Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

 

ARTE GUATEMALTECO

 

 

ALEJANDRA MASTRO

CARLOS MÉRIDA

CARLOS VALENTI

CESAR BRAÑAS

ELMAR ROJAS

ELSIE WUNDERLICH

ERWIN GUILLERMO

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO

ENRIQUE JUAREZ TOLEDO

EUGENIO FERNÁNDEZ GRANELL

ISABEL RUIZ

LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)

LUCÍA ROHRMAN

MAGDA EUNICE SÁNCHEZ

MANOLO GALLARDO

MARCO AUGUSTO QUIROA

MARÍA DEL CARMEN OSSAYE

MARÍA EESKENASY

MARIO MONTEFORTE

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS

RAMÓN BANUS

ROBERTO CABRERA

ROBERTO GONZÁLEZ GOYRI

ROBERTO OSSAYE

RODOLFO ABULARACH

RUDDY COTTON

VERÓNICA RIEDEL

 

 

UREÑA  RIB

CUENTOS

 

UREÑA RIB

OBRA PICTÓRICA

 

PINTURA GUATEMALTECA

 

LA PINTURA DE

CARLOS VALENTI

WALDA VALENTI

 
 

 

 

Carlos ValentI

aproximación a una biografía

 

Wa l d a    V a l e n t i

Hacer un itinerario aproximado de la corta vida de Carlos Mauricio Valenti es difícil por los pocos datos conocidos envueltos en nieblas de lejanía, que hay acerca de él. De ahí la razón de llamar a este trabajo aproximación a una biografía.

 La desaparición de todas las personas relacionadas en una u otra forma con el artista, es otro de los motivos, y también digámoslo sinceramente, la indiferencia de los hermanos (mi padre y mi tía) al no haber conservado y coleccionado parte de su obra, ni apreciado en todo su valor el talento del inquieto joven, atormentado, en aquellos aciagos años de principios de siglo.

Hoy, como su única sobrina carnal, que aún no había nacido cuando él murió –pues de haberlo conocido mi recuerdo sería personal- me he dedicado a la tarea, ardua y añorante, de querer hilvanar algunos hitos de su vida,  con la doble responsabilidad de rescatar al hombre del olvido y presentar al autentico artista, rebelde ante lo estancado e inmutable de la pintura de inicios del siglo en Guatemala, a la cual, con genuina pasión hace despertar a corrientes estéticas nuevas y técnica diferente de las que habrán de nutrirse los artistas guatemaltecos de entonces a nuestros días.

 La recopilación de algunos episodios expuestos en estas páginas y dados a conocer a los estudiosos de la plástica nacional, me han llevado tiempo, indagaciones personales en el seno de mi propia familia y con muchas personas, ya fallecidas, con las cuales pude dialogar al respecto, como D. José Herrarte Sagastúme, compañero de Valenti en el colegio Villatoro; con el doctor Manuel Morales, su médico de cabecera desde tiernos años, y con mi propio padre; además de los aún presentes, como Carlos Mérida, el entrañable amigo y principal exaltador de sus méritos y a quien en el año de 1966 grabé una entrevista en visión retrospectiva de los años de estudio y camaradería con Valenti. Escribí a México solicitando datos al crítico de arte Luis Cardoza y Aragón, que brevemente respondió no recordar nada al respecto, por la corta edad que él tenía al fallecer Valenti; igual respuesta de Juan Olivero.

Otros artistas contemporáneos de Carlos Valenti –los De la Riva, Rodríguez Padilla, González Goyri - sólo nos dejaron memorias borrosas de su trato con aquél, repetidas hoy débilmente por deudos indiferentes.

En el año 1979 hice viaje a Francia instalándome algunos meses en París con objeto de consultar archivos. Fue ésta una experiencia muy interesante, la de encontrarme en los Anciennes Archives de Paris, situados en el muelle Henri IV; en los de la imponente iglesia de La Magdalena (construida según los planos de Vignon, en estilo académico, por orden de Napoleón I y destinada a ser originalmente el Templo de la Victoria, abierta al culto después de la caída del emperador, el 14 de febrero de 1816); en los diversos cementerios del perímetro citadino, incluyendo los de Montmartre y Bagnieux; en los archivos de la Morgue de la Policía de París, situada en la rue des Carmes, en los cuales quedaron asentados los nombres y descripciones del hallazgo de cadáveres y muertes irregulares desde los años 1910 al 12, enfrentándome dolorosamente a las tragedias allí descritas... Hasta el momento he perseverado en buscar datos específicos de los acontecimientos de entonces, en publicaciones conservadas en la Hemeroteca Nacional. He hecho nuevos contactos con quienes puedan aportar algo de sus recuerdos y también escribí a Barcelona en busca de pormenores de la vida de Jaime Sabartés, personaje influyente en las ideas revolucionarias delos jóvenes artistas de principios de siglo; de manera que creo haber agotado casi todos los recursos de investigación en este caso, por lo que principiaré a narrar los hechos.

Carlos Mauricio Valenti Perrillat  nació en París el 15 de noviembre de 1888. Tercer hijo de don Carlos Valenti Sorié, de nacionalidad italiana, y de Helena Perrillat-Bottonet, nacida en Saboya, Francia. El padre llegó a Guatemala en el año de 1888. Había conocido a don José María Reyna Barrios en Europa[1], y años después, este, al ser presidente de la republica, en 1892, le guardó amistad y más tarde le invitó a participar en la famosa Exposición de 1897. Los preparativos de dicha Exposición empezaron un años antes, por lo cual don Carlos Valenti Sorié viajó de regreso a Francia y adquirió mobiliario ad hoc para una lujosa barbería: sillones de hierro y peltre blanco, reclinables; enormes espejos venecianos, así como un laboratorio de productos químicos para el cabello, y un gramófono para entretener a la clientela; tal aparato, marca Víctor, con el famoso perrito escuchando al amo[2]. Además contrató dos o tres fígaros de primera clase, de los cuales no tenemos sino el nombre del señor Godoy, que más tarde estudió en esta capital teneduría de libros y formó numerosa familia. En el ínterin, doña Helena, su esposa, llegó al país en 1891 acompañada de sus tres hijos: Emilio, el mayor; Blanca, la segunda, y el pequeñito Carlos Mauricio, que tenía tres años de edad.

Carácter del Artista

Carlos M. Valenti Perrillat, de escasos cinco o seis años de edad, se distinguió como una criatura sumamente paciente, de frágil salud y carácter suave. Era el preferido de la madre, con la que le uniera lazos de profundo amor, por el desbordado afecto que ella le profesaba. Aún ya crecido, su diminutivo era el de “bebé”, cuando le mencionaba a otras personas. Le orientó en el camino de la rectitud con sentido ético determinado y determinante. Su primer colegio fue el Villatoro[3] hasta aproximadamente la edad de trece o catorce años. Dicho centro cantaba entonces con capacidad para 120 alumnos. Plantel donde regía estricta disciplina militar, forjadora de rigores y obediencia. Valenti dejó fama de estudioso. Sobresalió por sus modales correctos y buen comportamiento, mereciendo la medalla de oro al mejor alumno, a asimismo otra distinción al ganar un campeonato de fútbol con su equipo. Ya mayor pasó a ser estudiante del Instituto Nacional Central de Varones, entonces Instituto Normal de Varones, hasta obtener su diploma de bachiller. Don Manuel Estrada Cabrera había traído al país varios educadores, entre ellos los pedagogos belgas León y Julio Connerot. Nombro al primero director del Instituto, y al segundo, director de la Escuela Normal de Varones.

El medio guatemalteco de la época era pacato y dominaba la influencia de la religión católica. Prevalecía la educación formal y escrupulosa, dándose la prioridad a la urbanidad y sus tabúes tantas veces mojigatos. La formación moral era preferentemente dirigida por los padres dentro del hogar, aunque con poco o ningún diálogo; mas bien se esperaba mutismo y obediencia absoluta de parte de los hijos, privando en tal forma la autocracia paterna. No obstante, en el hogar Valenti-Perrillat, la madre, de refinada educación y pulcros modales, orientaba a los hijos dulcemente, enseñándoles pautas en un trato hogareño, social y estético, pues era dama elegante; motivos característicos del ambiente europeo de aquélla familia en cuanto a costumbres y manifestaciones.

Cuando asistía al Colegio Villatoro recibía también clases de piano con el distinguido maestro Herculano Alvarado[4]  y estudiaba en casa con empeño durante largas horas, mas, dejaba escuchar sus adelantos únicamente en el círculo familiar, por que era tímido y no gustaba del elogio (merecido por sus afanes), ni el pregón actitud derivada asimismo de su modestia, cualidad que le caracterizó en toda su vida. Contaba trece años cuando oía los entusiasmos del hermano mayor, Emilio, por su asistencia, con otros jóvenes, a la Academia de Bellas Artes, dirigida por D. Santiago González[5], escultor y pintor venezolano, contratado por el gobierno de Estrada Cabrera para decorar el Templo a Minerva, por lo cual, uno o dos años después abandono el piano y se inscribió en dicha Academia.

