Mario
Urteaga
(1875-1957)
Cuando se visitan las altas mesetas del
Perú, se respira un espíritu que sólo
algunos poetas y pintores son capaces de
presentar en sus obras, como una eterna
novedad, como una renovada experiencia
del espíritu. No sé, soy incapaz de
describir esa atmósfera, ese fluir de
luces y de nostalgias, esa antigua y
siempre nueva vocación de futuro, de
pertenecer al universo, al todo, al
absoluto, a la historia.
Mario Urteaga nació en Cajamarca y es el
pintor que mejor define el aura, el
espíritu y la visión indigenista en el
arte peruano del siglo XX. Se le
descubre muy tardíamente, en Lima, hacia
1934. Pero su obra era apreciada por los
habitantes de Cajamarca desde los
umbrales de ese siglo.
En sus
imágenes la congoja, el milenario
cansancio y el incesante trajinar el
pueblo indígena queda retratado con ese
mismo espíritu que vemos agolparse en el
pecho del hombre indio, en sus mujeres
laboriosas y en esa búsqueda incansable
por una mejor existencia. La ira
contenida, el sabor masticado de la hoja
de coca parece advertirse en esos
rostros de mirada profunda e
inquietante. Pero sobre todo, el sentido
de soledad en medio de la imponente
presencia de la cadena andina.
Aunque
autodidacto, Urteaga hace una simbiosis
entre los modelos academicistas y la
tradición pictórica peruana y los funde
en un todo que envuelve gestos,
posturas, y sobre todo la presencia del
paisaje del altiplano y del Norte
Peruano.
El sabor
provinciano de sus pinturas no mengua,
sino enaltece, la autenticidad de este
pintor que compone sus obras con
cuidadoso orden y magistral oficio. Pero
lo importante, lo trascendente, es cómo
Urteaga aúna el espíritu peruano de toda
una época en aquellas escenas
campesinas, en esos bucólicos paisajes
en los que la opresión de la altura es
sólo comparable a opresión económica y
política del indio peruano.
Urteaga
ha logrado mostrar al mundo "los indios
más indios que jamás se han pintado",
según la frase conclusiva de Teodoro
Núñez Ureta.
FERNANDO UREÑA RIB
Apunte
sobre MARIO URTEAGA
Fisuras en el
proceso de la modernidad
Emilio Tarazona (*)
La exhibición
retrospectiva Mario Urteaga, nuevas
miradas, organizada hace algunos días
por la Fundación Telefónica y el Museo
de Arte de Lima, puede considerarse la
culminación admirable de aquella que se
preparó en homenaje al artista
cajamarquino, como parte de la tercera
edición de la Bienal de Trujillo, en
1987.
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La
relación entre modernidad y provincia
tuvo en la tercera edición de la Bienal
de Trujillo de 1987 un momento decisivo.
Ésta propició la discusión en torno a
una de las preocupaciones más hondas en
la construcción del discurso del arte
peruano, en el que el indigenismo
provinciano de Urteaga se ha inscrito
desde su primera muestra en Lima, a
mediados de la década de 1930.
La aceptación de su obra encontró, desde
ese temprano momento, adhesiones del
círculo de Sabogal y de los que más se
apartaron de esa escuela en los años
posteriores, haciendo de ella un
singular punto de convergencia y
reconocimiento, suscitados desde
criterios enfrentados de validación (1).
Mientras
unos rescataban el valor testimonial y
temático de lo representado, otros
señalaban sus cualidades estrictamente
pictóricas, y sus indudables méritos
plásticos y de composición –producto de
una paciente asimilación de tradiciones
divergentes, que no hacen cismas entre
el gran arte europeo (accesible a él por
medio de textos y reproducciones
impresas) y la pintura popular
desarrollada durante el siglo XIX en su
región (en aquella época difícilmente
conocida en Lima), de la que se
convierte, a su manera, en un
continuador–. Cualidad precisa de una
posición “periférica” (Luis Eduardo
Wuffarden) que a un mismo tiempo lo
aproxima y lo distancia de las
conscripciones estéticas que tanto han
restringido el criterio de las
vanguardias artísticas. Evidentemente,
las asimetrías en las fuerzas de
difusión del fenómeno cultural son sólo
una consecuencia inevitable de las que
los procesos de modernización y
desarrollo detentan entre los distintos
sectores sociales.
