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ARTE DEL URUGUAY
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la PINTURA CONSTRUCTIVISTA
de
JOAQUÍN TORRES GARCÍA
FERNANDO UREÑA RIB
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La pintura del
uruguayo Joaquín Torres García causó impacto
en Barcelona y luego en París durante los
años finales del siglo diecinueve y los
iniciales del siglo veinte. Era una pintura
de gran sobriedad cromática, de gruesos
empastes y de una particular geometría en la
que colindaban con igual preponderancia, la
modernidad plástica descubierta por Picasso
y Braque y la rica imaginación indígena que
procreaba al amparo de sus dioses una
demiurgia y una teogonía admirables. El
juego podría llamarse constructivismo o como
se quisiera, pero lo esencial es que se
trata de una pintura que se apodera de los
signos, los revitaliza y les da vigencia en
un mundo que vive de mitos encubiertos, de
falacias que se superponen unas sobre otras
hasta formar una gruesa e impenetrable capa
de misterios que no son más que una herencia
ancestral reinventada.
Fernando Ureña Rib
"He dicho Escuela del Sur; porque en realidad, nuestro norte es el
Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro
Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos
justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del
mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala
insistentemente el Sur, nuestro norte.”
Joaquín Torres García. Universalismo Constructivo, Bs. As. : Poseidón,
1941.
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JOAQUÍN TORRES GARCÍA (1874-1949) Montevideo,
Uruguay
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Pintor uruguayo, abstracto, que contribuyó decisivamente a la
difusión del constructivismo en Latinoamérica, con su teoría del
universalismo constructivo (1944). Nació en Montevideo en 1874. Hijo
de padre catalán y madre uruguaya ingresó en la Escuela de Bellas
Artes de Barcelona en 1892, tras el regreso de su familia a España.
Aquí se vio muy influenciado por el movimiento modernista catalán, con
el que siempre se identificó, e inició su amistad con Pablo Picasso y Antoni Gaudí, con quien colaboró en la realización de las vidrieras
del templo de la Sagrada Familia en Barcelona (1903-1907).
Durante los veintinueve años que vivió en la ciudad, llevó a cabo
varias obras en edificios públicos y privados (ayuntamiento,
diputación, iglesias de San Agustín y San Jorge), También trabajó con
Gaudí en la restauración de la catedral de Palma de Mallorca, donde
realizó unas vidrieras con diseño geométrico y colores planos, que
producen en el interior una iluminación singular. En 1910 se traslada
a Bruselas para decorar el pabellón uruguayo de la Exposición
Internacional (dos murales sobre la agricultura y ganadería uruguayas)
y con motivo de este viaje visita también París, Florencia y Roma.
En 1913 publica Notes sobre Art, con el que se inicia en la teoría
artística y realiza el fresco La Catalunya ideal. En 1919 viaja a
Nueva York, y tres años más tarde a Italia y Francia fijando su
residencia en París, en 1926. Aquí toma contacto con Mondrian, Van
Doesburg y Seuphor. Con éste funda en 1930 la revista y el grupo 'Cercle
et Carré', promotor de la primera exposición de arte constructivista y
abstracto.
En 1932 abandona París y se instala en Madrid, donde conoce a Lorca
y crea un grupo de artistas constructivos. Tras su regreso a
Montevideo en 1934, funda la 'Asociación de Arte Constructivo' y más
tarde el 'Taller Torres García'.
Su teoría sobre el constructivismo fue difundida a través de la
revista Cercle et Carré y de su libro Universalismo constructivo,
publicado en 1944; ese mismo año le fue concedido el Premio Nacional
de Pintura. De su obra cabe resaltar además: Ritmos curvos en blanco y
negro (1937), Arte constructivo (1942) y siete murales de 1944
(Locomotora blanca, El sol, El tranvía). Tras su muerte en 1949 se
organizaron diversas muestras de su obra en Europa y América; su
influencia fue muy importante para el desarrollo de la plástica
uruguaya. © eMe
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FICHA DEL MUSEO
JOAQUÍN TORRES GARCÍA
Orígenes. Primeros años. Educación.
