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LITERATURA
DOMINICANA |
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MARÍA
UGARTE
LA PASIÓN DE UNA
PERIODISTA DOMINICO ESPAÑOLA
LUIS BEIRO |
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MARÍA UGARTE
PREMIO NACIONAL DE
LITERATURA
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SEGOVIA
La segoviana María Ugarte gana el
premio de Literatura de la República Dominicana
Afincada en el país caribeño desde
1940, desarrolló su carrera profesional en el
periódico 'El Caribe' desde su fundación

María Ugarte. / EL NORTE
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La investigadora y periodista española María Ugarte, de 91
años, nacida en Segovia en 1914, fue designada ayer como
ganadora del Premio Nacional de Literatura de la República
Dominicana, que cada año entregan el Ministerio de Cultura
del país caribeño y la Fundación Corripio, según
anunciaron fuentes oficiales recogidas por Efe.
El jurado valoró, entre otros aspectos, la «decisiva
contribución de María Ugarte a la cultura dominicana en
los campos de la literatura, la crítica literaria, el
periodismo y la investigación histórica».
Ugarte se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad
Complutense de Madrid y llegó a la República Dominicana en
1940, donde ingresó en el periódico 'El Caribe' en 1948,
el mismo año de su fundación, donde desarrolló una amplia
labor de animación cultural y de estímulo a las nuevas
promociones de escritores mientras dirigió la 'Página
Escolar' y el suplemento cultural de ese periódico.
También ha escrito varios trabajos sobre el patrimonio
dominicano, como 'Monumentos coloniales' (1977).
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Fiesta literaria dominicana el Premio a María Ugarte
Santo Domingo, 27 Enero 2006
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La intelectualidad dominicana se
encuentra hoy de fiesta por el Premio Nacional de Literatura 2006
conferido a la notable escritora y crítica de arte María Ugarte.
Esta distinción ha hecho realidad un ansiado
sueño colectivo, afirma la nota del anuncio, tras precisar que nadie
como ella ha contribuido, en los últimos 50 años, a crear una obra de
perdurabilidad en favor de la cultura dominicana.
Orientada, sobre todo, en los campos de las artes visuales y
monumentales, la fundamentación del jurado reconoce el aporte de la
generación de emigrantes españoles que, a raíz de la Guerra Civil,
llegaron a este país con gran talento y creatividad.
Perteneciente a esos emigrantes hermanados con los dominicanos, Ugarte
se dedicó al arte y la literatura de manera impercedera, creando obras
de valores reconocidos hoy en todas las latitudes.
Según el acta del Jurado, la distinción fue otorgada por consenso,
tomando en consideración la ampliación de cobertura de géneros
literarios establecida por unanimidad el pasado año.
María Ugarte emigró al país en 1940. Realizó investigaciones en la
Secretaría de Interior y Policía y en el Archivo General de La Nación
hasta que conoce a Rafael Herrera, quien fue su alumno.
Al ser nombrado éste como Jefe de redacción de "El Caribe", pasa a
trabajar con él, quedando nombrada en 1948 como la primera mujer
reportera en la historia del periodismo dominicano.
En ese mismo periódico hizo su brillante carrera profesional y, de
manera paralela, se dedicó al rescate del patrimonio monumental, la
promoción de grupos artísticos y la escritura de una vasta obra
crítica, historiográfica y literaria.
Dirigió de manera ejemplar, por más de 20 años, el suplemento
"Cultura" de "El Caribe". Actualmente, con 91 años de edad, escribe
libros y lee intensamente todo material de interés que cae en sus
manos.
Ugarte, quien supo de la decisión por José Luis Corripio, presidente
de la fundación Corripio y el secretario de Estado de Cultura, José
Rafael Lantigua, dijo sentirse muy emocionada por la premiación.
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María Ugarte
El periodismo atrae mucho:
es un vicio...
En entrevista exclusiva
para A Primera Plana doña María Ugarte monologa sobre cómo y en qué
condiciones ejerció el periodismo en el país, así como parte de su
historia de inmigrante. Actualmente, con 87 años de edad, escribe
libros y lee intensamente todo material de interés que cae en sus
manos.
Por Luis Beiro
Yo conocí a Rafael Herrera casi a mi llegada al país, en 1940.
Trabajaba entonces con Julio Ortega Frier, una personalidad muy
destacada. Cuando yo lo conocí era Rector de la Universidad. Fue quien
reactivó ese alto centro de estudios. Al llegar los exiliados
españoles, se integraron a la docencia en la Facultad de Filosofía y
Letras que había sido creada, pero no puesta en marcha. Yo trabaja
específicamente en tareas de investigación histórica y después de
haber pasado una temporada en Sosúa dando clases de español, vine a
Santo Domingo a trabajar en la colección del Centenario de la
República.