Un
aspecto crucial de su obra parece marcar
así una oscilación en la mirada que el
artista inscribe del mundo indígena. Es
significativo que sus escritos de
prensa, previos a esta temática
pictórica que lo ha caracterizado,
recalquen a menudo el aislamiento y las
dificultades en la distribución de
recursos y materias primas de su ciudad
hacia el mercado externo, a falta de
vías de comunicación eficientes y
necesarias para satisfacer las
crecientes expectativas de prosperidad
(2).
Por otro
lado, el rasgo localista y nostálgico,
que imprime frecuentemente en sus
cuadros, transmite una velada conciencia
de la fugacidad de estas mismas escenas,
amenazadas por la inminente asimilación
de otros patrones de vida que los
procesos sociales y económicos imponen.
Un artículo de Arteaga, que ha sido
imposible fechar, resulta emblemático:
el pintor llega incluso a oponerse a la
importación de cierta mercadería
extranjera “tan cara y de mala calidad”,
procurando a su vez impulsar la más
cercana industria artesanal de sombreros
de paja a fin de que éstos sean usados
“siquiera en nuestra circunscripción”
(3). Aquel modelo, sin embargo,
avanzaría constantemente, y produjo a su
paso el desarrollo –o, de acuerdo con
Juan Acha, los diferentes niveles de
atraso en nuestro país (4)– con que los
centros urbanos se encontrarían
prontamente en contraste con el
precipitado empobrecimiento de las zonas
rurales.
En
Cajamarca, el repliegue de las campiñas
es la versión de lo que fueron los
cinturones de miseria que circundaron
Lima a inicios de la década de 1950.
Por este motivo, es probable que en la
obra de Urteaga, el casi autónomo e
indiferente mundo indígena –que
transcurre entre el trabajo, la beatitud
del hogar o la fiesta– sea también el
testimonio candoroso y contemplativo que
el artista hace de lo que será una
inminente pérdida. Sin embargo, los
procesos históricos se alimentan de sus
imágenes como si fueran también fisuras
o intersticios en el tejido de la
modernidad. Ellas erosionan lentamente
el entusiasmo inicial hacia sus
objetivos o sus métodos, e inscriben –a
veces sin proponérselo– elementos
destinados a diluir sus horizontes (5).
La desigualdad se presenta aquí como un
factor inherente a este proceso, ante el
cual se ha lanzado frecuentemente una
mirada seca o condescendiente, pero poco
solidaria. Urteaga parece, sin embargo,
incorporar a ella una sublimada y
respetuosa afinidad anímica, emotiva,
tierna e incluso religiosa, que trata de
construir quizá una aproximación que
supere las innegables distancias
existentes, creadas por fuerzas de
fragmentación social históricamente
enquistadas. Uno parece estar tentado a
pensar, a partir de esto, que la
categoría de lo “criollo” en el Perú ha
tenido una ampliación de uso que ha
resultado equívoca y nociva.
Esta
palabra, por definición, sólo debía
alcanzar a los hijos directos de
españoles en América y sostenerse en los
primeros momentos de la Conquista.
Iniciado ya el proceso de mestizaje –y
abrumadoramente desde la Independencia y
la República–, ésta parece operar como
una atribución ilegítima: una extensión
nominal, “hematojerárquica”, que ha
tendido a mantener los privilegios de
aquellos que afianzaban su –a menudo
remota– ascendencia europea sobre el
reprimido componente racial y
culturalmente nativo. La distinción ha
sido, hace siglos, una condición social,
económica y política agazapada de un
término incapaz de sostenerla. El
mestizo de los centros urbanos
–demográficamente minoritario– se
convertía así en el nuevo legatario de
una vieja dominación.
Desde esta perspectiva, el aporte
creativo de Urteaga se exhibe también
como un comentario políticamente
relevante que, más allá de su intento
inicial de orientar decisiones
electorales y reformas cívicas
originadas desde sus convicciones y
principios morales, logra suscitar una
sensibilidad capaz de poner ante los
ojos –incluso de modo oscuro y sin
prescripción– la fragilidad de aquello
que se expresa tan fácilmente como
esperanza colectiva.
(*) Realizó estudios de Arte en la
Pontificia Universidad Católica del
Perú.