Joaquín Torres García nació en Montevideo
el 28 de julio de 1874, hijo de Joaquín
Torres Fradera y María García Pérez.
Su padre era catalán. Había nacido en
Mataro en el seno de una familia de
cordeleros es decir en un ambiente
relacionado con la navegación. Quizás por
ello, en su condición de segundón, que no
le ofrecía demasiadas perspectivas de
continuar el negocio de su progenitor,
emigró a los diecinueve años al Uruguay,
donde trabajó denodadamente creando en
Montevideo y en lo que en el último cuarto
del siglo pasado se denominaba "Plaza de
las Carretas" un establecimiento comercial
que era algo así como un bazar o almacén
de los más heterogéneos artículos, con una
cantina anexa que frecuentaban
principalmente los gauchos que llegaban a
la ciudad para vender sus productos y a
ola vez hacer su provisiones.
Torres Fradera tenía, junto a su almacén y
cerca de un copudo ombú, un aserradero de
madera y un vasto taller de carpintería en
el que Joaquín pasaba muchas horas
cortando y ensamblando piezas. Su arte
acusará la huella de la habilidad así
adquirida. La madre, uruguaya de
nacimiento pero hija de un oriundo de
Canarias, de nombre José María y de
profesión carpintero, y de una mujer
Rufina, que era la única americana de
varias generaciones y tenía en sus venas
sangre de los colonizadores españoles y de
los aborígenes. Joaquín creció flaco y
pálido, como decían los suyos "era todo
pellejo y huesos". Se manifestaba sensible
y nervioso. Dotado de un gran poder de
asimilación, se formó en buena parte por
su cuenta, leyendo vorazmente. Torres
Fradera experimentará diversos altibajos
en su situación económica. Sus ahorros se
esfumarán al quebrar un banco y, cuando
había rehecho su fortuna, una disposición
del gobierno uruguayo, prohibiendo
determinadas importaciones lo arruinó de
nuevo. Decidió volver a tierra de sus
padres. En julio de 1891 embarcó en
Montevideo con su esposa e hijos hacia
Génova y seguidamente rumbo a Barcelona.
Vuelta a las raíces. Aprendizajes.
Tanteos.
Llegados a la capital catalana, van casi
sin detenerse, del puerto a la estación
ferroviaria, para tomar el tren que los
lleve a Mataro. Joaquín tiene diecisiete
años. Todo excita su curiosidad: la gran
ciudad vislumbrada y la villa nativa de su
progenitor; el taller de la familia de
cordelería; incomprensible lenguaje en el
que su padre conversa con sus tíos y
sobrinos, aquel catalán que al poco tiempo
hablar a la perfección e incluso años más
tarde utilizará literariamente; el suave
paisaje de Mareme, de vegetación modesta
pero animado por la incomparable luz del
mar latino, que habrá de influir
posteriormente y de un modo decisivo en la
concepción clásica de una etapa de la
evolución pictórica. Frecuenta la escuela
nocturna de Artes y Oficios para tomara
lecciones de dibujo con Josep Vinardell.
Se inicia en la pintura...
A la vez que se forma culturalmente, su
afición a la pintura va en aumento. Llega
un momento en que su destino está
decidido, no sin cierta oposición paterna:
será artista. Ingresa a la célebre
Academia de la Lonja, la célebre "Llotja"
fundada por la Junta de Comercio y que en
los días de Torres García se denominaba
"Escuela Oficial de Bellas Artes de
Barcelona"
En 1897 un número extraordinario del
diario barcelonés "La Vanguardia"
reproduce un dibujo suyo: una escena
callejera costumbrista llamada "La compra
de turrones" y al cabo de pocos días
presenta una variada colección de dibujos
en el Salón de Exposiciones del mismo
diario. Se sabe que Torres García trabajó
una temporada en las obras del templo de
la Sagrada Familia, a las órdenes de
Antonio Gaudí, aunque se desconoce la
naturaleza de su aporte a la obra, así
como que colaboró con Gaudí en la Reforma
de la Catedral de Palma de Mallorca.