Cabe decir que se aplicó en ella tanto, que el propio D. Santiago se maravilló de su disposición para el dibujo y luego, el alumno resulto mejor dibujante que el maestro, como puede apreciarse en los diseños guardados por la familia del doctor Manuel Morales, que en vida siempre estuvo dispuesto a mostrarlos gentilmente. En ellos se admira gran delicadeza y nitidez de línea. Don Santiago fue su profesor hasta 1909, cuando se retiró de sus actividades docentes y falleció, causando en el joven Valenti un doloroso impacto.

Adolescencia

Bajo la dictadura de Estrada Cabrera, el medio artístico era inmutable a principios de siglo. No obstante, se recibían del exterior algunas publicaciones y revistas, como: Le Mercure, Juan Blas, El Fígaro Literario, Le Petit Journal Illustré, La Presse Médicale, de Francia; El Estudio, una publicación bilingüe –inglés-español- e ilustrada con lo último en bellas artes y artes plásticas. Naturalmente, fuera de tales esporádicos contactos con el extranjero, que llegaban bien atrasados a Guatemala, poco o casi nada era conocido en cuanto a los movimientos relativos que estaban agitando en Europa en el mundo de las artes. En ese tiempo, entre 1905 y 1906, cuando el grupo de amigos, alumnos de D. Santiago González, sensibles al arte y ya con ímpetu hacia un cambio se encuentran con un señor llamado Jaime Sabartés[6], venido de Barcelona a trabajar al lado de un tío suyo, D. Francisco Gual, que no teniendo herederos, pensó que este joven de veintiocho años podría serle de alguna utilidad, llevándole al negocio de ultramarinos situado en el entonces Portal llamado “El Tigre”, sobre la plaza central.

Vale la pena hacer un paréntesis sobre este personaje. Sus datos biográficos hechos llegar de Barcelona dicen: “Jaime Sabartés Gual, nació en 1881 y murió en París en 1968. Era escultor y escritor. Pasa a Llotja (escuela) y allí aprende con Manuel Fuxá. En aquel tiempo firmaba sus poemas y prosas con el nombre de Jacobus Sabartés. Algunas de esas obras fueron musicadas por Narcisa Freixas, colaboradora a la sazón con “Juventut”, periódico catalanista que trataba ciencia, arte y literatura. En el año 1901, expone “Cabezas de Niño”, en la sala Parés. Asiduo de “Les Quatre Gats” (Los cuatro gatos), bar de intelectuales de Barcelona y así forma parte de esa ciudad, y en París del grupo Picasso, que ya conocía desde 1899. Uno de los más grandes propagandistas de la obra picasiana. En 1904 va a América y se establece en Guatemala dirigiendo un periódico en Quetzaltenango. En 1935 se instala en París y se reencuentra con Picasso, de quien fue secretario particular. Publicó en ese mismo año y en Madrid, “Picasso y su obra”; en 1937 y en la ciudad de Milán, “Picasso 1937”; en París y en 1946 hace detallada biografía en “Portraits et souvenirs”. En esos momentos prepara también otros escritos. Fue un eficaz enlace entre Picasso y Cataluña. En el años 1953 donó al Museo de Bellas Artes de Málaga su colección bibliográfica picasiana con cerca de 400 títulos y más tarde por indicación del propio Picasso donó la rica colección que poseía del extinto artista malagueño, en número de 600, al Ayuntamiento de Barcelona para crear el Museo de Picasso, inaugurado en el año de 1963”. [7]

En estos datos no se hace mención de su matrimonio en Guatemala en 1908 con estimable dama de la sociedad, doña Rosa Robles, con quien procreó un hijo. Al crecer el niño dio muestras de retraso mental, lo que ensombreció grandemente a sus progenitores y aunque le llevaron a Barcelona en consulta con especialistas, nada pudo hacerse por él. La madre y el hijo regresaron a Guatemala, donde éste murió años después, siendo adolescente. Doña Rosa le sobrevivió hasta mediados de siglo. Y Jaime Sabartés, instalado en París vivió con su antigua novia catalana hasta la muerte de ella en 1954.[8]

Así pues, la trayectoria artística de Sabartés era conocida desde su juventud y nada de extraño tenía que al llegar a esta tranquila ciudad en 1904 conociera a los artistas guatemaltecos, ansiosos de nuevos horizontes, los cuales se agruparon pronto a su derredor; plenos de inquietudes intelectuales se acercaban a aquella fuente de conocimientos, por lo que no era raro que le buscasen aún en horas de trabajo en la trastienda del negocio. Este maestro les hablaba de la evolución de la pintura y los nuevos logros; del impresionismo y otros movimientos, como el del mismo Picasso que entonces empezaba a indagar algo que luego se llamó Cubismo, ya ensayado por Braque y por Cézanne. Tales charlas promovían ansias en los jóvenes estudiantes, y Sabartés se convirtió para ellos en el mago de un mundo maravilloso, y le buscaban insistentes, deseosos de hablar de arte y también para pintar.

Siempre lo hacían cautelosamente por el cascarrabias del tío Gual, dueño del almacén, y además por que cualquier movimiento fuera de lo común sería visto con desconfianza por el gobierno presidido por Estrada Cabrera.

No obstante, poco a poco fueron saliendo de la sombra, digamos, y las tertulias se llevaron a cabo en distintos sitios, como el Gran Hotel; alguna fonda, o en el Hotel Unión, del italiano Antonio Marinelli. Creo que debe darse a Sabartés in memoriam el mérito de haber prendido en aquellos espíritus inquietos, como el suyo, la chispa de la renovación plástica, en sus críticas incisivas, en sus consejos lapidarios e irónicos, que sacudieron con luces de su intelecto a los talentos adormecidos prontos a despertar y convertirse en lo que fueron:  los revolucionarios, descubridores de una nueva técnica artística en el mundo centroamericano.

Cuando Sabartés dispuso viaje a Quetzaltenango hacia el años 1910, el grupo de artistas –Carlos Wyld Ospina, Rafael Rodríguez Padilla, Rafael Arévalo Martínez, Rafael Yela Günther, los hermanos De La Riva y Carlos Mérida, se reunían en torno a Valenti. Le buscaban especialmente en su casa, donde las tertulias literarias y artísticas constituían el tema diario; los pintores trabajaban bajo su dirección. Podemos decir que los jóvenes guatemaltecos, habían recibido un legado de arte añoso y caduco, y Carlos Valenti, impulsado por la orientación de Sabartés, conjugó su talento creador y su premura por generar aspectos innovadores en la pintura. El campo experimental se abre con él, ilimitado; así podemos apreciar en sus cuadros las diferentes etapas de su busca, de su inconformidad, de su ansia por asir nuevas formas, luces, colores, y perseguir diferentes corrientes en las cuales realizarse. Febrilmente investigaba con lápiz, crayón, acuarela y óleo, la mejor forma de plasmar la exigencia de la visión. Lejos de ser embrionario de afortunados tanteos, rebuscaba, experimentaba, rompía, borraba, sin satisfacer jamás su anhelo de perfección, razón por la cual se negó a firmar sus obras, con escasas excepciones.

En un principio sus investigaciones parece inclinarlo al impresionismo, del cual eran innovadores Sisley, Monet, Cézanne, Renoir, etcétera, aún desconocidos en el medio guatemalteco. Puede ser que en alguna revista española enviada a Sabartés haya conocido pintura del catalán Eliseo Mainfrén, amigo de éste; artista que ama la vida al aire libre y la plasma en sus lienzos, muy cerca del impresionismo. Ello desde luego, en suposición, pues nada nos lo confirma, salvo la forma análoga de pintar.

Breves años de actividad.

Físicamente, como puede apreciarse en el retrato expuesto en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Guatemala –obsequiado por Carlos Mérida, sesenta años después- Valenti era un hombre hermoso. Rafael Arévalo Martinez le llamaba “El Príncipe de la Casa de Orange”, referencia a un poema de Manuel Machado. Cabello castaño claro, un tanto largo; ojos soñadores; labios bien trenzados. Educado; grata personalidad; pulcro en el vestir de oscuro casimir; corbatines de seda leve, y fieltro flexible en el sobrero de ancha ala. Introvertido, silencioso y ocasionalmente huraño, quizás por algún trauma psíquico, que muchas veces le inducía a refugiarse en el aislamiento. Mi madre recuerda – aun vive sus noventa años bien llevados, y fue su cuñada- que ella solía visitar a los suegros en su casa de habitación, hogar del propio Carlos, y ocasionalmente le encontraba recostado en el sofá[9] de la sala, leyendo, o meditando cerca del caballete, como le vemos en una de sus fotografías. Siempre educado, se levanta a saludarla. Luego doña Helena, su madre, con suma prudencia tomaba a la joven nuera del brazo y la conducía amablemente al corredor, donde le recibía la visita, sentadas en cómodas sillas de mimbre, a fin de no interferir en las lecturas, o cavilaciones del hijo querido, o molestarle en sus estados depresivos.

