Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

 

OBRA PICTÓRICA

 

ARTE DOMINICANO

ADA BALCÁCER

ALBERTO BASS

AMABLE STERLING

ANTONIO PRATS VENTÓS

AQUILES AZAR

BISMARK VICTORIA

CÁNDIDO BIDÓ

DARÍO SURO

DOMINGO LIZ

DIONISIO BLANCO

DUSTIN MUÑOZ

ELIGIO PICHARDO

GASPAR MARIO CRUZ

IVAN TOVAR

JOSE FELIX MOYA

JOSÉ PERDOMO

JOSÉ RAMIREZ CONDE

JOSÉ RINCÓN MORA

JOSEP GAUSACHS

FERNANDO VARELA

FERNANDO UREÑA RIB

FERNANDO PEÑA DEFILLÓ

LUIS MARTÍNEZ RICHIEZ

MANOLO PASCUAL

RAÚL RECIO

ROSA TAVAREZ

SILVANO LORA

TONY CAPELLAN

VICENTE PIMENTEL

 

Latin Art Museum, Favorite Portal for Latin American Art. El portal Favorito del Arte Latinoamericano.

ARTE TAÍNO

ARTE TAÍNO

RICARDO ALEGRÍA

ROBERTO VALCÁCER ROJAS

 



La escultura entre los Indios Taínos de las Antillas Mayores


Al conmemorar el Quinto Centenario del Descubrimiento de América por los españoles, tenemos que recordar que fueron los indios taínos de las Bahamas y las Antillas Mayores los primeros hombres del Nuevo Mundo en entrar en contacto con los europeos. Fue en las Antillas donde los españoles forjaron su concepción del aborigen americano y descubrieron plantas que habrían de contribuir a transformar la economía agrícola del Viejo Mundo y enriquecer la farmacopea de la época. El uso por los europeos del tabaco y de la goma, así como el de la hamaca o cama colgante, que muy pronto se adoptaría a las facilidades de la navegación europea, fueron también resultado del trascendental encuentro. Y, fue, por último, adoptando vocablos taínos que inició el castellano el proceso de enriquecimiento lingüístico que habría de prolongarse en su ulterior contacto con otras lenguas americanas.

El encuentro entre españoles e indígenas fue también decisivo para la sociedad taína que, muy pronto, ante el impacto de la conquista y sus consecuencias, se desintegró entes de que hubiera terminado el siglo XVI.

La sociedad taína que en las Antillas Mayores y las Bahamas hallaron los conquistadores españoles fue el resultado de antiguas migraciones de indios aruacos que hacía más de mil quinientos años, desde las regiones del noreste de la América del Sur –lo que hoy conocemos como Venezuela-Guyana- habían llegado a las Antillas Menores y, desde éstas a las Mayores. Para el siglo X de nuestra era habían logrado un florecimiento cultural gracias al desarrollo de una economía basada en el cultivo de la yuca y el maíz. Desde Puerto Rico (Borinquen) que era su frontera oriental, defendían los indios taínos su hegemonía en las Antillas Mayores frente a la invasión de los indios caribes, que desde las costas suramericanas habían invadido las Antillas Menores y, habiendo ya conquistado las Islas Vírgenes, desde allí realizaban incursiones para atacar y saquear las Antillas Mayores y las Bahamas.

El centro de la cultura taína se encontraba, al momento de la conquista europea en Puerto Rico, casi toda la Española, especialmente la región orienta y en el extremo este de Cuba. Gran parte de Cuba, Jamaica y las Bahamas eran áreas marginales.

Para esta fecha la sociedad taína había alcanzado su pleno apogeo que se manifestaba es sus instituciones políticas y mágico-religiosas, como eran el cacicazgo, el cemiísmo, la existencia de complejos centros ceremoniales, el juego con pelota de goma y el ritual de la cojoba, mediante el cual se comunicaban con sus dioses y espíritus tutelares.

A este complejo de instituciones políticas, con su sociedad jerarquizada y las creencias mágico-religiosas que regían su vida, se debió el surgimiento de una rica expresión artística cuya principal manifestación fue el arte escultórico.

El arte en las Antillas no se inicia, sin embargo, con los taínos. Indios arcaicos, recolectores y cazadores que poblaron algunas de las islas hace más de siete mil años ya tallaban objetos ceremoniales de piedra y madera y hacían pinturas rupestres en las que se manifestaban sus aptitudes artísticas. Poco antes de la Era Cristiana ya las Antillas Menores y Puerto Rico habían sido pobladas por indios saladoides o ingería, provenientes de la América del Sur. Los saladoides produjeron la más bella cerámica de las Antillas, en ocasiones policromada, así como delicados adornos corporales tallados en piedra y en otros materiales.

El arte de los indios taínos como el de todos los pueblos aborígenes refleja su particular concepción del mundo. Los taínos creían en espíritus superiores que controlaban, a veces caprichosamente, la naturaleza humana y el mundo. A estos espíritus el hombre debía halagar, apaciguar o neutralizar por medio de ritos y ceremonias sagradas. El arte taíno, encarnación de dichas creencias, se expresaba, con relativo o absoluto dominio técnico en agradables formas convencionales, elaboradas con los más diversos materiales. De algunos de sus ejemplares, ejecutados con materia perecedera, sólo nos resta la descripción que de ellos nos dejaron los cronistas de Indias.

Pocos objetos de valor artístico se salvaron de la destrucción sistemática, llevada a cabo por los misioneros y colonizadores, de todo lo que para ellos, tenía significación mágico-religiosa, es decir los ídolos y otros objetos de uso ceremonial. De la destrucción, que obedecía a las ideas religiosas de la época, sólo se salvaron aquellas que se enviaron, como objetos exóticos, a príncipes europeos renacentistas quienes los conservaron en sus gabinetes de curiosidades, y aquellos que, a tiempo, lograron esconder los indios en cuevas y otros lugares inaccesibles para los conquistadores, y que serían, siglos más tarde, re-descubiertos por arqueólogos y campesinos.