Entonces en Interior y Policía estaba Peña Batlle y me nombró en una
comisión para trabajar con él. Yo recuerdo siempre muy interesante
aquella comisión. Estaba formada por los más notables intelectuales
del país. Se publicaron 19 volúmenes en 1944, y seguí trabajando dando
clases y en el Archivo General de La Nación.
En esa época. Rafael Herrera era allí uno de los empleados, y como yo
tenía conocimientos de organización de Archivos y Bibliotecas ya que
había estudiado esa carrera en España, me propusieron que diera clases
sobre esa materia, y Rafael Herrera fue mi alumno que se sentaba en
primera fila porque tenía las piernas tan largas que era en esa
posición donde podía estirarlas, no en segunda ni en tercera. Nos
conocimos y fuimos muy buenos amigos.
Después comencé a trabajar en Relaciones Exteriores para hacer la
colección Trujillo, que es una colección de documentos históricos de
la República, así como algunas antologías muy buenas de literatura en
prosa y verso. Tenía a mi cargo la organización del archivo y la parte
de publicaciones. Ahí estuve hasta que el que era mi esposo entonces
tuvo un problema político y renuncié.
Estuve varios meses dando clases particulares. Poco después salió El
Caribe y nombraron a Rafael Herrera como Jefe de Redacción y de
Director a aquel señor norteamericano que renovó el periodismo
dominicano: Stanley Ross. Un día me encuentro con mi antiguo alumno,
ahora jefe de Redacción de El Caribe, y me invita a trabajar con él.
Crímenes en los barrios
Mis estudios en España fueron de Filosofía y Letras, pero de
periodismo nada. Tampoco había en las universidades españolas de
entonces cursos de periodismo. Yo antes había colaborado en el Boletín
del Archivo General de La Nación con artículos históricos, y en el
periódico La Nación en su muy conocida página "Cívica", donde
publicaban también muchos de los españoles exiliados y firmas
extranjeras.
Al entrar en El Caribe y presentarme a Stanley Ross, éste me preguntó
qué experiencia tenía yo, a lo que le dije que era colaborada de La
Nación y había publicado varios artículos en revistas y era
especializada en historia. Y entonces él me dice que el simple
colaborador no puede decir jamás que es periodista. Los colaboradores
no son periodistas. Entonces me ponen a prueba, pero en un trabajo muy
fuerte: ir a cubrir crímenes en los barrios altos de Santo Domingo. Yo
lo hice porque necesitaba trabajar y lo hice.
No fui ni con carro ni con fotógrafo, pues en esa época el periodista
trabajaba con más dificultad que hoy. Tuve que pagar mi carrito de
concho para ir a cubrir la noticia.
Entonces había un solo fotógrafo para todo el periódico. Era muy
limitado el personal entonces. Estábamos en la calle El Conde número
1.
La primera y la única mujer reportera
Después de ponerme varias pruebas fuertes, el señor Ross entendió que
yo tenía condiciones y me dejó. Yo entré como reportera. Era la
primera mujer que entraba en la redacción de un periódico como
reportera. En aquella sala enorme de la redacción de El Caribe todos
eran hombres. Las otras mujeres que trabajaban allí era en áreas
administrativas. Yo traté de demostrar que las mujeres podíamos hacer
lo mismo que los hombres. Fue el 14 de abril de 1948.
No me sentí rara, sino con el interés de no quedar mal. Yo quería
demostrar que las mujeres estaban capacitadas para cualquier cosa. Yo
no estaba preparada en periodismo, pero sí en historia. Siempre digo
que la historia y el periodismo tienen algo en común. Cuando los
periodistas somos historiadores somos más cuidadosos en investigar los
antecedentes que el periodista que no tiene esa preparación. El
periodismo gana mucho si la persona que trabaja con él es historiador.
La mayoría de mis compañeros eran muy colaboradores. Siempre había
algún que otro machista que decía "¿qué hace una mujer aquí?" , pero
eran los menos.
Antes del año Rafael Herrera sale de la jefatura de Redacción del
Caribe por razones políticas y pusieron como director a Anselmo
Paulino, uno de los hombres de Trujillo, y me hicieron algunas
preguntas un poco desagradables, como que si prefería la anterior
dirección a ésta... pero como mi respuesta sólo mostró un interés
profesional, continué en mi puesto.