En 1904, poco después de trabajar a las
órdenes de Gaudí realiza con Iu Pascual,
su compañero de trabajo en la Catedral
Mallorquina una exposición en el "Círculo
Artístico de Sant Luc" con gran apoyo de
la crítica especializada. En mayo de 1904
publica un artículo en la revista "Universitat
catalana" donde sostiene que nunca la
forma artística debe consistir en una
copia de la realidad, revelando así el
idealismo de su concepto del arte.
En 1906 se le presenta a Torres García la
primera oportunidad de realizar un trabajo
personal: pintar óleos de escenas idílicas
de la vida campesina en una estancia de la
residencia del Barón de Rialp. Prontamente
recibe otro encargo, se trataba de la seis
grandes lienzos para decorar la Capilla
del Santísimo de la Iglesia Neoclásica de
San Agustín de Barcelona. En 1908 se
presenta otra gran oportunidad para Torres
García, pintar una estancia del
ayuntamiento de Barcelona, realiza allí
escenas alusivas a la actividad comercial
y mercantil de la ciudad. Su obra generó
algunas voces de descontento "su
modernidad desagradó a los rutinarios".
En 1910, ya casado con Manolita Piña,
parte a Bruselas con el objetivo de montar
el pabellón uruguayo de la Exposición
Universal, pinta allí escenas dedicadas a
las principales fuentes de riqueza de su
país: la ganadería y la agricultura. Tanto
en el viaje de ida como de vuelta se
detuvo en París donde intercambio ideas y
contempló la obra de sus amigos pintores.
A su retorno a mediados de 1910 expone en
la sala "Faianç Catala", la acogida de la
prensa y el público es tibia, solo algún
crítico elogia la armonía de sus grises
pero con reticencias.
El descubrimiento del Mediterráneo.
Serenidad.
Por razones de economía el matrimonio
Torres-Piña se instala en Vilasar del Mar,
el pintor encuentra allí un aislamiento
fecundo. La sugestión de aquel paisaje
ribereño contribuye a despertar en su
espíritu un fervor por lo clásico. Por
ello al nacer en Vilasar su primera hija
le asigna el nombre de Olimpia, le seguir
cuatro años después Ifigenia, luego
Augusto y por último Horacio. Parece haber
logrado ver con sus ojos lo que
contemplaban los antiguos. En la primavera
de 1911 se celebra en Barcelona la "Sexta
Exposición Internacional del Arte",
Joaquín había enviado allí diversos
cuadros como "Palas introduciendo a la
Filosofía en el Helikon como Décima Musa"
Tiempo más tarde le proponen la tarea de
adorno y restauración del Palacio de la
Generalitat, realizando también los
murales del "Salón de San Jorge". A
mediados de 1912 parte a Italia con el
propósito de conocer los frescos sobre
todo los de Pompeya, sin embargo fatigado
por tantos viajes desistió de la empresa,
estuvo en Florencia y en Roma.
En setiembre de 1913 aparece un libro de
Torres García llamado "Notes sobre art"
que recopila sus conceptos sobre estética.
Sus frescos en las paredes del Salón de
San Jorge le ocasionaron muchas críticas,
incomprensión y disgustos. Se crea una
gran polémica en torno a su arte que
sacude toda Barcelona.
El sosiego anhelado.
Lejos de las intrigas de Barcelona Joaquín
Torres García pretende arraigarse y vivir
en una casita de campo en las cercanía de
"Can Bogunya". Esta casita se inaugurar en
1914 era una mezcla de casa de campo
catalana, villa romana y templo griego con
dinteles y columnas inclusive, la bautizó
con el nombre de "Mon Repos", o sea "Mi
descanso". Pero el sueño no pudo
cumplirse, Torres García no pudo renunciar
a su pasión y continuar con el Salón de
San Jorge y otras obras. Elabora un arte
muy sencillo, voluntariamente limitado.El
arte que crea entre 1915 y 1917 puede
calificarse de franciscano porque surge
fruto de una total admiración a cuanto lo
rodea.