Las investigaciones arqueológicas también han redescubierto otros objetos que ya habían sido desechados pos los taínos siglos antes de la conquista. Debemos reconocer la labor de aquellos coleccionistas del siglo XIX y primeras décadas del actual, que en las Antillas, sin ser arqueólogos la mayoría de ellos, se dedicaron a recoger y reunir los objetos de nuestros indios, que accidentalmente aparecían durante las labores agrícolas o la construcción de caminos o edificios. Estos valiosos objetos algunos de los cuales son insuperables exponentes del arte aborigen, no hubieran llegado hasta nosotros si no hubiera sido por la dedicación de estos coleccionistas u estudiosos antillanos.

Antes de considerar la producción artística de los taínos de las Antillas Mayores debemos señalar que para la apreciación del arte aborigen americano es necesario desechar muchas de las ideas preconcebidas sustentadas por la tradicional evaluación del arte occidental.

Lo que hoy podemos denominar arte taíno no es otra cosa que la expresión simbólica y estética de su sociedad, de sus necesidades, y sobre todo, de sus creencias y prácticas mágico-religiosas. Es dentro de esta realidad que podemos apreciar e interpretar sus diversas expresiones.

Las creencias taínas en la magia simpática, así como en seres espirituales capaces de controlar la naturaleza, permeaban y moldeaban su cultura. Para el indio la naturaleza estaba animada de poderes sobrenaturales con los que los bohiques o chamenes y los caciques podían comunicarse a través de estrictas y elaboradas prácticas y ritos ceremoniales. Fray Romón Pané (1974, Cap. XIX), a comienzos de la conquista en La Española, recogió valiosa información que nos ilustra la manera como el artista taíno recibía la inspiración o más bien la orden de elaborar un objeto sagrado. Refiere el fraile que cuando un indio que transitaba por un oscuro y solitario lugar veía moverse las ramas de un árbol sin la intervención de brisa alguna, persuadido de que se trataba de un fenómeno sobrenatural, se detenía y le preguntaba al árbol quién era y qué deseaba. El árbol, según el fraile le decía:

“...Llámame a un behique y te diré quién soy.”

El fraile sigue diciendo:

...y aquel hombre ido al susodicho médico, le dice lo que ha visto y el hechicero o brujo corre enseguida a ver el árbol de que el otro le ha hablado, se sienta junto a él, y le hace la caoba... Hecha la caoba, se pone de pie y le dice todos sus títulos, como si fuera un gran señor y le pregunta, “Dime quién eres y qué haces aquí y, que quieres de mí y por qué me has hecho llamar Dios si quieres que te corte o si quieres venir conmigo y cómo quieres que te lleve, que yo te construiré una hereda.”

Este sentimiento de hermandad con la naturaleza, típico de los pueblos aborígenes, produce en el artista taíno un profundo respeto por los materiales con los que plasma sus obras. La piedra, la madera, el hueso, la concha de caracol, no sólo representan el medio sobre el cual ha de trabajar sino la identidad existente entre esa materia y el espíritu mismo de la deidad que en la obra ha de plasmarse. Sólo diestros artífices eran capaces de elaborar los ídolos y demás objetos del culto mágico-religioso.

La celebración de los ritos y ceremonias taínas, tales como los areytos y la cojoba (inhalación de los polvos alucinógenos), conllevaban toda una serie de expresiones artísticas, manifestadas a través de un rico y vistoso despliegue de cantos, danzas, música, indumentarias, objetos sagrados y adornos personales. En esta forma rendía homenaje la sociedad indígena a los dioses y espíritus tutelares; requería, mediando ruegos y ayunos, su protección y ayuda y así lograba conocer sus mandatos y decisiones.

El areyto, ceremonia celebrada por diversos motivos y con actividades desde festivas hasta luctuosas, ejemplifica la unión de las distintas expresiones artísticas al servicio del grupo, de la misma manera que la propia sociedad taína representaba la unión de todos los miembros en la conservación de su supervivencia física y espiritual.

Los cronistas de Indias describen los areytos como complejas y largas ceremonias en las que la literatura oral, en forma de declaraciones poéticas, historias míticas y canciones, acompañadas por la música y los ritmos producidos por trompetas y tambores de madera, maracas, flautas, silbatos y fotutos de caracol, así como por el tintineo de sartas de caracoles, servían para recordar las gestas históricas de los taínos e impartir la enseñanza de sus valores tradicionales.

A los cantos y la música acompañaba el baile comunitario, elaborándose para cada ceremonia una complicada coreografía en la que se en lazaban los movimientos de la danza con el despliegue, por los bailarines de la rica gama de ornamentación y de color representado por los llamativos diseños pintados sobre sus cuerpos, las máscaras que cubrían sus rostros, los vistosos adornos de cabeza, hechos de algodón, plumas, paja y oro, y los bellos collares, pulseras, orejas y colgantes con que completaban su atuendo.

El arte de los taínos, conceptual y a la vez, utilitario, refleja antes de nada, su visión mágico-religiosa, del mundo. Sus obras de arte están representadas por una vasta gama de objetos de uso personal y doméstico, y, en particular, por un rico repertorio ceremonial. La variedad y cantidad de estos objetos, trabajosamente elaborados (recordemos que no disponían de instrumentos metálicos) en los más diversos materiales obtenibles en su ambiente o derivados de su comercio, constituyen la muestra más fehaciente de su innata inclinación artística.

Las formas abstractas, naturalistas o estilizadas de estos objetos eran tradicionales y estereotipadas, por lo cual podemos distinguir verdaderas series de objetos similares en las diversas islas habitadas por los taínos o en aquellas a las que llegaba su comercio. Esta producción representa una arte conceptual al servicio de la sociedad taína a la vez que refleja una fuerte voluntad artística y una decidida intención mágico-religiosa. En algunas ocasiones los taínos se veían obligados a alterar las formas convencionales para adaptarlas al material o campo decorativo disponible, lo que hacían verdadera habilidad y sentido estético.

El arte taíno logra sus más bellas expresiones plásticas en el medio escultórico. Con el propósito de lograr su objetivo artístico, los taínos utilizaron las duras piedras como el granito, la diorita, el basalto y otras más fáciles de tallar como el mármol y la serpentina. En muchos casos el color de la piedra, las vetas de la misma y el pulimento que lograba darle facilitaba y enriquecía la obra artística.

