ROSA TAVAREZ pinta con pasión. Su obra surge de las entrañas de su ser como el
desgarramiento de fuerzas vitales que invaden el lienzo y sacuden,
por tanto, al espectador.
Muchas imágenes acuden simultáneamente a
esos lienzos y permanecen a través de huellas silenciosas cuya
presencia solo es perceptible luego de una observación cuidadosa.
Flamígeras imágenes
combustionan los lienzos de Rosa Tavares, y no sabemos si esos
cuerpos son redimidos o condenados, liberados a la gloria
inmarcesible o despojados de esa libertad. Se trata de una
pintura combustible, ígnea, cuya lava se derrama desde los
epicentros del alma y cubre no solo el lienzo, sino los
recónditos intersticios de un universo propio y auténtico en el
que se dan cita, simultáneamente, las fuerzas encontradas de la
pasión. Por eso no hay altisonancias ni estridencias. El
equilibrio de fuerzas, los contrastes luminosos, dan peso
a sus pinturas, hechas para discurrir en ellas y adentrarse en
los misterios del infinito y del ser.
Sabemos que su
pintura es instintiva, incisiva, de gran valentía. Y también
sabemos que su pintura emana de un innato sentido de autoridad.
En
Rosa Tavares
el uso del color es vital y espontáneo, directo, casi irreflexivo y
por ende abrasador.
Una fuerza ígnea estremece los cimientos de la
estructura, siempre sólida, de la imagen que adquiere innúmeras
posibilidades expresivas.
FERNANDO UREÑA RIB