La crisis de 1917. Dinamismo ciudadano.
A principios de 1917 y junto al pintor
Rafael Sala, expone por segunda vez en las
galerías Dalmau, que albergaban las más
célebres manifestaciones artísticas de
Barcelona. Ese mismo año toma contacto con
el pintor uruguayo Rafael Barradas, con
quien establecerá un vínculo muy estrecho.
Barradas denomina a la pintura de Torres
García "vibracionismo". Paulatinamente y
sobre todo después de la muerte de su
amigo Henrios Proa de la Riba, Torres
García pierde apoyo de las autoridades
locales y es muy seriamente cuestionado
por la prensa. Su cuarto fresco en el
Salón de San Jorge fue ampliamente
censurado. Los años 1918 y 1919 serán muy
duros.
Desaliento. Arte pobre. Inconformismo.
El desengaño sufrido lleva a Torres García
a aislarse, concentrarse más en sí mismo y
limitar sus amistades a un círculo de
personas de ideología inconformista,
incluso simpatizantes de la revolución.
Torres García ser presa del estado de
espíritu de su tiempo.
Ni el desaliento ni la austeridad son
obstáculos para que se realice entonces
una de sus obras más felices y
enjundiosas: un panel decorativo con unos
personajes elegantemente vestidos y
situados en el jardín (entre ellos el
propio pintor), que exhibió en la
Exposición General de Arte de Barcelona,
celebrada en la primavera de 1918. En
aquel mismo período, Torres García inicia
una modalidad en su producción artística
en la que pondrá muchas esperanzas y
obtendrá nuevos desengaños a pesar del
evidente interés que ofrece: se dedicar a
la producción de juguetes de madera,
diseñados por el e ingeniosamente
ensamblados. Las horas de infancia
transcurridas en el taller de su padre en
Montevideo estaban allí presentes. Pero el
negocio fracasa. La situación económica
empeora. En el ambiente artístico catalán
donde abundan como en todas partes los
maledicientes empieza a aludirse Torres
García como "Torres-Desgracias".
Desanimado decide marchar a los Estados
Unidos.
América dinámica y amarga.
Pocas fueron las alegrías y muchos los
sinsabores vividos por Torres García y su
familia en Nueva York. Si en parte quedó
fascinado por la vida trepidante en esa
inmensa aglomeración humana, por otra
encontró grandes dificultades para obtener
algún dinero con su arte en aquella
sociedad materialista a la que no pudo
integrarse del todo por su desconocimiento
del inglés
Escena callejera en Nueva York, óleo de
1921.
Muchas obras del artista reflejan su
admiración por Nueva York, pero por las
dificultades de idioma se relaciona
preferentemente con extranjeros. Ensaya
nuevamente con la industria del juguete
sin obtener buenos resultados, pensando en
mayores oportunidades de éxito y
facilidades de fabricación hace un nuevo
intento y se marcha con toda su familia a
Génova, lleno de esperanzas. en julio de
1922.
Frustraciones. Episodio final de los
frescos barceloneses.
Los Torres se instalan en Fiéstole, el
artista deja de pintar enfrascado en la
fabricación de juguetes de madera, celebra
una muestra con grandes expectativas y muy
pobres resultados. Un nuevo emprendimiento
en materia de industria del juguete queda
frustrado por el incendio de un almacén
donde guardaba las existencias ya listas
para la venta de Navidad. Igualmente
Torres García continúa con la construcción
y venta de juguetes a Norteamérica y
Holanda. Pero el régimen fascista italiano
más allá de las razones económicas hace
muy incómoda la permanencia de la familia
Torres-Piña en Italia.