También se hacía uso de las bellas y duras maderas de los bosques tropícales como el guayacán, el moralón y el capá. El huesos del manatí, el mamífero de mayor tamaño en la fauna antillana, le proveyó de material para algunos de los más bellos artefactos de uso ceremonial así como para tallar idolillos. El hueso humano, en particular el fémur y el cráneo también le ofrecían la oportunidad de grabar representaciones antropomorfas de carácter mágico-religioso y adornos ceremoniales.

En la colección del Museo de la Universidad de Puerto Rico se atesora una figurita tallada en hueso de manatí que indudablemente representa un idolillo de fecundidad. La pieza fue excavada en Luquillo, Puerto Rico. La figurita de mujer, muy desgastada y sin rostro, recuerda a las venus del arte paleolítico europeo en el ajustado y vigoroso modelado del vientre grávido y de los abultados senos. La mujer aparece arrodillada, con los brazos doblados y las manos al frente, en lo que posiblemente representa una posición ceremonial.

Excepcional también es otra figura tallada en hueso que se conserva en el mismo Museo. Representa un torso masculino muy bien estudiado anatómicamente y con exagerados rasgos masculinos. La escultura, aunque pequeña –no tiene más de quince centímetros de altura- constituye un gran logro pues comunica la sensación de monumentalidad. Estas piezas talladas en hueso están representadas en proporciones correctas, lo cual no es usual en las representaciones escultóricas taínas.

Dominaron nuestros indios el arte de la cerámica, en lo que produjeron elaboradas vasijas y platones, así como adornos corporales y otros objetos utilitarios. El uso de la arcilla les permitió, además, modelar figuras antropomorfas y zoomorfas en las que hicieron alarde de su talento artístico. En el Museo del Hombre Dominicano, y en el Museo del Indio Americano de Nueva York se conservan bellos ejemplos de la escultura en barro de los taínos de La Española.

Otra importante materia prima de que disponían, los artistas taínos era la concha de caracol, especialmente la del Strombus, molusco que usaba como alimento y cuya dura y bella concha blanca le servía para elaborar infinidad de pequeños objetos similares a los que trabajaban en madera, hueso y piedra. Se destacan en esta producción los de valor simbólico o mágico-religioso, elaborados por los más diestro artífices para usos ceremoniales y como adorno corporal. Entre ellos descuellan las pequeñas guaizas o máscaras que adornaban los cinturones de los caciques y otros objetos ceremoniales. Imágenes de animales vinculados a su mitología como la rana, el perro, los peces y distintas clases de aves, eran cuidadosamente tallados en concha de caracol, medio que también se utilizaba para la talla de los pequeños trigonolitos o ídolos de tres puntas.

La producción de objetos tallados en concha de caracol tiene una amplia distribución en las Antillas Mayores. Sus piezas son ejemplo de la versatilidad del artista taíno, quien estiliza y geometriza las figuras animales y humanas que suele representar hasta convertirlas en verdaderos símbolos o abstracciones. Ejemplo de estas estilizaciones de la figura humana lo constituye un diminuto idolillo (que ha perdido la cabeza) en el cuerpo de está representado en forma tubular destacándose solamente los brazos, el ombligo y las piernas. Este idolillo, tallado en cancha de caracol, proviene de la República Dominicana y permanece actualmente a la Colección de Hostos del Museo de la Universidad de Puerto Rico.

El algodón nativo, que los taínos hilaban y tejían con gran destreza, les proveía la materia prima para hacer las telas con las cuales confeccionaban las naguas, cortos delantales que eran la única vestimenta de las mujeres casadas. El algodón también les facilitaba el tejido de gruesos hilos que, cosidos unos con otros, les permitía formar figuras de sus dioses y espíritus tutelares.

Los taínos, desconocedores del arte de fundir los metales, trabajaban las papitas y granos de oro que recogían en los ríos y arroyos con pesados martillos de piedra hasta convertirlas en delgadas hojas o laminas, las que utilizaban entonces en forma deseada.

De estas hojas o láminas de oro era que los artífices taínos cortaban las piezas que luego incrustaban en los dujos o asientos ceremoniales, los ídolos y otros objetos del culto mágico-religioso. En todas las Antillas Mayores se han encontrado fragmentos de lámina de oro que fueron usados como adornos corporales o para adornar otros objetos. Estas láminas de oro eran a veces grabadas o repujadas con cinceles de piedra.

Los cronistas de la conquista nos hacen saber que los taínos también hacían uso de plantas textiles como el maguey y de diferentes clases de bejucos para tener hamacas, canastas, adornos y otros objetos de uso diario, pero de gran belleza. Así también utilizaban las bellas plumas de múltiples colores que les proporcionaba la rica fauna avícola que entonces poblaba las diferentes islas. Las fuentes etnohistóricas nos describen bellas capas y adornos de cabeza hechos de plumas de colores. Semillas como las de las palmas de corozo y otras eran también utilizadas como materia prima para convertirlas en adornos corporales.

Desgraciadamente, la rápida desintegración de la sociedad aborigen, el clima tropical tan devastador para muchos de los materiales utilizados por los taínos para expresarse artísticamente; así como la falta de interés de los colonizadores para conservar estas manifestaciones de la cultura aborigen, ha sido responsable de que hasta nosotros sólo haya llegado una fracción de los objetos representativos del arte taíno.

Mediante el “rescate” o intercambio con los indios de la Española, del tributo que les impuso y de la incautación de los bienes de los rebeldes, particularmente los del cacique Canoabo, Cristóbal Colón reunió, entre 1495 y 1496, un valioso tesoro de objetos permanecientes a los aborígenes.

El inventario y la descripción de estos objetos obtenidos por Colón nos ofrece, de la cultura taína, una nueva y amplia visión que ni la arqueología no las crónicas pudieron establecer. Muchos de esos objetos, enriquecidos con adornos de oro, revelan la riqueza ceremonial de la sociedad indígena, así como la multitud de objetos preciosos de que nuestros indios hacían uso. En dicho Inventario (Alegría, 1980) se menciona, por ejemplo “cuatro perfumadores de narices con once pintas de oro”. Estos “perfumadores” no eran otra cosa que inhalaban los caciques y chamanes para entrar en comunicación con los dioses y espíritus tutelares, luego de prepararse para la ceremonia con largos ayunos y subsiguientes purificaciones.