Naturalmente, Valenti gozaba de ratos humorísticos, propios de sus años, como lo demuestra este episodio: en ese tiempo vivían los Valenti en la 9ª Calle entre 8ª y 9ª Avenidas de la actual zona 1, donde hoy se encuentra uno de los almacenes Paíz. Todo el frente de la casa era utilizado como local del famoso cine Valenti, contando con el primer patio cubierto,  y la parte de atrás convertida en un acogedor hogar amueblado lujosamente por doña Helena. Un día llegaron las jóvenes cuñadas de Carlos, Inés y Aída Doninelli, a visitar a la madre de éste. La primera toda pizpireta, sombrero alado de cimbreante paja de Italia, vestida de falda vaporosa, que descubría al caminar botines de fina cabritilla gris. El artista se encontraba frente al caballete pintando en el patio, cuando Inés, llegada recientemente de Milán, y que aún no manejaba bien el español, muy coqueta e insinuante le preguntó: -¿Qué cosa está facendo Carlo? –Acércate y veras, le respondió. Y cuando la chica estuvo a su alcance, le apretó en la nariz un pomo de pintura azul, riéndose a carcajadas de verla embadurnada y oírla exclamar: -¡Uh, qui bárbaro¡.

Valenti frecuentaba a esta chica y a su grupo y sabía reír y bromear con cada una de ellas, pues, como era natural, él y sus amigos no sólo trabajaban en la plástica, sino se divertían y salían de juerga. Era sobrio en la bebida; mientras los otros se daban a la borrachera, Carlos los acompañaba divertido; mas como detestaba la vulgaridad, seleccionaba discretamente sus aventuras y las guardaba en reserva. Su desapego a tales desórdenes se pueden interpretar como entrega plena al arte con el cual estaba obsesionado, según lo expresa en carta de 24 de diciembre de 1910 a Agustín Iriarte, que a la sazón se hallaba en Roma, dice así: “...porque hay entre nosotros algunos que tienen la verdadera fe –el arte- al cual hay que sacrificarse pasando sobre todo, rendirle culto como a una divinidad, privarse de todo por él; vivir sólo para la obra; depositar en el lienzo la vida entera, todo nuestro amor; pasar al cuadro todo lo que no puede explicarse; vivir en él  y volcar allí nuestro ser, todas las más santas emociones que experimenta el corazón del artista”; o como lo expresa Stefan Swing: “para el verdadero poeta cualquier pasión que no sea la de crear, soñar, es una aberración”.

Inclinación amorosa la tenía por la pelirroja Inés Doninelli, sentimiento jamás expresado, pero visible en más de un detalle –la pintó en un óleo, recostada en un campo de ilusiones, mecidas por la brisa. Dicho cuadro fue sustraído del corredor de la casa Doninelli hacía uno de los años de la década del 30. Carlos Mérida bastante prendado de ella también, extrovertido y bullanguero, le decía en público: “Inés te amo. Eres una lindura; te adoro”. En aquellos años de 1908 o 1909, Blanca Valenti, hermana mayor de Carlos Valenti y de notoria belleza, convivía con el magnate exportador de café Federico von Gerlach, que profundamente enamorado de ella, esperaba obtener el divorcio de su esposa alemana, para casarse con aquélla.[10] Nacido en una cuna noble, era hombre de buen gusto y elegancia; acostumbrado a vivir regiamente, su mansión hallaba situada en Los Arcos –nombre que aún se conserva en la zona de la ciudad, ya completamente urbanizada, hoy con el número 14; era tan grande que lindaba con la actual 20 Calle, de la zona 10; fraccionada después para lotificación y parte vendida hoy al Club Universitario. Todo ese vasto terreno era de su propiedad, e ir a visitarlos constituía no sólo una deferencia, sino disponer de todo un día, por la distancia y el difícil medio de transporte, salvo si el invitado llegaba en un carruaje de los de la Casa Schumann; o era recogido por uno de los “landos” de los anfitriones.  Algunas veces iban hacía allá a pie los muchachos pintores, y recuerda Mérida cómo los atendía la hermana de Carlos. Les servía excelentes salchichas alemanas, así como buena cerveza importada. Ellos aprovechaban llevar sus útiles para dibujo o pintura, y copiaban las muchas bellezas circundantes. En las caballerizas relinchaban los caballos de raza importados de Perú y otros lugares, y a Valenti le servían de modelo; en las enormes pajareras,  colocadas al centro de gramales extensos había pájaros de mil colores y formas;  venados domesticados corrían majestuosos entre el encinar vecino (esto es parte ahora de la colonia “El Campo”); Valenti les tomaba de modelos; también flores, jarrones, estatuillas dispersas por los jardines. Cuando declinaba el sol entraban en la residencia; ocasionalmente subían al segundo piso, donde se hallaba el salón de billar y practicaban un poco; otras veces descasaban en la sala de fumar. Agradable olor de fino tabaco impregnaba el ambiente y no sabían por qué decidirse: si esbeltos y fuertes cigarrillos ingleses de las mejores mezclas y brillantes boquillas, o por los habanos alineados en morenas cajas de leve madera, macizos por su calidad de oscura hoja bien madurada –que alhajados de anillos rojo-dorados pregonaban su linaje. Los jóvenes tomaban uno a fin de aspirar su aroma, moviéndolo de un lado a otro, cerca del olfato,  como vieran hacer al simpático D. Federico. Se les ofrecían asimismo a la vista botes de tabaco picado,  cuya mezcla con miel daba tan exquisito sabor al humo de la pipa; aunque al final, ninguna tentación de fumar conmovía a Valenti, pues en reciente visita había fumado dos o tres cigarrillos, que le ocasionaron cierto malestar pocas veces sufrido. No sólo fue un mareo profundo, sino un oscurecerse la vista, perdió el equilibrio, y se vio obligado a sentarse en la butaca más próxima, en la que pasó largos minutos aletargado, con fuerte taquicardia, antes de reponerse de tan desagradable efecto.

Como siempre, hacia las siete de la noche, al aviso del cochero, los dos muchachos se dirigían al carruaje dispuesto bajo el pórtico de la mansión para conducirlos de regreso a la ciudad en recorrido por el entonces Boulevard La Reforma, hoy Avenida, cubierto de frondas y decorado con estatuas de mármol de tipo clásico, que fueron desapareciendo, sin localizar su paradero.

Consultado el médico por doña Helena sobre la reacción al cigarrillo en el organismo de su hijo, volvió a insistir en “su diabetes” y en los estragos de la nicotina en la circulación (lo que hoy se llamaría alergia a la misma).

Al parecer, durante los tiernos años de la primera década del siglo se gestaba en él un gran anhelo de llegar a la cumbre. Era como un volcán pronto a estallar en explosiones internas, ya vibrante; ora irritado, luego expansivo en gradual engendro creativo. Unos tras otros salían los cuadros de sus manos con trazos decididos, estudiados, captados por ese maravilloso don de la percepción del artista. Vehemente en la continuidad de plasmar multiplicidad de paisajes y figuras como si fuesen pequeños escalones ascendentes hacía la perfección y el triunfo, por que huía de la mediocridad; no deseaba ser uno más, sino dejar una obra de proporciones universales en los altos cánones de la estética. Pero también sufría de angustias, depresiones y cierta misantropía apuntaba en su temperamento atormentado por esa constante inquietud de su espíritu y una salud precaria. Era entonces cuando sus trazos manuales se identificaban con monstruos, fenómenos, seres contrahechos o miserables; cuadros que hoy han dado campo a algún crítico de arte para comparar la obra esperpéntica de José Luis Cuevas con la de Valenti. La mayoría de esos cuadros existen en la colección dejada por el doctor Manuel Morales.           

Por su delicada constitución, los médicos Sagrini y Morales, le habían atendido desde su infancia, pero el síntoma más desagradable en él era la disminución visual que le atormentaba y aparecía cuando menos lo esperaba. Los galenos diagnosticaron diabetes, lo cual le deprimía mucho ocasionándole estados de inercia y de pesimismo. Le recetaban dietas y medicamentos inocuos a los cuales se sometió pacientemente, deseoso de curarse cuanto antes, pues deseaba marchar a París a continuar sus estudios de arte y lograr presentarse en la exposición de pintura a realizarse allá en 1915. ¡Esa era la meta soñada¡  Traer a la patria un galardón y darle renombre en Europa. Por desgracia, su dolencia cedía temporalmente, mas no le abandonaba de un todo; pese a ello continuó con sus prácticas pictóricas hasta principios del año 1912.

Doliente intervalo.

A principios de 1911, dedicado enteramente al arte, le encontramos instalado, en compañía de su madre, en una casa (que todavía existe) situada en el llamado Callejón de Dolores, hoy 9ª Calle “A” 3-61, zona 1, donde habitaban desde algún tiempo solos, por el regreso de su padre a Italia debido al fracaso, tanto de la barbería como del cine. Aún se daban algunas funciones en otro local llamado Cine Olimpia y según rezan los anuncios publicitarios en el Diario de Centro América, su regente era Emilio Valenti (hermano mayor de Carlos). Me cuenta el licenciado Ernesto Viteri que en ese entonces él asistía a dicho cine, donde era mudo, cuando los soldados disparaban, había detrás del telón un empleado encargado de tocar tambor, a fin de hacer más realista la película.