En diciembre de 1924 se instala en
Villefranche-sur-Mer, un pueblito francés
de la Costa Azul y empieza a pintar
nuevamente. Se diría que el ambiente del
Mediterráneo ha desarrollado su espíritu
clásico pintando hombres y mujeres
trabajando la tierra, más semidioses que
agricultores, pintados con un voluntario
arcaísmo estilístico. La dictadura de
Primo de Rivera incide en la autonomía de
Cataluña, y pintores oficialistas y con
tendencias académicas quedarán a cargo de
los frescos del Salón de San Jorge. Con
honrosas excepciones muchos pintores se
prestaron gustosos a eliminar la obra
mural de Torres García. La tendencia era
"dar marcha atrás" a la obra de la
administración catalana, lo penoso es que
ninguno de esos pintores depredadores de
la obra de Torres García logró jamás
superar ni su fama, ni su obra.
En setiembre de 1926 y estimulado por el
éxito de algunas exposiciones suyas logra
el sueño de llegar a París con toda su
familia.
Estancia en París. Actividad febril. La
abstracción.
Los primeros tiempos en París fueron muy
duros, dificultades para conseguir
alojamiento, la "Vía Crucis" de los "marchands".
Sin embargo nunca deploró haber pasado por
desalentadoras experiencias: "Yo he
aprendido mucho en París, puedo decir que
allí me formé definitivamente" sostiene
Torres García.
En los primero tiempos de su estancia en
París, su pintura acusa una influencia "fauve"
en la voluntaria brutalidad de los rostros
o las figuras de cuerpo entero, pintadas
toscamente como ciertos ídolos de los
pueblos salvajes, aunque en la obra de
aquella época, además de la seducción del
arte negro, se percibe en algunos paisajes
y bodegones, una preocupación estructural
de innegable filiación cubista.
El círculo de amistades de Torres García
en París entre 1928-1929 revela, pues una
afinidad en el sentido artístico, con un
conjunto de personas que, a pesar de la
diversidad de formulaciones y de la
multiplicidad de los experimentos
estéticos llevados a cabo por cada una de
ellas, aprecian lo estructural más que lo
aparente, el concepto más que la imagen,
lo racional más que lo sensible.
A finales de 1928 Torres García se ha
desprendido ya de todo resabio "fauvista"
y primitivista y tiene de a la
abstracción. Su tendencia a la austeridad
formal se acusa en una modalidad
estilística que dar mucho juego en su
pintura por aquellos años: la disociación
de la línea y el color y la producción de
un tipo de dibujo muy esquemático.
"La Historia del Arte -dijo Torres García-
muestra que todos los pueblos pasan de lo
puramente imitativo a lo abstracto. Esa
evolución no es fortuita: obedece a la
tendencia de la Humanidad a seguir el
sentido del Universo, que en todo momento
se encamina hacia la Unidad..."
Si la perspectiva constituía para el
pintor un impedimento para sugerir, en un
solo plano, la noción de la unidad de la
diversidad de las formas, también en
aquella época constructiva consideró
Torres García que los valores, la
intensidad de los tonos o lo que se
denominas "claroscuro" son elementos
accesorios o secundarios respecto a lo
esencial, que es el color, de modo que,
para no perjudicar la unidad de la
composición, aprovecha el sistema del
funcionalismo ortogonal o de las
cuadrículas, para destruir el colorido,
asignando cada color diferenciado a un
plano o cuadro distinto.
Del tamaño de éstos dependía, al parecer
del artista la intensidad tonal. Las
formas y los colores que perciben nuestros
sentidos son, pues reelaborados y pasan a
ser objeto de una reestructuración. Pero
ésta no se hace arbitrariamente.
Sometiéndola a una orden -decía Torres
García- se puede elevar a la Naturaleza a
un plano universal, porque se procura
ajustar lo visible a la ley de Unidad que
preside el Cosmos. La pretensión del
artista era, por tanto, muy ambiciosa. Si,
por un tiempo, definió sus pinturas como
"Constructivismo" poco después les aplicó
la denominación de "Universalismo
Constructivo"
" En definitiva se trata de un arte de
gran contenido ideológico, ya que aspiraba
a dar una visión unitaria del Mundo por
medio de una rígida estructura y de un
esquematismo formal y colorístico, sin
incidir en la abstracción total. Por eso
las obras del pintor están llenas de
alusiones a la realidad, Torres García
incluye en los recuadros de sus
composiciones, representaciones de objetos
usuales: un reloj, un martillo, un áncora,
o bien figuraciones de seres vivientes: un
pez, un hombre... Así el contemplador de
esta especie de jeroglífico nunca llega a
tener la impresión de estar desligado en
la realidad perceptible.