Es posible que los inhaladores descritos en el Inventario de Colón fueran de madera, similares al que se descubrió en la Gonaive, Haití, hace unos años, y que se conserva en la Colección Maximilien, de ese país. En las Antillas se han encontrado varios, pero ninguno tan rico como los obtenidos por Colón.

En las investigaciones arqueológicas se han encontrado espátulas vómicas, artísticamente talladas en hueso de manatí, concha de caracol y madera. En algunos casos las espátulas están decoradas con incrustaciones de oro y de concha de caracol. En la colección arqueológica de la Fundación García Arévalo de Santo Domingo, se conservan varias espátulas vómicas de hueso y madera con representaciones antropomorfas y zoomorfos, que al parecer estuvieron enriquecidas con incrustaciones de oro. En el Inventario de los objetos que Colón recogió en la Española en 1494 (Alegría, 1980) se hace mención de “una purgadera con veinte e nueve pintas de oro”. Esta espátula con incrustaciones de oro era parte del botín que se le tomó al cacique Canoabo.

Las espátulas vómicas de concha de caracol son menos abundantes que las elaboradas en hueso de manatí ya que el material no se adapta muy bien a los requerimientos de longitud del artefacto. Hay, sin embargo, una en la colección del Museo de la Universidad de Puerto Rico que por lo singularmente expresiva merece mención. Se trata de una pequeña espátula curva con una cabeza humanoide que se proyecta lateralmente, representando una tercera parte de la longitud total. La cabeza es de forma ovoide y sus arcos superciliares y mejillas forman una especie de marco al relieve, dentro del cual figuran, tallados en alto relieve, los ojos, tristes y saltones, y una enorme nariz aguileña acentúa la expresión de tristeza. La boca fina y cerrada –no se disponía de suficiente espacio para representarla de acuerdo con la forma tradicional- ocupa el tercio inferior de la cara, que termina en una puntiaguda barbilla.

Las mejores manifestaciones de la escultura taina son los ídolos de la cojoba. Estos representan figuras antropomorfas masculinas, generalmente acuclilladas, en Io que parece ser una posición ceremonial. Sobre la cabeza, directamente o sostenido por una pieza de madera que salía del dorso del ídolo, figura un plato circular, ligeramente cóncavo, en el que colocaba el polvo alucinógeno que aspiraba el oficiante de la ceremonia.

Un bello ejemplar de Jamaica, tallado en guayacán, conservado en el British Museum, mantiene aún su brillante pulimento. Este ídolo de la cojoba muestra a lado y lado de la cara, bajo los Ojos, unas profundas incisiones verticales, interpretadas como lágrimas, que le asocian con la lluvia.

El Smithsonian Institute de Washington, D.C. conserva uno de estos ídolos en el que aparecen dos figuras humanas acuclilladas sobre un dujo, con el platón ceremonial sostenido sobre sus cabezas por una pieza vertical. Las figuras parecen representar una clara alusión a los gemelos, tema de la mitología taína. lncrustaciones de oro o algún otro material debieron haber enriquecido los ojos y la boca de las figuras.

En la colección de arte primitivo del Metropolitan Museum de New York se atesora un magnifico ídolo tallado en guayacán que responde a las carac- terísticas siempre presentes en los otros ídolos de la cojoba. La figura masculina aún retiene su dentadura tallada en concha de caracol.

Esta pieza es un buen ejemplo de la creatividad e ingenio del artista taino de época tardía; verdadero maestro en armonizar los diversos materiales, técnicas, motivos y diseños de los cuales se valía, sin perder nunca el sentido de unidad de la pieza. El ídolo consiste de la talla en madera de un busto bicéfalo, con caras en lados opuestos. Cubriendo todo menos las caras, un tejido de algodón decorado con menudas cuentas en concha de caracol de delicados tonos de madreperia y negro, complicados diseños Geométricos. En las convencionales figuras de cheurones. En una de las caras, sus expresivos ojos están representados por incrustaciones de concha de caracol, mientras en la otra, al igual que en los adornos de ambas orejas, se ha usado un disco de un material novedoso -la mica- importado por los colonizadores españoles, ubica la pieza en tiempos históricos,

Al hablar del uso del tejido como complemento de las tallas en madera no podemos dejar de referirnos a la única escultura taína existente totalmente elaborada en tejido de algodón. Nos referimos a una pieza excepcional conservada en el Museo de Turin, Italia, que en la imposibilidad de obtener en préstamo para esta exposición, hemos ilustrado a través de fotografías. Tejida con una técnica parecida al macramé, la figura masculina conserva en el interior de la cabeza un cráneo humano, posiblemente el de un chamán o cacique. El cronista Du Tertre relata la impresión de temor de los caribes de Martinica ante el hallazgo de un ídolo parecido:



“... algunos ídolos de algodón con forma de hombres que tenían granos de jaboncillo en lugar de ojos y una especie de casco hecho de algodón sobre la cabeza, aseguran que era el dios de los igneris que ellos habían masacrado, ni un solo salvaje se atrevía entrar en esta caverna y temblaban de miedo cuando se acercaban a ella ".



Los cemís o ídolos trigonolíticos de varios tipos iconográficamente reconocibles, son las piezas escultóricas más abundantes e interesantes de su parafernalia mágico-religiosa. Por su forma básica, los argueólogos los han identificado con montañas, con la yuca germinando, con los pechos de la mujer y con dioses o espíritus superiores.

Aunque en las Antillas Menores y aún en la costa caribeña de Colombia se han descubierto pequeños trigonolitos sencillos, el centro de su distribución está localizado en Puerto Rico y la región este de la República Dominicana.

Los cemís trigonolíticos tienen tres partes fundamentales: la proyección anterior, el cono central y la proyección posterior. El cono central, levemente inclinado hacia el frente, define las partes cuando el cemí es sencillo, sin talla alguna. La base del ídolo es, por Io general, ligeramente cóncava, Io que ha hecho creer a algunos estudiosos que estuvo adherida a otros objetos de madera o piedras.

