ARTE PERUANO

 

AUGUSTA BARREDA

JOHANNA HAMMAN

LUIS LAMA

MARIO URTEAGA

FERNANDO DE SZYSLO

TILSA TSUCHIYA

VENANCIO SHINKI

VICTOR DELFÍN

 

 

 

LA OBRA DE UREÑA RIB

CUENTOS

LA INICIACIÓN

CELAJES

MALENANORADA

EL NAHUAL

PULPO A LA GALLEGA

LA PORTEÑA

LA TOSCANA

LA PUTANA DE PERPIGNAN

LA TORRE VIGILADA

LA SOLUCIÓN EN EL OMBLIGO

LA VENUS DE TABOGA

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LA VINDICACIÓN DE OMAR

EL ABRAZO

DEL LIBRO FÁBULAS URBANAS

 

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LÚDICA

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ORGÁNICA

DEL LIBRO DECIR LA PIEL

 


 
 
ARTE PERUANO
 

MARIO URTEAGA

VISIÓN AUTÉNTICA DEL HOMBRE DEL ALTIPLANO

FERNANDO UREÑA RIB

EMILIO TARAZONA

 

 

 

 

 

 

 

Mario Urteaga (1875-1957)




Cuando se visitan las altas mesetas del Perú, se respira un espíritu que sólo algunos poetas y pintores son capaces de presentar en sus obras, como una eterna novedad, como una renovada experiencia del espíritu. No sé, soy incapaz de describir esa atmósfera, ese fluir de luces y de nostalgias, esa antigua y siempre nueva vocación de futuro, de pertenecer al universo, al todo, al absoluto, a la historia.

Mario Urteaga nació en Cajamarca y es el pintor que mejor define el aura, el espíritu y la visión indigenista en el arte peruano del siglo XX. Se le descubre muy tardíamente, en Lima, hacia 1934. Pero su obra era apreciada por los habitantes de Cajamarca desde los umbrales de ese siglo. 

En sus imágenes la congoja, el milenario cansancio y el incesante trajinar el pueblo indígena queda retratado con ese mismo espíritu que vemos agolparse en el pecho del hombre indio, en sus mujeres laboriosas y en esa búsqueda incansable por una mejor existencia. La ira contenida, el sabor masticado de la hoja de coca parece advertirse en esos rostros de mirada profunda e inquietante. Pero sobre todo, el sentido de soledad en medio de la imponente presencia de la cadena andina.

Aunque autodidacto, Urteaga hace una simbiosis entre los modelos academicistas y la tradición pictórica peruana y los funde en un todo que envuelve gestos, posturas, y sobre todo la presencia del paisaje del altiplano y del Norte Peruano.

El sabor provinciano de sus pinturas no mengua, sino enaltece, la autenticidad de este pintor que compone sus obras con cuidadoso orden y magistral oficio. Pero lo importante, lo trascendente, es cómo Urteaga aúna el espíritu peruano de toda una época en aquellas escenas campesinas, en esos bucólicos paisajes en los que la opresión de la altura es sólo comparable a opresión económica y política del indio peruano.
 

Urteaga ha logrado mostrar al mundo "los indios más indios que jamás se han pintado", según la frase conclusiva de Teodoro Núñez Ureta.

FERNANDO UREÑA RIB


Apunte sobre MARIO URTEAGA
Fisuras en el proceso de la modernidad
Emilio Tarazona (*)

La exhibición retrospectiva Mario Urteaga, nuevas miradas, organizada hace algunos días por la Fundación Telefónica y el Museo de Arte de Lima, puede considerarse la culminación admirable de aquella que se preparó en homenaje al artista cajamarquino, como parte de la tercera edición de la Bienal de Trujillo, en 1987.
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La relación entre modernidad y provincia tuvo en la tercera edición de la Bienal de Trujillo de 1987 un momento decisivo. Ésta propició la discusión en torno a una de las preocupaciones más hondas en la construcción del discurso del arte peruano, en el que el indigenismo provinciano de Urteaga se ha inscrito desde su primera muestra en Lima, a mediados de la década de 1930.
La aceptación de su obra encontró, desde ese temprano momento, adhesiones del círculo de Sabogal y de los que más se apartaron de esa escuela en los años posteriores, haciendo de ella un singular punto de convergencia y reconocimiento, suscitados desde criterios enfrentados de validación (1).