Lima, mayo de 2003
La Fundación Telefónica y el Museo de
Arte de Lima presentan la más grande
retrospectiva dedicada a una de las
figuras más representativas del arte
peruano: Mario Urteaga (1875-1957), que
reúne una completa selección de la obra
artística del pintor cajamarquino como
parte de un vasto proyecto de
investigación desarrollado en archivos y
colecciones de todo el país.
Este trabajo se ha cristalizado en dos
exposiciones autónomas y
complementarias, acompañadas de un
monumental libro titulado “Mario Urteaga:
Nuevas Miradas”, que documenta sobre la
vida y la obra de este personaje que se
ha convertido en un símbolo histórico en
el ámbito de las artes en el Perú.
El catálogo busca actualizar y ampliar
el estado de la investigación sobre el
artista y su época, y nos permite
reflexionar sobre un capítulo
particularmente relevante de la memoria
cultural del siglo XX del país.
La muestra anual de arte concebida por
la Fundación Telefónica y el Museo de
Arte de Lima, es el resultado de un
trabajo serio y exhaustivo que ambas
instituciones vienen realizando en los
últimos años para acercar al ciudadano
común a su cultura pasada y presente.
Éste es el quinto proyecto de exposición
que organizan la Fundación Telefónica y
el Museo de Arte de Lima. Tal
continuidad confirma la vocación por
sostener una política cultural en el
tiempo y por consolidar el indispensable
trabajo de documentar nuestra historia
del arte.
Los historiadores Luis Eduardo Wuffarden
y Gustavo Buntinx han sido los curadores
y responsables de la investigación y del
proceso de selección de las obras que
componen las dos muestras, acompañados
por el comité organizador compuesto por
Lucía García de Polavieja, de la
Fundación Telefónica, el administrador
general de la Fundación Telefónica,
Rafael Varón Gabai y Natalia Majluf,
directora del Museo de Arte de Lima,
bajo la coordinación general de Jimena
González.
Urteaga, Cajamarca
y su tiempo
La exposición “Urteaga, Cajamarca y su
tiempo” revela la estrecha relación que
existía entre el artista y su ciudad
natal, Cajamarca, así como los
referentes artísticos que delinearon su
particular visión del mundo campesino a
través de sus imágenes.
En este recorrido, el público podrá
apreciar una selección de fotografías
sobre acontecimientos regionales y
nacionales, así como de la vida
cotidiana de Urteaga, que nos traslada a
su entorno más íntimo.
En la muestra se presentan diversos
aspectos de la sociedad de Cajamarca y
sus obras se podrán comparar con la de
otros artistas contemporáneos tanto de
Lima como de provincias. También se
encontrarán objetos personales y
documentación original del artista, así
como las obras de pintores indigenistas
como Camilo Blas y José Sabogal para
confrontar su trabajo con la tradición
del arte pictórico cajamarquino, poco
conocido.
La muestra llevará al visitante a
presenciar no sólo las escenas lugareñas
que encarnan aspiraciones nacionalistas
de toda una generación, sino también
piezas auténticas con las que el artista
se inspiró para la creación de cada una
de sus obras.
La sala de exposiciones de la Fundación
Telefónica estará abierta al público a
partir del jueves 29 de mayo en horario
corrido (de 10 de la mañana a ocho de la
noche de jueves a martes). El ingreso es
libre.
Mario Urteaga: Nuevas Miradas
La muestra “Mario Urteaga: Nuevas
Miradas” reúne un conjunto de
importantes dibujos y lienzos que
permiten seguir de cerca los elementos
propios de su autor así como una nueva
mirada para comprender, tanto la
personalidad como la propuesta del
artista.
La exhibición nos presenta un recorrido
cronológico por la obra de Mario Urteaga,
desde sus inicios hasta los trabajos que
realizó poco tiempo antes de su muerte
en 1957. En este espacio se podrá
admirar el número más alto de obras del
pintor reunido para una exposición, con
la finalidad de que cada uno de los
visitantes conozca el desarrollo
pictórico del artista cajamarquino. Esta
segunda muestra estará dispuesta en la
sala de exposiciones del Museo de Arte
de Lima el miércoles cuatro de junio y
recibirá a los visitantes de jueves a
martes de 10 de la mañana a ocho de la
noche en horario corrido.
El libro y la exposición retrospectiva
de Mario Urteaga confirman, una vez más,
el compromiso decidido de la Fundación
Telefónica y el Museo de Arte de Lima
con el rescate y la difusión de toda
manifestación cultural en el Perú.