El dolor se hacía presente en la vida de Valenti causado por la gravedad de la salud de su madre, cuya enfermedad incurable avanzaba hacia la agonía. Por su estado debilísimo no podía levantarse de la cama y este hijo amado se pasaba tiernamente las horas cerca de ella. Cuando moribunda abría los ojos y le reconocía, sólo le estrechaba las manos, con las que él acariciaba las suyas y apenas murmuraba “mi pequeño bebé...” como si preguntase cuál sería su destino al faltar ella.

Infortunadamente el 25 de febrero de 1911 dejó de existir la bondadosa dama. No se encuentran palabras para expresar el dolor mudo y desgarrante de aquel joven, cuyo ánimo destrozado se reflejaba en todo su ser mustio y deprimido. El mausoleo de los Doninelli nuevamente se abrió para darle cristiana sepultura.

Sus hermanos, Blanca y Emilio, le ofrecieron hospitalidad, pues su situación económica no le permitía conservar el hogar paterno para él solo. Reiterado pesar le ocasionaba el desbaratarlo, por haberlo compartido con el ser más amado en su vida, y aceptó la invitación del hermano y su esposa Anita Doninelli, por quedar la casa de ellos más céntrica, en le 9ª Avenida y 12 Calle (más o menos) y hacia ella se trasladó bastante consternado.

Además del dormitorio, le cedieron otra habitación grande en el segundo patio, destinado a taller de pintura, donde el grupo de amigos artistas reanudarían sus sesiones hasta nueva disposición del guía.

Esta casa de estilo colonial está plasmada en la pintura “Patio” y en la cual Mérida recuerda con nostalgia las diabluras cometidas, cuando de pronto se descarrilaban. Como no tenían dinero para pagar modelos, se servían de amigos, parientes y pordioseros sucios y desarrapados que pasaban pidiendo limosna. Estos últimos a cambio de una taza de café caliente y un inflado mollete, sentaban sé quietos ante los artistas. Uno de los resultados es el cuadro en mi poder, llamado “El Viejo o El Anciano”. Existe en la colección Morales un ingenuo desnudo de niña bañándose frente a un balde con agua. Era la pequeña hermana de su cuñada, llamada Marina. Además de trabajar en el taller, a veces, entraban botellitas de licor, bebían, cantaban y bromeaban. En un atardecer, Carlos Wyld Ospina y Alberto Aguilar Chacón, sintiéndose alondras subieron al techo de tejas, del cual resbalaron y cayeron en una pila, con la consiguiente algazara de los muchachos. Al hermano no le gustaban tales desórdenes, por lo que indignado les reprendió y les echó a la calle de malas maneras. De temperamento sensible, los exabruptos violentos de Emilio irritaban a Carlos, tanto por la descortesía a sus amigos, como por la molestia ocasionada a los anfitriones, pero no había más remedio que soportar, por lo cual había escrito a su padre, a Roma, exponiéndole el deseo de trasladarse a su lado. La respuesta fue evasiva, pues le sugería esperar hasta que él, por su parte, formalizara ciertos contratos de trabajo pendientes en laboratorios de productos de belleza.

Así transcurrían los días. El pesar de Carlos Valenti por su luto interno estaba presente, no obstante los esfuerzos de sus compañeros para alegrarle. Es más, el dolor se ahondaba ante la indiferencia y dificultades con la familia, pese a que –por lo reservado- jamás se confió a los amigos. Le faltaba sentir el calor de un hogar hasta poco antes disfrutado, así como de la ternura de quien ya no podía sustituir con ningún otro ser.

Así fue como algunos meses después, a finales de 1911, su hermana Blanca y el propio D. Federico Gerlach, le convencieron de trasladarse a “Los Arcos”, donde estuvo unos meses más, precursores de tan deseado viaje a Europa. No obstante el temor generalizado a los viajes marítimos, por el reciente hundimiento del famoso “Titanic” –en el cual viajaban cientos de pasajeros, entre ellos el millonario Alfredo Vanderbilt y Benjamín Guggenheim, el famoso coleccionista de obras de arte, y uno de los señores Castillo de Guatemala. Valenti descartó peligros y continuó preparándose para la travesía.

Por otra parte, el medio guatemalteco permanecía inerte en cuanto a cambios fundamentales en la estructura política y reinaba el temor y lo estático, salvo algunos cambios en el campo pedagógico, pues se había dotado a centros de enseñanza media y escuelas primarias de modernos equipos; mas, en cuanto al arte, apneas sise contaba con dos o tres de ellas, una dirigida por el maestro Ernesto Bravo.  Otro acontecimiento progresista de la época fue la fundación de la Academia de Aviación, organizada por el aviador Luis E. Ferro, que había pedido unidades, poderosas entonces, de la clase “Blériot”, las cuales operarían en el Campo de Marte.

En relación al viaje de Carlos Valenti, no se sabe cómo lo financió: si su madre había dejado algo para él (la señora poseía muy buenas alhajas); o si la hermana proporcionó los medios; sin embargo, en cierto momento comunicó a su hermano Emilio y cuñada, y a Mérida, su determinación de partir en fecha próxima y exhortó a este último a acompañarle.

No le faltó entusiasmo al camarada, pero carecía de recursos para seguirlo, pues ingresos eran precarios: solo ganaba unos cuantos pesos dando clases de pintura a algunas señoritas de sociedad. Sintióse desanimado al pensar en perder al generoso amigo, animador de todo el grupo, y quedo alicaído. Por una coincidencia, llegó el padre de Mérida, don Serapio Santiago Mérida, en uno de esos días de su ciudad quezalteca a visitar al hijo, casualidad aprovechada por Valenti para exponerle y sugerirle la inminencia de una travesía, oportunidad única para el desarrollo intelectual y artístico del hijo. Larga y paciente charla logró convencer al señor Santiago, tal era su apellido, a que costease, aunque fuera con mucho sacrificio el viaje a Europa y sus estudios. A Valenti, Blanca, su hermana, le había prometido –un tanto insegura- enviarle, por su parte, una pensión mensual, pese a la costumbre de su adinerado compañero de hogar, de autorizarla a pedir a crédito cualquier capricho de compra en los mejores almacenes y tiendas de moda, pues sabiéndola manirrota, le daba en efectivo únicamente para “sus dulces”. Esa posición de completa dependencia a su hermana humillaba la dignidad del joven artista, causándole mella y cierta inseguridad en el futuro. Alta cifra de cien dólares por persona era el precio del pasaje, cantidad difícil de reunir. Pero, la resolución estaba ya tomada...  Lo único pendiente, para Valenti, era despedirse de Inés Doninelli y declararle su amor nunca confesado y restringido a fuerza de voluntad, antagónico a su idea de entrega absoluta y única al arte.

Sorpresa intensa causó en la graciosa muchacha la inesperada confesión, que ni siguiera requería una respuesta de reciprocidad. Se dejó besar la mano en un romántico y emocionado adiós y lo vio partir plena de confusión. Moría también dentro de él ese reprimido y platónico amor.

Euforia pasajera

He ahí a los artistas inquietos en Puerto Barrios, embarcándose en el buque “Odembalt”[11], carguero con capacidad para doce o quince pasajeros únicamente. El grupo de amigos inseparables los había acompañado hasta allá, llevando guitarras y botellas, embargados de tristeza y alegría a la vez. Recomendaciones, cantos, abrazos y bromas, convencidos de que comenzaba a desintegrarse la peña de compañeros en la plástica guatemalteca, todavía en agraz. Era el 20 del bello mes de mayo de 1912 y los jóvenes emprendían esa maravillosa aventura apenas creíble en aquellos lejanos tiempos. El barco –lenta ballena fumante- costeó hasta Panamá y luego deslizándose sobre las agua del Caribe fue haciendo altos en las islas de San Thomas, Guadalupe, Trinidad, etcétera, hasta tomar el largo trecho entre verdes turquesas de días ondulantes y brisas caprichosas. Numerosas auroras y crepúsculos marcaban las jornadas de viaje, y paulatinamente Valenti sentíase convalecer estimulado por el ámbito marino, paliativo de abscónditos traumas y sufrimientos por la incomprensión  del medio, y en especial por el reciente pesar de la madre desaparecida; de conflictos sentimentales y situaciones familiares poco gratas dejados atrás. Absorto ante la inmensidad, aprendía gamas luminosas dentro del manso o encabrió lado azul desplegadas ante el mirar intenso de y captativo. Dibujaba bocetos de la propia nave, marineros, jarcias, chimeneas, y de las islas, alejándose en su dimensión visual. Fueron más de treinta días de travesía, plenos de impresiones nuevas y remozamiento, hasta su arribo por el canal de La Mancha al puerto de Le Havre, en Francia.

Ámbito artístico que encontraron a su llegada.