Mientras unos rescataban el valor testimonial y temático de lo representado, otros señalaban sus cualidades estrictamente pictóricas, y sus indudables méritos plásticos y de composición –producto de una paciente asimilación de tradiciones divergentes, que no hacen cismas entre el gran arte europeo (accesible a él por medio de textos y reproducciones impresas) y la pintura popular desarrollada durante el siglo XIX en su región (en aquella época difícilmente conocida en Lima), de la que se convierte, a su manera, en un continuador–. Cualidad precisa de una posición “periférica” (Luis Eduardo Wuffarden) que a un mismo tiempo lo aproxima y lo distancia de las conscripciones estéticas que tanto han restringido el criterio de las vanguardias artísticas. Evidentemente, las asimetrías en las fuerzas de difusión del fenómeno cultural son sólo una consecuencia inevitable de las que los procesos de modernización y desarrollo detentan entre los distintos sectores sociales.
 

Un aspecto crucial de su obra parece marcar así una oscilación en la mirada que el artista inscribe del mundo indígena. Es significativo que sus escritos de prensa, previos a esta temática pictórica que lo ha caracterizado, recalquen a menudo el aislamiento y las dificultades en la distribución de recursos y materias primas de su ciudad hacia el mercado externo, a falta de vías de comunicación eficientes y necesarias para satisfacer las crecientes expectativas de prosperidad (2).

Por otro lado, el rasgo localista y nostálgico, que imprime frecuentemente en sus cuadros, transmite una velada conciencia de la fugacidad de estas mismas escenas, amenazadas por la inminente asimilación de otros patrones de vida que los procesos sociales y económicos imponen. Un artículo de Arteaga, que ha sido imposible fechar, resulta emblemático: el pintor llega incluso a oponerse a la importación de cierta mercadería extranjera “tan cara y de mala calidad”, procurando a su vez impulsar la más cercana industria artesanal de sombreros de paja a fin de que éstos sean usados “siquiera en nuestra circunscripción” (3). Aquel modelo, sin embargo, avanzaría constantemente, y produjo a su paso el desarrollo –o, de acuerdo con Juan Acha, los diferentes niveles de atraso en nuestro país (4)– con que los centros urbanos se encontrarían prontamente en contraste con el precipitado empobrecimiento de las zonas rurales.

En Cajamarca, el repliegue de las campiñas es la versión de lo que fueron los cinturones de miseria que circundaron Lima a inicios de la década de 1950.


Por este motivo, es probable que en la obra de Urteaga, el casi autónomo e indiferente mundo indígena –que transcurre entre el trabajo, la beatitud del hogar o la fiesta– sea también el testimonio candoroso y contemplativo que el artista hace de lo que será una inminente pérdida. Sin embargo, los procesos históricos se alimentan de sus imágenes como si fueran también fisuras o intersticios en el tejido de la modernidad. Ellas erosionan lentamente el entusiasmo inicial hacia sus objetivos o sus métodos, e inscriben –a veces sin proponérselo– elementos destinados a diluir sus horizontes (5).


La desigualdad se presenta aquí como un factor inherente a este proceso, ante el cual se ha lanzado frecuentemente una mirada seca o condescendiente, pero poco solidaria. Urteaga parece, sin embargo, incorporar a ella una sublimada y respetuosa afinidad anímica, emotiva, tierna e incluso religiosa, que trata de construir quizá una aproximación que supere las innegables distancias existentes, creadas por fuerzas de fragmentación social históricamente enquistadas. Uno parece estar tentado a pensar, a partir de esto, que la categoría de lo “criollo” en el Perú ha tenido una ampliación de uso que ha resultado equívoca y nociva.

Esta palabra, por definición, sólo debía alcanzar a los hijos directos de españoles en América y sostenerse en los primeros momentos de la Conquista. Iniciado ya el proceso de mestizaje –y abrumadoramente desde la Independencia y la República–, ésta parece operar como una atribución ilegítima: una extensión nominal, “hematojerárquica”, que ha tendido a mantener los privilegios de aquellos que afianzaban su –a menudo remota– ascendencia europea sobre el reprimido componente racial y culturalmente nativo. La distinción ha sido, hace siglos, una condición social, económica y política agazapada de un término incapaz de sostenerla. El mestizo de los centros urbanos –demográficamente minoritario– se convertía así en el nuevo legatario de una vieja dominación.


Desde esta perspectiva, el aporte creativo de Urteaga se exhibe también como un comentario políticamente relevante que, más allá de su intento inicial de orientar decisiones electorales y reformas cívicas originadas desde sus convicciones y principios morales, logra suscitar una sensibilidad capaz de poner ante los ojos –incluso de modo oscuro y sin prescripción– la fragilidad de aquello que se expresa tan fácilmente como esperanza colectiva.


(*) Realizó estudios de Arte en la Pontificia Universidad Católica del Perú.



Lima, mayo de 2003

La Fundación Telefónica y el Museo de Arte de Lima presentan la más grande retrospectiva dedicada a una de las figuras más representativas del arte peruano: Mario Urteaga (1875-1957), que reúne una completa selección de la obra artística del pintor cajamarquino como parte de un vasto proyecto de investigación desarrollado en archivos y colecciones de todo el país.