Los cemís escultóricos representan figuras antropomorfas, zoomorfas o antropozoomorfas. La cabeza, humanoide o zoomorfa, esta casi siempre tallada en la proyección anterior, frente al cono central, mientras que en el cono posterior aparecen las extremidades inferiores, generalmente en forma de ancas de rana. Son posibles representaciones de figuras ancestrales, totémicas, mitológicas, o símbolos de potentes fuerzas naturales. Las cabezas ocupan toda la proyección anterior y con frecuencia estan coronadas con una diadema o ban- da decorativa que termina, en ambos lados de la cabeza, en grandes orejeras. La cara, que sigue la forma de la proyección anterior, cubriéndola por completo, exhibe por ojos, depresiones circulares u ovoides. La nariz, que domina el centro de la cara y parte desde las cejas o arcos superciliares, es más o menos triangular y se proyecta hacia el frente. La boca, concavidad ovoide o semicircular, es grande y destacada. Ni la textura del interior de las cuencas de los ojos ni la del interior de la boca se pulían como la superficie del ídolo a fin de rellenarlas con incrustaciones de láminas de oro o de concha de caracol, adheridas con resinas. En las excavaciones arqueológicas suelen encontrarse piezas de concha de caracol con incisiones que representan dentaduras. lndudablemente se trata de incrustaciones desprendidas de ídolos de madera y piedra. En el Museo de la Universidad de Puerto Rico se conserva un cemí trigonolítico que representa un reptil. Su enorme dentadura de concha de caracol aún permanece adherida a la boca del ídolo.

Existe otro tipo de cemí trigonolítico, más recogido y pequeño, en cuyo cono central se representa la cabeza, generalmente humanoide. Al dorso del cono central, con efecto logrado mediante profundas incisiones, se representan las costillas, vértebras y extremidades, estas últimas generalmente encogidas, como las de las ranas, además de una decoración de motivos geométricos incisos de indudable valor simbólico.

En otro tipo de representación, el ídolo de tres puntas exhibe el cono central convertido en cara humana o animal, con la nariz u hocico representado en el ápice. En este tipo se dan varios ejemplares bicéfalos. Uno de ellos representa una rana, muy bien tallada, con el cuerpo y cabeza en el cono central y las extremidades inferiores en el posterior. La rana sostiene, en sus robustas extremidades delanteras, una cabeza humana tallada en la proyección anterior. Otro tipo muy parecido, con el cono central convertido en cabeza humana, muestra también otra cabeza humana en la proyección anterior. Ambos ídolos pertenecen al Museo de la Universidad de Puerto Rico.

En Puerto Rico son raros los cemís trigonolíticos con representaciones de brazos. Existe un bello ejemplar de la Colección De Hostos en el Museo de la Universidad, de posible origen dominicano, con brazos incisos que se proyectan desde los lados del cono central hasta el frente. Es posible que la elaborada decoración incisa en el cuerpo haya estado rellena con pigmento blanco o rojo, formando un llamativo contraste con la superficie, más oscura, de la piedra. En la región este de la República Dominicana son abundantes los trigonolíticos con representaciones de brazos y otros diseños incisos.

Otra importante expresión escultórica de los taínos son las Ilamadas máscaras antropomorfas de piedra, con tradicionales rasgos de grandes y expresivos ojos y boca abierta en rictus ceremonial. Estas máscaras talladas en un nódulo de piedras son de forma ovoide y con la parte posterior ligeramente convexa y sin pulimento, Io que induce a pensar que iban adheridas a otros materiales. La existencia de pequeñas figuritas con máscaras similares atadas a los antebrazos han hecho pensar a Alegría (1986) que estas piezas eran parte de la parafernalia de los jugadores del juego de pelota ceremonial de los tainos. Estas mascaras en su estado original aparentemente debieron mostrar incrustaciones en los ojos y la boca.

Las grandes y bien pulimentadas cabezas antropomorfas, como la muy conocida de la Colección De Hostos, proveniente de Macorís, en la República Dominicana, y conservada en el Museo de la Universidad de Puerto Rico, constituyen excelentes ejemplares en piedra de la escultura taina. Estas cabezas, de gran tamaño, que descansan sobre un delgado cuello -el cual aparentemente, es un vestigio de la proyecci6n posterior del trigonolíto- muestran la proyección anterior en forma de gorro o adorno sobre la cabeza. Como estas piezas provienen de colecciones y no de excavaciones arqueológicas, no se puede determinar si las mismas representan una evolución tardía de la forma ancestral del trigonolito. En éstas, como en otros ídolos de piedra y madera, la falta de pulimento en las cuencas de los ojos y en la boca nos indica que debieron tener incrustaciones de oro y concha de caracol.

Algunas de estas cabezas que han sido consideradas como una modalidad del cemí o trigonolito, representan cráneos humanos.

Asociados al batey o juego de pelota de los taínos de las Antillas Mayores, que se celebraba en plazas como la de Caguana, Puerto Rico o las de la República Dominicana, aparecen algunas de las piezas más excepcionales de la escultura taina -los cinturones monolíticos anteriormente denominados "collares de piedra" y los llamados "codos".

Los cinturones monolíticos responden a tres tipos: delgados, intermedios y gruesos. Los más elaborados y ornamentados son los delgados que consisten de una sencilla sección tubular con ensanchamiento o lomo hacia un extremo. A los lados de este lomo hay dos paneles, uno de los cuales muestra a veces tallas de figuras antropomorfas o zoomorfas, hábilmente desarticuladas para adaptarlas a los pequeños paneles decorativos de la pieza. El otro panel casi siempre tiene una depresión ovoide sin pulir que se ha interpretado servia para adherir a 61 algún otro objeto.