Los movimientos revolucionarios pictóricos que habían empezado a mediados del siglo XIX, ya se habían extendido por Europa, dándose a conocer por medio de exposiciones en galerías e intercambio de arte, especialmente francés, que Valenti conocía en parte dada su formación intelectual. Salones y galerías cautelosos a las innovaciones modernas eran visitados por los dos artistas en la Ciudad Luz. Entre éstas se encontraban también en Londres la Galería Tate, inaugurada 1897; su mecenas, Sir H. Tate, comerciante en azúcar, decidió un año más tarde anexarle ocho salones más y vestíbulos para escultura. En Alemania, la Kunstakademie. En París mismo el famoso Salón Charpentier, donde tanto estímulo dieron sus propietarios a Renoir, Degas, Sisley; la Galería Vollard, patrocinadora de Cézanne, Van Gogh, Matisse, Picasso y otros muchos, como Seurat, Monet (el iniciador del impresionismo), Gauguin y Toulouse-Lautrec. Además, su curiosidad se proyectaba al “Art Nouveau” de tendencia decorativa y ampulosa línea; surgido a principios del siglo XX les parecía bastante artificial, en variedad de colores, con un despliegue de sinuosos y abundantes dibujos. Empero, no llegó a saber que Holder (austriaco) y Kleint, eran ya representativos valiosos y que cuando este movimiento llegó a América hispana se le conoció como “modernismo”.

Se puede decir que de Francia irradió el movimiento impresionista, de los “fauves” y muchas de las tendencias innovadoras. Entre los “fauves” (fieras) coloristas feroces; nombre derivado de la expresión despectiva del crítico de arte Louis Vauxelles, descollaron pintores como Gauguin, Matisse, Vlaminck, Roault, Van Dongen, Marquet y otros, que pintaron cuadros en los cuales la superficie de colores puros choca brillantemente entre sí, sirviendo el blanco para impactar la composición.

Como se sabe, los primeros impresionistas con sus técnicas fecundas encontraron discípulos en diversos países de Europa: Lieberman, Slevogth y Vogel, en Alemania; Breitner, Gabriel y hermanos Maris, en los Paises Bajos; Steer y Sockert, en Gran Bretaña. Surgen otros movimientos como el expresionismo, cuyo germen nació en Alemania, cuando en 1905 se funda un grupo de artistas llamado “El Puente” (Brücke). Sus iniciadores fueron Kichner, Heckel y Schmit-Rotluff, a los que se unieron Pecjsterin y Otto Müeller. Todos eran jóvenes impetuosos, palpitantes, plenos de amor a la vida y querían empezar “desde el principio”, como quién dice “borrón y cuenta nueva” con la pintura, tomando la pauta de “el lema es la vuelta a lo primitivo” a lo elemental, a lo auténtico, y en esta forma fueron influidos por algunos elementos de la plástica negra y arte primitivo del Pacífico, lo que ya había sido descubierto por Gauguin. Nolde es uno de ellos y así escribe en sus memorias: “...queremos colores con su vida propia, que lloren y rían ensueño y dicha, ardientes y sagrados, como canciones amorosas y erotismo, como cánticos, magníficos corales”. Pero lo principal es la aspiración de expresar el sentimiento producido en el hombre, algo más allá de la línea y el color, sobre la sociedad circundante, y los problemas del ser. Ellos quieren unir el arte académico con una nueva creación de lo emotivo, que da por resultado el “expresionismo”. En tanto el entusiasmo causado por los anhelos y metas de los jóvenes pintores, a los que se les unen muchos más y en perfecta armonía trabajan con sentido colectivo hasta llegado el año 1910. Pero en 1907 o 1908 nacía en París el cubismo, hallazgo de Picasso enraizado en Cézanne, que secundado por Juan Gris (íntimo amigo), Braue, Léger y otros, fueron exploradores interesados. De tales movimientos, poco o nada se sabía en regiones centroamericanas, salvo la comunicación directa que tuviera Sabartés con Picasso –supónese- o por que, como expongo al principio, circulaban en Guatemala algunas revistas y publicaciones venidas del exterior, bastante retrasadas por las lentas vías de comunicación.  En 1909 el pintor italiano Marinetti había firmado en Le Figaro Litteraire, un manifiesto futurista, poético y a la vez rebelde y político,  en franca oposición a los valores establecido, apuntando a nuevas proclamas en el arte. “Los elementos esenciales de la poesía –dice- tienen que ser el valor, el reto y la rebelión”. “Queremos destruir los museos, las bibliotecas; pelear contra el moralismo, el feminismo y todos los oportunistas y utilitarias vilezas”, y sigue una serie de conceptos más, que dan origen al movimiento futurista, del cual fue gran admirador Giovanni Papini y a la vez propagandista al analizarlo en su revista “Bacerba”. En un artículo titulado “El día y la noche”, Papini compendia  “los remanentes del hombre primario original a cinco especimenes: el salvaje, el niño, el delincuente, el loco y el genio, como los únicos que aún conservan la verdadera percepción, la auténtica intuición y la originalidad, valores que el hombre tiene el deber de recuperar. El futurismo ha hecho reír a la gente, gritar y escupir. Veamos si les puede hacer pensar”.  

Antes de que Picasso descubriese el cubismo era catalogado como “expresionista”, movimiento al que está íntimamente ligado Valenti, según podemos confirmar en la mayor parte de sus últimos cuadros y apuntes. Dice el crítico Jean Laude en su libro sobre Picasso, que: “el expresionismo sustituye la búsqueda de la belleza por la de la verdad; es en este sentido como la deforma” . Precursores de tal movimiento expresionista fueron Van Gogh, Munich, Kokoska, etc. Tal sucedió con Valenti dos o tres años más tarde: a veces ridiculiza; otras da emotividad dramática o un halo, una expresión que caracteriza a la persona retratada; o el humor del propio artista cuando pintaba. Como él mismo escribió en una carta en 1911: [12]  “...al pintar se vuelca al lienzo la propia vida y sentimientos”. Habla del artista a través del color oscuro de sus sufrimientos; grises, sus dudas o temores; imparten luz en segundos de entusiasmo, según le dicte la atmósfera espiritual y la necesidad interna que le empuja a expresarse y que se tona en efecto psicológico producido en cierta vibración anímica receptiva al color y a determinadas formas; por que, aunque quisiera copiar con la exactitud del sujeto u objeto, no puede hacerlo con la exactitud de una cámara fotográfica; no puede sustraerse a involucrarlo en su estilo, expresión en la forma, como sus ojos le miran y su pincel lo plasma. Si observamos los paisajes de Carlos Valenti, comprobaremos que casi ninguno es abierto en horizontes ni en profundidad. En casi todos surge el obstáculo central de un árbol, un grupo de ellos, o la reja de troncos esbeltos a través de los cuales se divisa espacio, luz, o montaña; lo que nos hace pensar en los laberintos psíquicos del artista, ansioso de amplitud; de premuras refrenadas,  sea por el ambiente hostil circundante; por educación reprimida, o por un deseo subyacente de destruir en algún momento esas barreras que aprisionaban su alma fecunda, amante de libertades y de grandeza estética, que se estrellaba con un medio nefasto, receloso a mutaciones e incursiones novedosas.

Valenti, un visionario    

 Valenti era considerado “un visionario dentro de su fecunda condición de artista”, dedicado apasionadamente a su quehacer artístico; a plasmar en el lienzo lo que el ojo captaba, pleno de luminosidad algunas veces; vibrante de color otras, tonos suaves y grises; la mayor parte sombríos, oscuros, inquietantes. Al crear daba lo mejor de sí mismo: alma, poesía, todo su sentimiento, por que odiaba la mediocridad. Algunos de sus paisajes aún demuestran plenamente lo señalado, y a los setenta años de distancia, guardan todavía sus brillantes colores y belleza. Así me lo hizo notar Carlos Mérida, cuando un día de 1978 me mostraba algunos de ellos, conservados por él con devoción y que representan los Llanos de Gerona y el Potrero de Corona, pintados en los pocos años de su creación en Guatemala, comprendida entre 1908 y 1912.

“Tu tío –me dijo- no era hombre normal en el sentido de su genialidad. Nos dejaba a todos sorprendidos con sus teorías y observaciones, mientras pintábamos. Hablaba lo necesario y sin jactancia sobre sus conceptos estéticos y apreciaciones, que compartía con nosotros. Una demostración más de la gran generosidad que le caracterizaba en diferentes aspectos de la vida, y como era natural, le adornábamos y tomábamos sus palabras como savia nutricia, originadora de nuevas formas y rumbos a nuestras inquietudes”.

Carlos Valenti era auténtico en su pensamiento. Al decir de Carlos Rendón Barnoya –en uno de sus escritos- cuando algún amigo le llamaba la atención sobre los cánones del academismo pictórico prevaleciente, su respuesta era serena, pero justiciera para su labor: “No discutamos –decía- así lo siento yo y así lo pinto”. Como quien respondiera “¿De que valen las teorías si estoy creando una obra estética? ¿Cuál la necesidad de la palabra ante la realidad expresiva y la audacia de la innovación? Así como era de modesto, era orgulloso en otros aspectos: prefería el silencio que no da razones ni exige disculpas cuando alguna vez se hablara controversialmente de su persona e ideas.

La obra dejada en Guatemala –en la colección de las familias Garavito, Morales, Valenti, Doninelli y otras, evidencian su genio. Pinta lo que ve (cualquier cosa o persona que abarque su campo visual), observándolo desde su soledad angustiada. Se entusiasma por los colores lóbregos, azules, verdes, tierras tenebrosas en contraste con u cielo celeste, transparente, nublando, cremoso. Le agrada el azul; ultramar oscuro es el color del ensueño con que subraya sus personajes. Los reflejos de luz se fijan en su empasto borroso con colores de cal o ladrillo. Pareciera que en cada tela quisiera trascender al descubrir algo nuevo; algo de sí mismo; la conquista de un sueño, o el éxtasis de auto liberación. Lastima grande que lo realizado en el poco tiempo que estudió en París (aproximadamente cinco meses) y los bosquejos hechos durante la travesía marítima fuese recogido por las autoridades y luego entregado a un emisario de su padre. Carlos Valenti Sorié, que a la sazón se encontraba en Roma, desconociéndose el paradero de su obra, hasta la fecha. Por lo demás, continúa siendo la figura cumbre de principios de siglo en la plástica guatemalteca.

