Tránsito de Las
Dadoras
Las
Dadoras exploran esa zona invadida de brumas, intangible acaso,
situada entre los márgenes de la imagen y la palabra. Fernando
Ureña Rib se mueve allí con ellas, sigilosamente, transitando
linderos intemporales y lúdicos en los que el acontecer no es un
hecho narrable que ocurra en el espacio físico, sino uno que
discurre en senderos sinuosos, en parajes agitados por el
trasiego alborozado de la imaginación y de los sueños.
Ureña Rib
confiesa que ha robado las Dadoras de manos de Cortazar. Pero no
pienso que asistimos a un rapto sino a una subversión. Que el
pintor ha pronunciado al oído de Las Dadoras un código secreto y
ellas, olvidando sus antiguos pudores, revelan con libertad su
grata desnudez. Pero es la desnudez de una mujer que se basta y
se multiplica a sí misma, creciendo tan pronto deja atrás los
temores de la pubertad.
Él se
escabulle de todo esto que llamamos realidad y obedece el
influjo sutil que va llevándole paulatinamente desde el submundo
de esos sueños hasta el lugar mismo en el que la poesía se
convierte en una imagen palpable. La dinámica es intensa. Quizás
les asista la razón a quienes sospechan que Las Dadoras se
escondían en recintos oníricos sagrados, que permanecían ocultas
en el riguroso claustro de la palabra. Y esta imagen la que nos
llena hoy los ojos, provocando en nosotros la reflexión y la
palabra.
Y
es, quizás, la misma mujer bucólica de las vendimias y los
pastos. Es ella la terrenal y eterna, la que vive y late en cada
una de nosotras. Resueltas, alborozadas, delirantes, engalanadas
con los trajes de la novedad, Las Dadoras no nos resultan
extrañas ni advenedizas. Las presentíamos, las sabíamos. Son
nuestras. Estuvieron aquí, en el pecho que suspira, que amamanta
y que ama, en el corazón que se estremece y duele.
Este pintor
nos las presenta ahora dichosas, henchidas de alegría o de
nostalgia. Sin embargo, no son ellas lo que somos, sino lo que
queremos ser. Así Las Dadoras atraviesan mucho más que el lienzo
con su presencia desbordada, con sus danzas y cantos. Porque
presentimos la intimidad en esa mirada del artista. Y ahí van
Las Dadoras entre el cantar y el contar. Por supuesto y como
siempre, se trata de un juego. De una mujer que se da, que se
sueña o que se ofrece entera en un suspiro, o en el más íntimo
temblor vital.
GINA FRANCO