Este trabajo se ha cristalizado en dos exposiciones autónomas y complementarias, acompañadas de un monumental libro titulado “Mario Urteaga: Nuevas Miradas”, que documenta sobre la vida y la obra de este personaje que se ha convertido en un símbolo histórico en el ámbito de las artes en el Perú.

El catálogo busca actualizar y ampliar el estado de la investigación sobre el artista y su época, y nos permite reflexionar sobre un capítulo particularmente relevante de la memoria cultural del siglo XX del país.

La muestra anual de arte concebida por la Fundación Telefónica y el Museo de Arte de Lima, es el resultado de un trabajo serio y exhaustivo que ambas instituciones vienen realizando en los últimos años para acercar al ciudadano común a su cultura pasada y presente.

Éste es el quinto proyecto de exposición que organizan la Fundación Telefónica y el Museo de Arte de Lima. Tal continuidad confirma la vocación por sostener una política cultural en el tiempo y por consolidar el indispensable trabajo de documentar nuestra historia del arte.

Los historiadores Luis Eduardo Wuffarden y Gustavo Buntinx han sido los curadores y responsables de la investigación y del proceso de selección de las obras que componen las dos muestras, acompañados por el comité organizador compuesto por Lucía García de Polavieja, de la Fundación Telefónica, el administrador general de la Fundación Telefónica, Rafael Varón Gabai y Natalia Majluf, directora del Museo de Arte de Lima, bajo la coordinación general de Jimena González.

Urteaga, Cajamarca y su tiempo

La exposición “Urteaga, Cajamarca y su tiempo” revela la estrecha relación que existía entre el artista y su ciudad natal, Cajamarca, así como los referentes artísticos que delinearon su particular visión del mundo campesino a través de sus imágenes.

En este recorrido, el público podrá apreciar una selección de fotografías sobre acontecimientos regionales y nacionales, así como de la vida cotidiana de Urteaga, que nos traslada a su entorno más íntimo.

En la muestra se presentan diversos aspectos de la sociedad de Cajamarca y sus obras se podrán comparar con la de otros artistas contemporáneos tanto de Lima como de provincias. También se encontrarán objetos personales y documentación original del artista, así como las obras de pintores indigenistas como Camilo Blas y José Sabogal para confrontar su trabajo con la tradición del arte pictórico cajamarquino, poco conocido.

La muestra llevará al visitante a presenciar no sólo las escenas lugareñas que encarnan aspiraciones nacionalistas de toda una generación, sino también piezas auténticas con las que el artista se inspiró para la creación de cada una de sus obras.

La sala de exposiciones de la Fundación Telefónica estará abierta al público a partir del jueves 29 de mayo en horario corrido (de 10 de la mañana a ocho de la noche de jueves a martes). El ingreso es libre.

Mario Urteaga: Nuevas Miradas

La muestra “Mario Urteaga: Nuevas Miradas” reúne un conjunto de importantes dibujos y lienzos que permiten seguir de cerca los elementos propios de su autor así como una nueva mirada para comprender, tanto la personalidad como la propuesta del artista.

La exhibición nos presenta un recorrido cronológico por la obra de Mario Urteaga, desde sus inicios hasta los trabajos que realizó poco tiempo antes de su muerte en 1957. En este espacio se podrá admirar el número más alto de obras del pintor reunido para una exposición, con la finalidad de que cada uno de los visitantes conozca el desarrollo pictórico del artista cajamarquino. Esta segunda muestra estará dispuesta en la sala de exposiciones del Museo de Arte de Lima el miércoles cuatro de junio y recibirá a los visitantes de jueves a martes de 10 de la mañana a ocho de la noche en horario corrido.

El libro y la exposición retrospectiva de Mario Urteaga confirman, una vez más, el compromiso decidido de la Fundación Telefónica y el Museo de Arte de Lima con el rescate y la difusión de toda manifestación cultural en el Perú.




 

 

 

 

 

 

FERNANDO URENA RIB

ART STUDIO

 

Orgánica

UREÑA RIB

Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

PINTURAS Y ESCULTURAS RECIENTES

 

 

DESDE EL JUEVES 19 DE NOVIEMBRE 2009 HASTA EL JUEVES 7 DE ENERO 2010

PALACIO DE BELLAS ARTES

AV. MÁXIMO GÓMEZ, SANTO DOMINGO REPÚBLICA DOMINICANA

 

 

 

ORGÁNICA, LA NUEVA COLECCIÓN DE PINTURAS Y ESCULTURAS DE FERNANDO UREÑA RIB, DESDE EL 19 DE NOVIEMBRE EN EL PALACIO DE BELLAS ARTES DE SANTO DOMINGO

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