Pero, volvamos a nuestros viajeros...   

 Los dos artista pisaron tierra firme eufóricos, contentos de saberse ya en suelo francés, en la desembocadura del río Sena, no lejos de la Ciudad Luz. Valenti volvió a oír el suave idioma materno, escuchando desde siempre de sus labios, y nuevamente ducho en la lengua gala, que hablaba a la perfección, se constituyó en el amigo guía de Mérida. Se dirigieron a la estación a fin de adquirir boletos ferroviarios, y como no había trámites de migración,  ni aduanas, tomaron el tren ya dispuesto –entre resoplidos y campanazos- a conducirlos a lo largo de sesenta y tres kilómetros hacia París, llegando a la gran estación del Norte. Los dos provincianos transportados desde la minúscula república centroamericana “du Guatemala”, como dicen los franceses, apenas si llevaban en la mano una valija cada uno, aunque su equipaje de sueños era voluminoso. Una vez en la calle quedaron absortos, sorprendidos, aturdidos ante el París acariciado en conversaciones lejanas, que se les abría estupendo, soberbio, aplastante. Pensaron pronto en el amigo al que iban buscando, Ricardo Castillo, estudiante de música, con quien los unían lazos de amistad y ahora recomendaciones de los propios padres radicados en Xelajú. Con gran camaradería los recibió Ricardo, alojándolos temporalmente en pequeña buhardilla. Impacientes empezaron en su compañía a visitar aquel fantástico mundo. Conocieron, por medio de él, anfitrión ocasional, a jóvenes de ambos sexos, latinos y franceses, del medio inquieto del arte y al final de algunas jornadas encontraron lugar habitacional de la 32 Rue des Fossés, Saint Bernard, Paris [13], vecino al de otros estudiantes de pinturas, como el mexicano Roberto Montemayor y Tito Leguizamón, argentino; el primero habría de ser después uno de los grandes de su país; así como muchos chilenos, argentinos y de otros países latinoamericanos.

Esa vivienda-estudio constaba de una amplia habitación dividida en la parte alta, por lo que hoy se llama “mezanine”. Valenti habitaba el cubículo bajo donde se encontraba el lecho, y Mérida se instaló en la parte superior. Los cincuenta dólares mensuales enviados a cada uno de ellos por las respectivas familias, les alcanzaban para compartir gastos de renta y lo esencial de su sencillo transcurrir. Escribe Carlos a Agustín Iriarte, que se hallaba en Italia, la siguiente carta:

París 20 de Junio de 1912.

Sr. Dn. Agustín Iriarte.  Roma, Italia.

Estimado amigo:

Por fin ya puedo decirte que me encuentro en París habiendo llegado a esta el 15 del presente mes, en compañía de mi amigo Carlos Mérida, también estudiante de pintura, compatriota nuestro.

Por encargo de tu apreciable hermano Pancho, te remito las presentes cartas y fotografías. Por tu casa todos están perfectamente de salud; tuve el gusto de verlos la víspera de mi salida de Guatemala y puedes estar tranquilo por lo que a ellos toca.

No se si te gustaría venir a París, pues aquí se puede encontrar un campo más grande de estudio y conocimientos.

Así, pues, te convendría mucho venir y para mí sería muy grato el que nos viéramos después de tanto tiempo de separación.

Debes de tratar de conseguir de pensión unos 350 francos, pues así se hace mucho más, contando también con que yo creo que es más cara la vida en Roma.

Te recomiendo no digas a mi papá que me encuentro aquí porque ya le escribiré, pero cuando hayan pasado algunos meses, porque quiero que me encuentre entregado a mis estudios.

No puedo extenderme como yo lo desearía por estar bastante ocupado en arreglarme, etcétera.

Espero me contestes. Mi dirección es 32 Rue des Fossés-Saint Bernard. Paris.

Recibe un abrazo de Carlos Mauricio.

En esta misiva se comprueba la renuencia de hacer partícipe a su padre de la determinación tomada de viajar al Viejo Continente para proseguir estudios de pintura. Con discreción propia de su carácter y maneras, quería comunicarle de su estadía en París, cuando decididamente hubiese alcanzado algún logro.

Era la época de Clemanceau, presidente del Consejo, que en esos momentos fundaba en París el Diario Le Suffrage Universel. Se daban como acontecimientos importantes las dificultades de Marrakech y la evacuación de las tropas francesas. Aumentaba la agitación en Mogador. Valenti leía y oía noticias y se involucraba en el nuevo medio, pleno de su libertad y atmósfera bohemia. Viva impresión le causó su primera visita a Montmartre y conocer los sitios de reunión, o residencias de los que, como Renoir, Utrillo, Toulouse-Lautrec, Dégas y otros, habían sido los primeros en descubrir tan bello lugar. A veces les veía desplazarse modestos y entrados en años, admirándolos de lejos respetuosamente, como a pintores ya logrados.

Fecundas experiencias

Los amigos le orientaron en cuanto a la escuela a la cual ellos asistían, dirigida por Cornelius Van Dongen, que se había alineado con los fauvistas de principios de siglo, siguiendo la línea expresionista, que hasta el año de 1920 habría de llegar a la fama, dentro de su propio estilo: cierto patrón de figuras alargadas. Dongen entonces hacía partícipes a sus alumnos de la libertad cromática y expresiva y continuaba nuevos experimentos en el desenvolvimiento artístico. En ese tiempo, Valenti conoció a Braque, a Juan Gris, Léger, Matisse, Diego Rivera y al italiano Modigliani, dedicado más que todo a la escultura; así como a Piet Mondrian –holandés- fundador del movimiento estético y de la revista De Styl.

En 1910, entre la infinidad de buscas, surge Vasily Kandinsky con sus cuadros de lo abstracto, en franco antagonismo con las ideas de Gustavo Voubert, y expone “La representación gráfica es un estado de animo y No la representación de objetos”. Prevalecía también el simbolismo, cuyos representantes eran Gauguin, ante todo, Pubis de Chavanne, Bernar, Gustave Moreau, hablándose asimismo de la tendencia onírica. En es misma época, Kandinsky termina De lo espiritual en el arte, una serie de notas a lo largo de diez años, publicadas en 1912 y que produce un impacto de gran efecto en el medio artístico. Ya entonces en Alemania se había formado el grupo El Caballero Azul, vanguardia en el arte, y al cual pertenecía Kandinsky. En la primera exposición de este grupo ya presenta dos cuadros abstractos, entre los exhibidos por Derain, Le Fresnije, Paul Klee, Braque, Picasso.

Valenti tuvo oportunidad de leer esas teorías y observancias poéticas sobre la pintura, estando de acuerdo con la mayor parte de ellas y pareciéndole original la similitud que el autor encontraba entre el color y la música; ideas que el compositor Shoenberg aplica a una composición musical que tituló Sonido Amarillo (así lo comenta en carta a su hermano Emilio). Se recordará que el propio Valenti había estudiado piano en su infancia, siendo alumno brillante; lo cual le sirvió en este caso para aprehender con mayor interés las especulaciones de Shoenberg.

Invadido por oleadas innovadoras palpables, Valenti encauzó su apasionado ritmo ante el caballete, y muy pronto se acopló –adaptabilidad propia de la juventud- al frenético ambiente artístico, pleno de conceptos antitéticos que representaban variedad de corrientes en las que trataban de unirse algunos artistas a fin de hallar un arte relativo a las inquietudes de su tiempo. Se sentía identificado con el ambiente conocido desde su infancia por las narraciones añorantes de su madre, y le parecía que su presencia le acompañaba por doquier.

Una carta de Sabartés le presentó a Picasso, que se hallaba instalado en el Bateau-Savoir, Rue Ravignan, en una casucha bastante destartalada, donde docenas de lienzos colocados por todos lados, daban fe de la incansable busca pictórica de aquel bohemio; pero conociendo Valenti, él mismo, de esa pasión, no lo sorprendió tanto afán. Mérida recuerda, a propósito, que hablaron largamente sobre el amigo Sabartés, y Picasso mostró curiosidad por saber algo relativo al medio guatemalteco y de los grupos étnicos. No se sabe si la amistad continuó, aunque el grupo de maestros y alumnos se reunía casi diariamente en el Bar Boulier, en el cual la tertulia se prolongaba hasta avanzadas horas de la noche. Allí llegaba también Piet Mondrian, acerca del cual algo se ha dicho.