Durante sus años parisinos pudo haber sido
completamente feliz de no haber sentido de
un modo acuciante la preocupación
económica. El crack de 1929 y la
consecuente crisis económica mundial, lo
hacen pensar en trasladarse a España donde
acababa de instaurarse la República
Española, pensando sobre todo en sus
amigos influyentes ahora en el nuevo
régimen. Llega a Madrid el 11 de diciembre
de 1932.
Período madrileño. Vanos esfuerzos.
Transitoriedad.
Pasar en Madrid cerca de un año y medio.
Reconoce en su autobiografía como una de
las épocas de su vida en que ha sufrido
más, no solo desde el punto de vista
económico, la prédica de su estética, y su
pintura son recibidas con indiferencia.
Sin embargo más allá de esas dificultades
puede Torres García reencontrar viejos
amigos de su etapa catalana y hacer muchos
nuevos amigos, hombres ilustres de su
tiempo, vanguardia artística de la época
como Federico García Lorca que tenía
referencias suyas a través de Rafael
Barradas, entre otros. Lo que no obtuvo
fue el público reconocimiento de su valía.
De gran ascendiente entre sus alumnos,
logró formar un Grupo de Arte
Constructivo. Precisamente cuando su
situación económica tendía a mejorar,
Torres García resuelve viajar a América,
primero piensa en México pero descarta esa
tierra por motivos de salud, luego en
Montevideo para donde embarca en abril de
1934.
Los últimos años en el Uruguay. Fecunda
docencia.
Cuando después de 43 años de ausencia,
regresó a los 60 años a Montevideo y se
constituyó en un incansable maestro.
En la capital uruguaya dictó más de
seiscientas conferencias, pintó con
asombrosa vitalidad y llegó a publicar
cerca de una decena de libros, debemos
recordar que, pese a los motivos
sentimentales los contactos de Torres
García con su país de origen no habían
sido muy intensos. A causa del carácter
esporádico de esas relaciones, la
información que el artista tenía sobre su
país de origen era más bien escasa.
Inmediatamente sintió una profunda
admiración por Montevideo y sus
habitantes. La desilusión vino poco
después, cuando Torres se percató de que
aquella ciudad de Montevideo que tenía
todo el aire de gran metrópoli del siglo
XX en lo material, se nutría en cambio, en
lo artístico, de las manifestaciones más
pobres y anticuadas.
Ante ese contraste Torres García
reaccionó con su característico
entusiasmo. Publicó multitud de artículos
de prensa, pronunció en círculos
culturales, aulas universitarias,
emisiones radiofónicas una impresionante
cantidad de conferencias. Buscó aleccionar
a sus compatriotas y mostrarles la
diferencia existente entre el arte
periclitado y el arte vivo. Multiplicó las
exposiciones haciendo presente su arte. A
partir de mayo de 1936 edita una revista
"Círculo y Cuadrado" casi íntegramente
confeccionada por él, segunda época de "Cercle
et Carré" fundada en París para el
movimiento contructivista. Más tarde en
1944 publica "Removedor" que se define
"Revista del Taller Torres García". En el
grupo de sus discípulos figuran entre
otros sus dos hijos Augusto y Horacio,
Julio, José Gurvich, Francisco Matto, José
Cullell y Gonzalo Fonseca. Torres García
se siente compenetrado con la tierra que
lo vio nacer porque, finalmente, sus
compatriotas se han percatado de lo mucho
que ha hecho para afinar la sensibilidad
colectiva en lo que a la plástica se
refiere. Fallece en Montevideo el 8 de
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