Los llamados "codos de piedra" fueron también, indudablemente, cinturones asociados al juego de pelota pero que, contrariamente a los monolíticos, estaban adheridos a un arco de madera o paja que completaba el cinturón. Los más elaborados muestran caras humanas talladas a un lado del ensanchamiento, mientras que en sus extremos exhiben ranuras o perforaciones en las que se ataba el "codo" de piedra al arco de madera o tejido de fibras para formar el cinturón. Existen algunos ejemplos como el conservado en el Museo de Amé- rica en Madrid en el que además de la cara humana se presenta la figura esquematizada de un cuerpo humano caracterizado por su falta de proporciones.

Uno de los mas bellos cinturones monolíticos de Puerto Rico, hoy en el Museum of the American Indian de New York, muestra una cabeza antropomorfa con dos grandes orejeras talladas en el panel central.

Los "codos" así como los cinturones monolíticos, que por largo tiempo fueron considerados objetos enigmáticos, han suscitado las más variadas inter- pretaciones. Hoy, los estudiosos más autorizados aceptan que, al igual que los "yugos" de los totonacos de México, constituyen cinturones ceremoniales que formaban parte de la parafernalia del juego de pelota. Es posible que su uso hubiese sido descontinuado antes de la llegada de los europeos y por esta razón no se les describe en las crónicas de la Conquista.

La talla de estos cinturones monolíticos, especialmente los más delgados, constituye la mejor demostración del dominio alcanzado por los taínos en la técnica de tallar y pulir piedras de gran dureza. Poder tallar estos aros líticos, tan delgados -a veces con un diámetro de sólo 3.5 centímetros- haciendo uso de toscas herramientas de piedra, sin que se les rompieran aquellos, es un verdadero alarde de técnica que no tiene paralelo en ninguna otra cultura aborigen de América.

Los dujos o asientos ceremoniales, tallados en madera o en piedra, constituyen otra importante modalidad escultórica de los tainos. Los cronistas de lndias señalan que estos dujos constituían uno de los más preciados tesoros de los indios. Los mismos eran usados por los caciques, chamanes y visitantes distinguidos durante la ceremonia de la cohoba, en los areytos y juegos de pelota y para enterrar, acuclillados sobre ellos, a los caciques.

Los dujos zoomorfos, de posible significado totémico y mítico, muestran la cabeza del animal sobresaliendo de entre las dos patas delanteras, mientras el estrecho asiento, ligeramente cóncavo, se extiende y levanta para formar el espaldar, simulando la cola del mítico animal. En ocasiones, sus expresivos ojos y la boca eran realzados artísticamente mediante incrustaciones de lamina de oro, concha de caracol o resinas. En el más bello ejemplo descubierto en la República Dominicana y hoy conservado en el British Museum, finas láminas de oro ornamentan los ojos, la boca y la parte dorsal de las patas delanteras. En algunos casos el espaldar y las patas están decoradas con diseños incisos, integrados por círculos concéntricos, triángulos y cheurones.

Del Museo del Hombre Dominicano es un excepcional dujo de sálida madera tropical bellamente veteada. El asiento es ovalado hacia atrás y recto al frente, en donde proyecta una cara antropozoomorfa. La parte superior de la misma tiene por ojos hondas cuencas y unas orejeras con decoración incisa; en la parte inferior, la nariz y una amplia boca se integran en la cara para formar una especie de hocico. La pieza es cuádruple y sus patas anteriores, dobladas en ángulo recto a lado y lado de cabeza, están decoradas con elaborados diseños incisos.

Los dujos también se hacían en forma de pequeños bancos de cuatro patas cuya única decoración eran diseños geométricos incisos en las patas y en el asiento.

La talla escultórica también se manifiesta en los recipientes de uso ceremonial que de las maderas tropicales hacían los taínos. En la República Dominicana y en Puerto Rico se han descubierto, escondidas en las grietas de cuevas y otros refugios pétreos, pequeñas ollas y bandejas cuidadosamente talladas, que aparentemente eran utilizadas para atesorar adornos y otros objetos de uso ceremonial. La colección del Institute de Cultura Puertorriqueña posee una de ellas, una vasija efigie, en la cual la parte circular del recipiente representa el cuerpo de la figura y los extremos las partes superior e inferior de la misma. En el Museo de la Universidad de Puerto Rico se conserva otra de estas pequeñas vasijas de madera de guayacan, cuyo diámetro no sobrepasa los doce centímetros, con asas, en forma de cabezas humanas, a cada extremo. El borde superior esta ornamentado con diseños incisos. Esta ollita fue descubierta entre las grietas de una colina rocosa de Quebradillas hallándose dentro de la misma numerosas cuentas tubulares de granito, de las utilizadas por los tai- nos en sus collares, mezcladas con cuentas de cristal veneciano, de las que los conquistadores españoles daban a los indios. También contenía colmillos de perros perforados para usar como colgantes y un pequeño adorno de lámina de oro repujado. En el Museo Etnográfico de Florencia se conserva una bella bandeja ovalada que en uno de sus extremos muestra una pequeña figurita antropomorfa que aún exhibe una diminuta dentadura de concha de caracol. En la República Dominicana se han descubierto ollitas de madera, similares a las de Puerto Rico.

En las colecciones arqueológicas de la República Dominicana abundan los majadores tallados en piedra con representaciones antropomorfas o zoomorfas. Estos majadores constituyen una de las expresiones más interesantes del arte escultórico taíno.

Otra importante expresión artística de los tainos, que consideramos asociada al arte de la escultura, son los petroglifos, o grabados en las piedras. En las Antillas Mayores, especialmente en Puerto Rico y La Española, los taínos dejaron sus petroglifos en los monolitos que delimitan las plazas o bateyes para el juego de pelota, en las grandes piedras en el cauce de los rfos y arroyos, en las paredes de las cavernas y en piedras aisladas en lugares donde aparentemente ocurrió algún hecho sagrado.

El tema de los Petroglifos es la figura humana o animal muy esquematizada. También se tallan cabezas antropomorfas y de seres míticos de los que no se puede precisar si tienen forma humana o de animales. Diseños geométricos como grecas y otros abstractos, cual figuran en las paredes de la Cueva del Indio, en Arecibo, son también corrientes en los conjuntos de petroglifos que nos dejaron los taínos de las Antillas. El principal conjunto es el de la plaza cuadrangular del Centro Ceremonial de Caguagana, Utuado, en el interior montañoso de Puerto Rico. En la hilera oeste que limita dicha plaza y entre unos petroglifos de distintos tamaños y temas, sobresale la figura esquematizada de una mujer cuya cabeza muestra un adorno radial terminado en dos enormes orejeras circulates. Junto a esta imagen de mujer, y en otros monolitos hay petroglifos que representan la figura masculina muy esquematizada. Otro de los petroglifos de la plaza de Caguana muestra la silueta de una gran ave, posiblemente un alcatraz.

