismo paño. Sintió que empezaba
el delirio
pero contuvo su rabia.
El traumático desembarque solo le permitió salvar
unos cuantos frascos de color, de los muchos que traía en su arcón
de
doble fondo. Ahora una marca de azul le partía el rostro y le
manchaba el
pelo desordenado y largo. Divisó un barco que se acercaba, saliendo
al Pacífico
por la brumosa boca del Canal. La caleta reverberaba y la sangre le
hervía.
Tres meses atrás una barcaza le arrojó en las playas medio desiertas
de Taboga, como náufrago bajo un palo de agua. A pesar de la baja
marea,
el mar se metió en las rendijas tapiadas con brea del baúl, atacando
los pomos
de blanco de zinc y de amarillo de cadmio. A media playa, Philipe su
cuñado, le ayudó a montar el baúl sobre una mula sombría que parecía
cojear
de varias patas.
Quizás deba aclarar que Philipe era un francés buscador de fortuna
(como tantos otros europeos durante la fiebre del oro) que se ganaba
la vida
fabricando la harina de pescado con que alimentar los cerdos y los
peones
que hollaban zanjas en las tierras bajas del Chagres. “Deja de
rabiar,
Paúl. Ya secarás tus colores sobre la playa, como secamos la
harina”, le dijo
su hermana, mostrándole su cuarto. Era una caseta de tablas rojas
montada
sobre pilotes negros, en la misma orilla del mar. Fue desde allí que
vio por
primera vez aquella mujer revolcándose en el agua y que
incesantemente le
persigue con resplandores de argento.
La marea subía tanto como la temperatura de su sangre. Paúl volvió
a restregarse los ojos y se llenó la boca con un sorbo de ron que
escupió sobre
los gallinazos, para espantarlos, sintió hervores y otra vez vio el
súbito
resplandor. No era delirio. Los lugareños aseguraban que era cierto.
Hablaban de una Venus india aparecía y desaparecía, bailando
desnuda en el mar
o con atuendos de plata. En medio de las noches más negras se oían
cantos
extraños. Pero a Paúl le mortificaba tanto esa luz y esa historia
que pasaba
las noches en claro y de día se le iban las horas tomando ron y
espantando
mosquitos y gallinazos frente al mar sin poder dar una pincelada que
valiera la pena. En medio del sopor del aguardiente alcanzó a ver
una barcaza
abriéndose paso entre las brumas luminosas de la boca del canal.
Ebrio de luz y de ron, creyó que si no podía atrapar aquella mujer
en el lienzo, quizás podría atraparla en el agua, cazarla allí,
definitivamente.
“¡Y si es un pez y no una mujer, lo mato y lo vuelvo harina!”, se
dijo tomando
el último trago y lanzándose al agua. Le tenía loco aquella mujer
india
que le robaba los sueños y se echaba desnuda al mar y resplandecía
como
un espejismo bajo la luna, y en medio de la tarde. Volvió a la
caseta como
un loco, dio un jalón a su gran baúl, tiró la ropa deshecha y echó
adentro
los pomos, dejando rodar el arcón hasta que flotó en la marea que
subía
ahora y que ya casi cubría los pilotes de la caseta y toda la arena
de la playa.
Se sumergió y nadó buscando la fuente del resplandor. Creyó verla
nadar y saltar como un delfín, quiso atraparla. Jadeaba. Paúl le
gritaba al espectro
luminoso: “¡Toma mi cuerpo y vete! ¡Toma mi cuerpo o déjame!” Se
hundía y resurgía, asido siempre del enorme baúl flotante. En medio
de un
fulgurante estallido de luz oyó el grito: “¡Paúl, Paúl Gaugin!
¡Paul, Paul Gaugin!”
El no ya no oía, ni veía cuando el capitán del mismo barco que lo
arrojó
en Taboga lo alzó por la manchada camisa y lo tiró sobre la
cubierta. “¡Vámonos
Paúl, olvida esos delfines, Tahití te espera!”
Fernando Ureña Rib