En misiva de Valenti a Blanca, su hermana, le habla también de su “impasse” al verse frente al Museo de Louvre, antigua residencia de los reyes de Francia, donde le dice, pasa algunas veces cierto tiempo visitando sus interminables salas de amplios ambientes, cargadas de obra de arte pictórico y escultórico, recolectadas en todo el mundo. Manifiesta en dicha carta sentir nuevas molestias visuales, por lo que temía un renovado ataque diabético, obligándole a consultar a especialista francés, recomendado por uno de los amigos. Con su acostumbrada reserva no habló de su cita médica a los compañeros y a costa del sacrificio de su escasa asignación, acudió al facultativo. Infortunadamente se desconocían entonces las bondades de la insulina obtenida hasta en 1922 por los doctores Banting y Best, y su médico no pudo recetarle más que descanso absoluto y abandono inmediato de la pintura a fin de evitar el más mínimo esfuerzo visual. 

Prematuro ocaso de una vida que pudo haber sido genial

Los amigos observaron que pasados los primeros meses de entusiasmo, Valenti empezaba a decaer físicamente, a  apagarse y enflaquecer. Mérida, en especial, tan dado a ala diversión propia de los bohemios de esa época, comprobó en el colega clara indiferencia a la fiesta; estados emocionales de irritabilidad y depresión. Sus trabajos ante el caballete despedían a veces tonalidades sucias, resultado de retinas dañadas, que actualmente se diagnostican como trastornos del sistema vegetativo y funcional. Mas, a principios de siglo ¿qué podría hacer Mérida, tan joven y poco sagaz al hacer algunas tímidas observaciones sobre su estado de nerviosismo?, que sabría del infierno de dolor y abatimiento por el que pasaba su amigo?[14]  Este sólo respondía: “Me siento defraudado en mis propósitos; frustra el hecho de comprobar día a día la disminución de mi campo visual...”. En otros desahogos expresaba: “Cuando veo retrospectivamente me convenzo de haber perdido el tiempo; de no haber llegado a realizarme en todo lo que podía dar a causa de mi precaria salud, la ingrata diabetes que no me abandona; del medio árido de nuestra patria y de mis sentimientos de hijo apegado a su madre...” –“Pero acá puedes consultar a los mejores oculistas”- respondía Mérida, en aparente olvido de sus escasas posibilidades económicas.

¿Qué estaba sucediendo en su delicado espíritu, cuya capacidad emotiva ninguno conoció a fondo?. Sólo él lo sabía. Sin embargo sus compañeros comprobaban su quebrantamiento, pues empezó a bajar de tono en el trabajo; no quería ya asistir al estudio ni a las tertulias; ensimismamientos y silencios se prolongaban. A veces le animaban a retornar a su inquietud artística, como ellos continuaban haciéndolo; pero su espíritu no reaccionaba, parecía aniquilado, pues sólo él sabía del tempestuoso y avasallador impulso que trizaría el más elemental instinto de conservación, obsesionado por el diagnóstico del oculista, que requerido en segunda consulta por él mismo a darle franca opinión sobre su mal, había pronosticado ceguera absoluta, si no dejaba de forzar la vista, cuando menos durante dieciocho meses.

Mérida nada supo al respecto por la conocida introversión de Valenti, pero me cuanta: “Esa mañana estábamos trabajando en la escuela todos reunidos, cuando me percaté de su ausencia al no verle frente a su caballete, ante el cual se había sentado una hora antes. No obstante, seguí pintando, sin recelo, por que había amanecido aparentemente tranquilo. Mas, sucede que yo desde joven tengo presentimientos: me ocurre muy a menudo sentir reacciones extrañas en el plexo solar cuando algo va a sobrevenir, e impulsado por estos fenómenos, salí de clase y rápidamente me dirigí a casa. Llegué y tembloroso abrí la puerta, dándome cuenta de que la cortina de su cubículo estaba corrida. Su sombrero sobre el caballete, como solía dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Se acentuó mi duda, ansia e incertidumbre, y me acerqué a indagar y a abrir la cortina esperanzado de poder aliviarlo en alguna súbita enfermedad, pero desgraciadamente ¡había llegado demasiado tarde! Horrorizado comprobé al verle tendido en la cama con un revólver en la mano, que se había disparado al corazón. ¿Cuándo adquirió el arma? No puedo imaginarlo, pues nunca vi semejante adminículo en su poder. Presumo salió a comprarla esa misma mañana al dejar el estudio. Estaba inmóvil y una serena expresión invadía ahora su hermoso rostro. Cuando llegaron las autoridades y amigos, verificaron su muerte causada por dos disparos en el pecho...”. “Puedes imaginarte la congoja –continúa- avisé desesperado a Roberto Montenegro y Tito Leguizamón, que a su vez llamaron a otros amigos [15] y nos ocupamos de enterrarlo previo permiso de la autoridad. Esta tomó posesión del estudio; de los contratos de la casa firmados por él, de manera que el estado cerró el taller y a mí me pusieron preso dos o tres días , hasta comprobar mi inocencia. Una tragedia horrible como para que yo hubiese tomado el mismo camino” –prosigue Mérida, quien reconoce a Valenti una superioridad tan elevada sobre sus compañeros, que sólo la hace comparable a los grandes- Le enterramos en el cementerio de Montparnasse una lluviosa y fría mañana del día 2 ó 3 de noviembre de 1912. Íbamos adelante del carro fúnebre cuatro o cinco amigos, hasta dejarlo en una tumba que no volví a visitar. Desde nuestro arribo a la soñada urbe habría transcurrido tan sólo cinco meses”.

Hasta aquí su relato sobre aquel tempestuoso y trágico fin.

Así terminó la vida de Carlos Mauricio Valenti, otro artista atormentado, cuyo genio desbordó los límites impuestos por la naturaleza debilitada desde la infancia por la enfermedad. Sucumbió ante la evidencia del fracaso al no haber tenido tiempo para encontrar su propio camino. Su punzante inquietud se resistió a la actividad; a frenar el trabajo creativo; a negarle a sus ojos ávidos de luz el despliegue del arco iris en busca de soluciones al problema tridimensional de espacio, tiempo y corporeidad. Se rindió al golpe asestado a la urgencia apasionada de cabalgar en el Pegaso de su genialidad, que interponiéndose en su carrera hacia el triunfo, le dejó inmerso en el sueño de la eternidad...       

Notas:


 


[1] El general José María Reyna Barrios, que en el gobierno de su tío, el general Justo Rufino Barrios, tuvo oportunidad de viajar a Europa y los Estados Unidos. Hombre de sensibilidad, buen gusto y ciertas inquietudes intelectuales, inicia un período de intenso intercambio con el mundo, con motivo de la Exposición Centroamericana. Hace de la Avenida La Reforma, entonces Boulevard “30 de Junio”, una modesta réplica de Champs Elisées, remodela el Teatro Colón y promueve la afluencia de compañías operáticas italianas; de teatro y zarzuela; contrata pintores, escultores, y arquitectos; recibe bien a los poetas que se acercan a su círculo; patrocina publicaciones de diversa índole.

 

[2] Todavía hoy (1980) existen algunos de esos sillones de la ex-barbería Valenti en una peluquería situada en la 5ª Calle y 3ª Avenida de la zona 1. Por cierto, parece que son de fabricación norteamericana; hechos, según consta en los mismos, en 1878. Fueron seis los importados, así como los grandes tremoles, de los cuales luce uno en la casa de la familia Bran Azmitia, pues D. Juan Francisco Bran –padre de Rigoberto de los mismos apellidos-, que a la vez era hijo de D. Gregorio Bran, propietario del entonces llamado “Potrero de los baños de los padres”, fue émulo de Carlos Valenti Sorié, y aprendió a barbero-peluquero desde los dieciocho años en aquel centro de estética masculina.

 

[3] Aún existe la casa de altos donde funcionó este colegio, situado en la 10ª Calle y 12 Avenida, esquina frente a la basílica de Santo Domingo.

[4] Famoso pianista y compositor –1873 a 1921-, nacido en la ciudad de Totonicapán. Uno de los mejores alumnos del Conservatorio Nacional de Música; enviado en goce de una beca otorgada por el gobierno del general José María Reyna Barrios a Italia, donde fue alumno de los maestros Nicola D’Arienzo y de Beniamino Cesi. Después de ocho años de arduos estudios y riguroso examen, obtuvo el título de pianista del Conservatorio de Nápoles. Director del Conservatorio Nacional de cual fue alumno. Actuó como solista en el Teatro Colón, en Estados Unidos y en Europa.

   

[5] Santiago González, escultor venezolano. Llegó a Guatemala, según algunas personas, a fines del siglo pasado. Alumno de Rodin. Conoció a D. Antonio Doninelli cuando éste –muy joven, acompaño a su padre a la ciudad de París, provenientes de Milán. Especialista en fundición escultórica, este último, es llamado por Rodin. Desde entonces nace la amistad entre D. Santiago y el joven Doninelli. Cuando González llega a Guatemala, Doninelli estaba instalado y le invita como huésped a su casa. A solicitud de González le cede una habitación dentro del propio taller de escultura, donde vivió durante algunos años hasta que se le declaró la tuberculosis pulmonar y se separó de la casa alrededor de 1908. En el ínterin imparte clases en su propia Escuela de Bellas Artes y poco tiempo después falleció –3 de octubre de 1909- y es inhumado en el panteón de los Doninelli. Tengo a la vista el certificado de defunción de este artista. Es interesante recordar que entre las maquetas y moldes que existían en el taller Doninelli había un Rosetón –motivo decorativo- del Arco del Triunfo de París, que a la muerte de Antonio Doninelli fue solicitado por Rafael Yela Günther a la viuda, y ésta gustosamente se lo obsequió.  