Algunos petroglifos han sido tallados en monolitos cuya forma natural se ha utilizado para la representación de la figura, que como en el caso de uno de Puerto Rico, perteneciente a la Colección Latimer y que se conserva en el Smithsonian Institute de Washington, D.C., cubre dos tercios de la piedra.

Se ha descubierto prueba de que algunos petroglifos estaban rellenos con pigmentos blancos o rojos, que los hacían destacarse de la superficie más oscura de la piedra. En la Plaza Ceremonial de Utuado hay algunas cabezas antropomorfas con ojos tan profundos que nos inducen a creer estuvieron rellenos con incrustaciones de otros materiales.

Las fuentes etno-históricas también nos hablan de otros objetos de interés escultórico, que desafortunadamente no han Ilegado a nosotros. Entre ellos figuran los propulsores de dardos tallados en madera y enriquecidos con incrustaciones de oro; elaborados bastones de mando tallados en las duras maderas tropicales; mascaras ceremoniales de madera con incrustaciones de otros materiales; ídolos, posiblemente de madera, recubiertos con Iámina de oro; trompetas primorosamente talladas con diseños simbólicos y, por último, las canoas de los caciques, cuya rica y elaborada decoración llamaba la atención de los conquistadores españoles.

Desgraciadamente, la rápida desintegración de la sociedad aborigen, la naturaleza perecedera -máxime en un clima tropical como el nuestro- de muchos de los materiales utilizados por los tainos para expresarse artísticamente, así como la falta de interés de los colonizadores para conservar las manifestaciones de la cultura aborigen, han sido causas de que hasta nosotros sólo haya llegado una pequeña fracción de los objetos representativos del arte taino.

Esta apretada síntesis de las principales expresiones escultóricas de los taínos de las Antillas Mayores, sólo nos permite tener una visión limitada del arte escultórico de los antiguos pobladores de nuestras islas. Futuras investigaciones arqueológicas continuaran enriqueciendo con sus hallazgos las colecciones antillanas que hoy atesoran esta herencia. (MELA PONS ALEGRIA, RICARDO E. ALEGRIA. San Juan de Puerto Rico. 15 de mayo de 1987)

Tomado de:

EXPOSICIÓN DE ESCULTURAS DE LOS INDIOS TAINOS

CENTRO DE ESTUDIOS AVANZADOS DE PUERTO RICO Y EL CARIBE MAYO 1987 SAN JUAN P.R.

Composición: Novograph

Impresión: Editora Corripio C. por A.
Impreso en República Dominicana

Ricardo Alegría Copyright © 1987. Todos los derechos reservados.

 

ARTE TAINO
Roberto Valcárcel Rojas

Alrededor de seiscientos años antes de la llegada de Cristóbal Colón a Las Antillas la Isla de Cuba comienza a ser poblada por comunidades humanas del tronco etnolingüístico aruaco provenientes de La Española. Estos hombres habían iniciado hacia varios siglos un largo tránsito que partiendo de la Guyana y el norte de Venezuela, atravesó todo el arco antillano y alcanzo Cuba, ocupada en ese momento por grupos de pescado res-recolectores.

Con el arribo de los aruacos, a los que en términos arqueológicos también se les llama tainos, subtaínos, agroceramistas y agricultores, entre otras denominaciones, se puede hablar de la aparición en la mayor de las Islas antillanas, de una producción importante de objetos no destinados a actividades utilitarias a los cuales hoy en día, por la complejidad de su elaboración y los indiscutibles valores estéticos que encierran, se considera obras de arte.

La diversidad del desarrollo socioeconómico de las comunidades aruacas antillanas era notable para la época del descubrimiento. Los grupos asentados en Cuba no habían alcanzado los niveles de florecimiento cultural encontrados por los europeos en La Española o Puerto Rico sin embargo, de manera general el arte aborigen de Cuba presenta notables nexos estilísticos con la producción artística más tardía de estas islas a la que se ha dado en llamar Arte Taíno.

Los asentamientos ubicados en Cuba lograron en algunas zonas un elevado dominio del medio ecológico y una importante organización comunal que contribuyó a desarrollar una intensa producción agrícola y una adecuada explotación de otros recursos vegetales y animales. En estas áreas crecieron notables conjuntos comunitarios que como los de Banes o los del extremo oriental guantanamero, muy relacionado este último con los taínos de La Española, constituyen lugar de origen de gran parte de todo el arte precolombino de Cuba.


Se considera que este arte es esencialmente reflejo y resultado de la religiosidad aborigen y de los procesos de diferenciación social y reforzamiento económico que se verificaban en dichas comunidades. Elementos animistas, cultos totémicos y acercamientos a la definición de deidades abstractas, relacionadas en el plano mitológico con personajes y dioses, coincidían con el desarrollo de cultos familiares y la creciente tendencia a establecer nexos religiosos intercomunitarios.

Las imágenes son esenciales para dar cuerpo a este panorama espiritual y transmitir las tradiciones que lo articulan y mantienen vivo. La calidad y perfección que pudieran lograr era clave en el logro de una adecuada caracterización del mensaje y en el desarrollo de los poderes que, según el animismo de estos hombres, eran inherentes a la figura material de sus entes espirituales.

Elemento central de todo este proceso era el cemí , cuya figura, esculpida en diversos materiales y tamaños, podía actuar a voluntad influyendo de manera decisiva en el normal desarrollo de la vida humana y del medio natural: podía cohabitar con los hombres e incluso reproducirse a través de ellos. El cemí era el cuerpo vivo del dios, del ente mítico, del antepasado deificado. De la maestría con que se le tallase y de la capacidad para lograr reflejar el carácter del ser dependía en gran medida la efectividad emotiva que lo vincularía a los creyentes y el adecuado desempeño de sus prerrogativas espirituales.