Entró el doctor Ornes como jefe de redacción y nos entendimos muy
bien, me nombró su ayudante, lo que quería decir que cuando él no
estaba yo tenía que asumir bastantes
Responsabilidades. Entonces me dieron para que yo llenara,
diariamente, la llamada página escolar. Eso me daba la oportunidad de
ofrecer colaboraciones a los muchachos de bachillerato. Me iba a todas
las escuelas a buscar colaboraciones y la trabajé con un interés
extraordinario. Llevé a colaborar allí a un grupo de muchachos que
formaban entonces la llamada Generación del 48: Lupo Hernández Rueda,
Abelardo Vicioso, Víctor Villegas,
Máximo Avilés Blonda, Rafael Varela Benítez y otros. Después ellos
pasaban a la página literaria. Avilés Blonda fue mi gran ayuda.
Así estuve hasta 1950 en que me casé y me alejé del periodismo hasta
la muerte de mi esposo en 1966. Ornes fue a darme el pésame y entonces
él me preguntó que si yo quería volver. Volví a El Caribe en calidad
de directora del suplemento. Cuando yo lo cogí el suplemento era el
depósito de todos los sobrantes del periódico y yo lo transformé. Pero
nunca dejé de trabajar en el periódico diario, tanto en temas
culturales como arquitectónicos, como en campañas.
Era de Trujillo
Cuando ocurre el desembarco de Maimón y Estero Hondo fueron días muy
tristes para mí porque sentí la muerte de tantos revolucionarios. Fui
personalmente con Ornes a ver los cadáveres, pues él creía que entre
los muertos estaba su hermano, y su hermano no había muerto. Y todas
aquellas tensiones eran muy fuertes porque no era fácil hacer
periodismo en la era de Trujillo, cualquier desliz, un elogio a un
enemigo de Trujillo, ya era un problema.
Decirle a alguien Don aquí es sólo para las personas mayores, y a mí
me decían doña siendo joven y hasta se tuteaba a las trabajadoras de
la casa. Eso me gustaba mucho: 50 años atrás, yo era joven, pero todos
me llamaban Doña María. Ornes, hasta antes de morir me llamaba así.
Era una forma de ser respetada. Eso me gustaba mucho. Yo nunca le di
confianza a nadie. Nadie me llamó nunca por mi nombre a secas. Me
sentí muy apoyada por todos. Yo llegué muy natural, sin estridencias
de ninguna clase. Y no me vieron ni como mujer, ni como española, sino
como una compañera más, haciendo mi trabajo y respetando el de los
otros; y si podía ayudar, ayudaba.
Salarialmente ganaba lo mismo que los hombres. En aquel momento el
salario no era muy alto. Pero al ascenderme a ayudante de Ornes, me
aumentaron y ganaba más que los hombres. Por eso no puedo decir que me
haya sentido discriminada jamás. Me daban los trabajos interesantes
del periódico, es decir, no me dejaban lo que nadie quería y las
sociales. Los hombres jóvenes hacían las sociales.
Ya cuando volví en 1966, había varias mujeres periodistas y recuerdo
que un compañero me dijo: "Nunca pensé ver mujeres periodistas y
sucede que las mujeres son mejores que los hombres".
Remembranzas
Yo vine a República Dominicana como refugiada, porque no tenía para
donde ir. Estaba casada entonces con Constant Brusiloff, un ruso que
venía también exiliado de España. Yo vine con mi pequeña hija
Carmenchu.
Tuve la mala suerte de llegar después de todos los españoles. Por eso
todos los trabajos que podía realizar ya estaban cubiertos. Imagínese
a mil personas de golpe en un país pequeño como éste. Cogieron a un
grupo y nos enviaron a diferentes puntos. Nos enviaban a unos campos,
yo viví cuatro o cinco meses en la colonia Medina, pero pude salir
adelante gracias a la gran generosidad del dominicano.
La familia Piantini me acogió en su propia casa mientras mi esposo se
quedaba en Sosúa. Y ellos fueron los que me contactaron con Julio
Ortega Frier. Por eso fue que decidí quedarme y no partí a otros
países como lo hicieron muchos de mis compatriotas. Había una tiranía
tremenda, es cierto, pero la seguridad que encontraba entre las gentes
me hizo quedarme; eso compensaba. Me sentía muy bien con los
dominicanos. Yo no hacía vida con la colonia española, sino con los
dominicanos. El dominicano, sin ser rico, ayuda a los demás.
El periódico atrae mucho. Es un vicio y se aguantan muchísimas cosas.
Es de las profesiones más difíciles. Mientras una lo ejerce, no puede
tener siquiera un plan de vida privada, pero produce una gran
satisfacción.
Luis Beiro es Subeditor de Listín Diario,
destacado columnista, premio Canoabo 2000, escritor y poeta. Miembro
del Consejo Periodístico Asesor de A Primera Plana.
Investigar y crear: armas para comunicar
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