¿HACERLE CASO A LA VIDA?
Leí
hace unos días una breve reseña de Ruth Herrera que daba cuenta de
una exposición de fotografías que Nicole Sánchez despliega en
grandes pergaminos sobre la verja que bordea el Parque
Independencia. La fotografía que le llamó la atención a Ruth es la
de una maestra de música centenaria a quien le preguntan cuál es el
secreto de su longevidad y responde: “Yo he llegado a esta edad,
porque no le hago mucho caso a la vida”.
¿Qué es hacerle caso a la vida? ¿Qué es “la vida” a la cual ella se
refiere? Ayer me detuve a ver la impresionante fotografía. La
señora, de rostro amable, mira al infinito y sonríe mientras se
hamaquea en una mecedora antigua que ha de acumular casi tantos años
como su huésped. No pude leer el texto biográfico, pero supongo que
esta habrá sido la madre de Manuel Simó, el famoso director de
orquesta que naciera el 30 de junio de 1916, en San Francisco
de Macorís, y de quien se sabe que su madre le inició en la música y
le estimuló a ingresar en la Academia del pueblo.
En
inglés la expresión “to have a life” se refiere casi siempre a tener
un amor, una familia, un objetivo, un trabajo en qué ocupar los
días. Por eso en Estados Unidos se dice que no tienen vida los
vagos, las solteronas y los borrachos empedernidos. La frase que nos
ocupa ahora es lúcida, contundente y aunque breve, observamos que es
el producto de una larga reflexión sobre la vida misma.
Su
sabiduría trajo a mí otra frase del libro Memorias de Adriano, que
Margarita Yourcenar pusiera en labios de aquel emperador: “Existen
dos tipos de personas, las quejumbrosas y las jactanciosas.”
Mientras los quejumbrosos viven muy pendientes de lo que los demás
hacen mal, a los jactanciosos sólo les preocupa causar buena
impresión. Evidentemente, nos encontramos aquí con un tercer
arquetipo.
No
importa mucho lo que los demás hagan, digan o piensen. Tampoco hace
falta esforzarse en impresionar a nadie. No se trata de indolencia.
No es abulia o negligencia. Creo que es más bien un acendrado
respeto por el prójimo. Imagino que llega la nieta y dice: “Yo
quiero estudiar medicina nuclear” y ella le respondería, “bueno, no
sé bien lo que es eso, pero si es lo que te gusta…” Supongo que si
el hombre de su vida le ha dice “Me ausentaré por largo tiempo,
quizás no vuelva más...” ella le habría respondido: “Sí, cariño, que
tengas buen viaje...cuídate mucho”. Esto equivale al “laissez
faire” de los franceses. O a la teoría de la aceptación de Osho, el
gurú hindú y contestatario maestro del Zen.
En
fin, que no es conveniente inmutarse, estar acosado de apremios,
preocupaciones, después de todo, “el mundo es ancho y ajeno” como
adujo don Ciro Alegría en su epopeya lírica sobre aquellos indios
peruanos. Nos enfadamos demasiado, nos abruman las noticias,
escuchamos constantemente el ladrar inútil de los políticos, de los
religiosos, de su egoísmo, y de sus partidarios que tratan de
imponernos una razón. Nos revientan la cabeza. Nos aturden.
Demasiado ruido, demasiada publicidad. Le hacemos demasiado caso a
la televisión. Nos halan y nos tiran, nos compran y nos venden.
Todos quieren que seamos oveja de su redil.
La
teoría de la sabia y humilde viejecita en la mecedora implica que
duran más tiempo quienes no le hacen caso a la vida. Tiene sentido.
Los científicos descubren luego que quienes sufren de estrés se
enferman con más frecuencia y mucho más gravemente.
¿Por qué? Nos esforzamos demasiado. Tratamos de cambiar el mundo.
Nos exaspera el ritmo a que van los demás. Como en un tren, nos
empujan y empujamos a los demás. ¡Date prisa! ¡Termina! No nos sacan
el guante de la cara. Se nos hace esclavos del reloj. Vivimos
atrapados por la ansiedad, la urgencia, los compromisos. “¡Yo no
cojo corte!” decía Lila Alburquerque, una diputada dominicana,
queriendo decir que no aceptaba presión de nadie. Vivirá muchos
años, supongo, porque el otro día la vi comprándose su mecedora.
Y
es que los estados alterados y la depresión son más dañinas que el
veneno. Tanto quienes se acongojan por el pasado como quienes se
angustian por el porvenir no tardan mucho en caer al lecho de
enfermo. La infelicidad es sumamente destructiva. Para escapar de
las tensiones cotidianas, las rencillas de la familia y de “la vida”
acudimos a substancias tranquilizantes, fármacos, alcoholes, drogas,
placeres, vicios y otras perversiones innombrables. No entendemos
que la clave consiste en “no hacerle demasiado caso a la vida”. No
hay que empeñarse tanto. Todo tiene su tiempo.
Es
curioso como el comentario de la señora coincide con el que hiciera
hace poco otro músico longevo. Cuando preguntamos al director de
orquesta don Julio de Windt cómo hacía para lucir tan joven y
rozagante con el correr de los años. Nos contestó: “Mi secreto es
tomar una siesta, sentado, quince minutos cada día. Y sobre todo, si
noto que el trabajo comienza a darme estrés, lo paro ahí mismo y lo
abandono hasta el otro día.”
FERNANDO
UREÑA RIB
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