En torno a estos ídolos o muy vinculados a ellos, se desarrollaban las principales ceremonias aborígenes: la cohoba, los areitos y los juegos de pelota. La primera era un mecanismo de comunicación con los dioses que reunía a caciques, behiques y otros personajes principales de la comunidad. Se efectuaba tras ingerir alucinógenos y en algunos casos, después de un ayuno de varias semanas. Era la ceremonia más importante entre los aruacos antillanos y poseía un carácter esencialmente masculino.

Los areitos y el juego de pelota tenían un perfil mas abierto y admitían a ambos sexos. El areito era un baile ritual realizado en ocasiones importantes, ceremonias propiciatorias, bodas, etc, y constituía uno de los medios principales para el desarrollo y mantenimiento de la tradición histórica de la tribu. El juego de pelota era una acción lúdica en la que dos equipos se pasaban una pelota la cual podía ser golpeada con cualquier parte del cuerpo. Se vinculaba a actividades festivas y en algunos casos servía para dirimir diferencias intertribales.

Todos los objetos relacionados con estas actividades rituales, asientos, bandejas, amuletos y adornos de sus participantes, llevaban la marca artística de sus creencias que de una u otra manera también se iba haciendo extensiva a muchos elementos de su vida cotidiana, especialmente a los asociados al adorno corporal. Independientemente del sentido colectivo que animaba al arte aborigen, la posesión de muchos de estos objetos respondía a procesos de jerarquización social que iban definiendo una categoría de jefes o caciques con derechos y posibilidades superiores al común de la población. A estos hombres y sus familiares, y a los curanderos o behiques, iba a parar una parte significativa de estos bienes.

El arte de los aruacos de Cuba pese a las complejidades y diferencias regionales a que responde presenta un conjunto de características cuya coherencia y repetida aparición dan fe de una sensible unidad estilística que en algunos sentidos funcionaba a nivel antillano.

El trabajo escultórico se destaca por la seguridad con que resuelve el tratamiento de materiales de gran dureza logrando una permanente sugerencia volumétrica que se apoya tanto en la definición de volúmenes reales como en su planteamiento óptico a través de la creación de planos reforzados con líneas grabadas. Esta relación de la línea y el volumen es la clave de la fluidez de las formas que se tratan y establece en muchas piezas un doble nivel de lectura: el del volumen de cuerpo y contorno y el de la línea que llega a convertirse en decoración incisa geometrizante.

Sobre estas técnicas y la especialización artefactual que requerían tal trabajo, se erige un arte que aunque poseedor de ciertas piezas de gran formato, es esencialmente generador de pequeños ídolos asombrosos por la coherencia en la fortaleza de sus formas y la exquisitez en el detalle.

La unidad de imagen que presentan estas obras responde a la existencia de canones o normativas relacionadas tanto con el tema como con los modos de representación. Esto no impide el constante enriquecimiento creativo que se descubre en variaciones ligadas de manera renovada, al estilo que les da cuerpo. En estas formas la representación antropomorfa masculina es predominante y con ella, un trabajo en el desarrollo de las proporciones que aunque coherentes tienden a debilitarse al exagerar las dimensiones de la cabeza.

En esta parte del cuerpo se da un énfasis en el detalle y en la repetición de formas típicas de diseñar los rasgos cefálicos no dedicado a ningún otro elemento de la figura. La cabeza ligada al cuerpo o aislada como tema en si mismo es un aspecto recurrente como también lo es la postura acuclillada de las figuras y la estilización del tórax y las extremidades.

El tema sexual, asociado a la fertilidad se descubre en sugerentes representaciones fálicas o en figuras femeninas de exagerados genitales. Las representaciones zoomorfas son menos abundantes al igual que las antropozoomorfas, sin embargo se les trata en los mismos términos formales. En todas las piezas es notable el interés por mantener una adecuada simetría y una perfecta frontalidad. La figura se maneja casi siempre individualizada y son escasas las intenciones de sugerencia cinética. La volumetría reforzada por el detallismo en la definición de las partes se complementa con un asombroso trabajo de las texturas conseguido en la excelencia del pulido y en el empleo de incrustaciones que garantizan contrastes cromáticos.
El empleo de los distintos materiales y los objetos que con ellos se realizan entra dentro de estas normativas.

Es evidente el uso de la madera y la piedra para piezas de gran tamaño aunque también se asume una parte importante de la artefactería ritual en soporte lítico y probablemente también de madera. La cerámica se dedica a vasijas ceremoniales, además de las utilitarias y excepcionalmente, algo que se da con fuerza en Cuba, a la producción de pequeñas figuras modeladas, principalmente femeninas. Sobre concha se realizan amuletos y la mayor parte de los adornos y piezas para incrustar. Las espátulas vómicas, empleadas en la cohoba para purgarse antes de entrar en comunicación con el dios, son en su mayoría trabajadas en hueso al igual que algunos pequeños idolillos, aunque el material más común en que estos se presentan es la piedra. Los metales son escasos; se trabaja el oro martillado, empleado en colgantes, orejeras y narigueras, y en laminas para incrustar sobre otros materiales. Se importa una aleación de oro, plata y cobre llamada guanín que los caciques y hombres principales monopolizan y la que se da un uso parecido al del oro. Se dispone también del algodón con el que se elaboraron magníficos cinturones, naguas y probablemente, ídolos.

Aunque el uso de un geometrismo con evidente significación simbólica es común en la cerámica, su introducción en la escultura de otros materiales no es muy común en Cuba si se le compara con áreas vecinas. Otro elemento que distingue a nuestro arte precolombino es un énfasis en el trabajo de la concha, tanto por su número como por su complejidad.

Estas diferencias y otras, relacionadas con una presencia reducida del típico trigonolito o piedra de tres puntas, no implican una ruptura de la unidad estilística mayor que une al arte precolombino antillano dándole un sello peculiar respecto a sus raíces continentales. Hay en él una originalidad que lo proyecta a nivel de la cultura universal haciéndolo merecedor de un interés que aún no se ha logrado despertar.

 

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