[6] Originario de la Ciudad Condal. Bautizado en la catedral de dicha ciudad (Barcelona) con los nombres de Jaime Ernesto Luis, el 16 de junio de 1880. Hijo legítimo de C. Francisco Sabartés, maestro de primera enseñanza, natural de Oliana, y de doña María Gual, originaria de la capital de Cataluña. En Guatemala casó con doña Rosa Robles Corzo en enero de 1908. (Datos obtenidos por gentileza de Edgar Aparicio y Aparicio, Marqués de Vistabella).

 

[7] Datos enviados gentilmente por el señor Cónsul General de Guatemala en Barcelona D. Francisco Soriano Delgado.

[8] Datos proporcionados por D. Joaquín Robles Klee, que en 1935 viajó a París y visito a Sabartés, pues era sobrino de doña Rosita y don Jaime le veía con simpatía.

 

[9] Este sofá de medallones era parte de los muebles traídos por doña Helena de Valenti desde Francia; aún se encuentran muy bien conservado en el seno de la familia Llarena Doninelli, así como dos sillones de medallón.

[10] El matrimonio Gerlach-Valenti se efectuó dos años más tarde en 1914, cuando iba a nacer el hijo primogénito Federico, que falleció en Caracas, Venezuela en 1968.

[11] “Odembalt” después de la primer guerra mundial fue entregado a los ingleses como compensación de gastos. Comprado más tarde por la HAPAG (Hamburg American Line), estuvo en servicio hasta 1936.

 

[12] En esta misma carta le afirma su devoción al arte, cuando le dice así mismo: “!Ah, que felicidad para un mortal ser artista¡ ¡Ah, Yo no se qué daría por serlo¡ Daría todo, todo. Bienaventurado sean los que tienen fe, porque sólo ellos conocen la verdadera felicidad”. Y mas adelante, refiriéndose a su madre exclama: “...se encuentra grave, me siento muy solo, no sé como. Sólo Dios puede juzgarme, vivo como un mueble, animalmente, por el dolor creo que el espíritu se ha evaporado de mi cuerpo, que no tengo alma, soy un mísero animal viviente...”.

[13] Durante mi estadía en París (1979) busqué en unión de Jorge Arturo Taracena A. Amigo que conoce perfectamente la ciudad, el número 32 de la Rue de Fossés, Saint Bernard, y aunque el edificio existe todavía, reconstruido después de la primera Guerra Mundial, el portero no podía ser el mismo el mismo para informarnos naturalmente.

 

[14] En carta de doña Blanca Valenti v. de Gerlach, escrita a la autora desde caracas en 1969, recuerda que a los tres meses de estar su hermano Carlos en París le escribió angustiado que por falta de visibilidad ocasionalmente se perdía en las calles cuando salía solo, por lo cual debía de recurrir a algún transeúnte amable, o policia, en busca de orientación, o salir salir siempre acompañado de sus condiscípulos.

[15] El artista Rafael Rodríguez Padilla relató a su hijo Jacobo, también artista, que hallándose en un café cercano, en compañía del maestro Ricardo Castillo, aquella mañana de noviembre, pasó Carlos Mérida corriendo y agitado, con voz quebrada por el llanto y los sollozos les dijo: “Valenti se ha matado” Patético anuncio que circuló muy pronto entre compañeros de estudio y amigos.

Origen Documento:

Valenti, Walda. “Carlos Valenti: aproximación a una Biografía”. Serviprensa Centroamericana, 1983.

 

 

 

carlos valenti

G u i l l e r m o M o n s a n t o


Realizar una cronología de hechos importantes relacionados a la evolución artística de Carlos Valenti equivaldría a escribir una historia del arte fidedigna del período. Esta, terminado el siglo veinte, no existe debido a una consecución de hechos que han mutilado y, por lo mismo, distorsionado de distintas maneras las memorias y obras de los creadores guatemaltecos de todos los tiempos.

Carlos Valenti ha sobrevivido en la memoria de los artistas del presente, más que como pionero, como mito. Lo mismo sucedió con la actividad cultural de su tiempo y el lapso más intenso en torno a su producción y aportes a la pintura contemporánea de Guatemala. Por lo tanto, datar eficientemente su trabajo y relacionarlo con el de los artistas que compartieron con él los primeros doce años del siglo recién pasado, es todavía un sueño utópico. Los contados documentos que hacen referencia a su paso por las artes de Guatemala, más que analizar sus logros, idealizan su figura. Vitalizan por un lado y crean la leyenda por el otro. Los que han logrado especular son los que han conseguido crear una expectativa para que otros investigadores posean un punto de partida, aún así, esos otros no han llegado.

Los museos nacionales son parodias ilustrativas de la realidad en que vive la historia de las artes guatemaltecas. En contados casos poseen obras, sin el respaldo de investigaciones analíticas, cuyo principal papel es el de decorar las paredes de las instituciones que a su vez tratan de garantizar su frágil supervivencia. Actitud correspondiente a la poca generosidad de los gobiernos de diferentes ideologías que jamás entendieron la proyección que éstos guardan en la educación del pueblo.

Antecedentes

Carlos Valenti (1888-1912) nació y murió en París. Llegó a Guatemala en 1891 por lo que su infancia se desarrolló durante los cambios culturales y período de influencia del gobierno de José María Reyna Barrios y más de la mitad de la dictadura del de Manuel Estrada Cabrera.

Valenti tenía diez años cuando el ideal del pequeño París finalizó abruptamente, en su apogeo. En ese lapso 1892/1898 Reyna Barrios hizo venir a Guatemala artistas, arquitectos, constructores... principalmente de Europa, con quienes planificó y realizó mucha obra de la cual muy poca logró sobrevivir por la poca visión de rescate arraigada en la cultura de este país. Éste debe ser considerado un antecedente de primer orden en la vida del artista.

Expresiones relacionadas con la música, letras, arquitectura, pintura y escultura fueron impulsadas desde los primeros momentos del mandato presidencial que dio inicio el 15 de marzo de 1892. Ya en ese año se inauguraron y plantearon obras de relevancia como el fastuoso mausoleo de Justo Rufino Barrios que se encuentra en el Cementerio General. Este conjunto fue contratado por la viuda de Barrios en Nueva York con los diseñadores D.S. Hess y Co. y construido, como muchas obras del período, en Italia, en este caso por Luis Carrier.

José María Reyna Barrios creó por Acuerdo Gubernativo, el primero de julio de ese año, un jardín público en las afueras de la ciudad conocido como Bulevar 30 de Junio, hoy Avenida de La Reforma. Alrededor de este parque se colocaron distintas obras compradas en el extranjero y de las cuales algunas como los toros, el león, el venado y la pantera todavía están en la locación inicial. Esta avenida fue diseñada por el contratista Francisco Durini con las características que un proyecto de esta clase requería. Lamentablemente fueron violentadas consecutivamente por gobiernos posteriores debido al desorden y pobre planificación con la que fue creciendo la Ciudad de Guatemala.

El parque se fue beneficiando en este lapso por la adhesión de monumentos diversos entre los que hay que contar como fronteras el Palacio de Mármol en el extremo sur (a la altura de lo que hoy es el Obelisco) y el monumento a Miguel García Granados en el extremo norte. El primero quedó destruido en 1917 y 18 por los llamados terremotos de Navidad, y el segundo se está desmoronando en la actualidad por la falta de mantenimiento.

Sin contar la infinidad de aportes relacionados con la decoración de edificios, trabajos para particulares, contrataciones de piezas especiales para mausoleos y jardines públicos, concursos nacionales relacionados con música, letras, plástica, arquitectura y otros, hay que mencionar que el 30 de junio de 1896 se inauguró una de las obras más importantes escultóricas públicas contratadas por Reyna Barrios: el monumento a Cristóbal Colón en el Parque Centenario, hoy en la Avenida de las Américas, que fue fundido en Europa de un diseño de Tomas Mur.

Tomas Mur fue una de las figuras relevantes que trabajaron bajo las órdenes del presidente. Creó además el monumento a Fray Bartolomé de las Casas hoy frente a la iglesia de Santo Domingo en la Zona 1, el Cristóbal Colón que está en el parque Colón (único sobreviviente en el área de lo que fue el teatro Colón demolido en los años veinte), esculturas funerarias y obra dispersa de pintura.

Otra de las piezas de impacto del período es la estatua ecuestre de Justo Rufino Barrios que estuvo emplazada originalmente frente al Palacio de Mármol. Esta arribó a Guatemala en enero de 1897 y la historiadora Josefina Alonso de Rodríguez le dedicó un libro debido a las características técnicas que la escultura posee.

Regresando unos meses hay que destacar la presencia en la Academia de Bellas Artes fundada el 15 de septiembre de 1892 por el presidente del artista español Justo de Gandarias. Este escultor fue contratado para dirigir el establecimiento tomando posesión del puesto el 6 de noviembre de 1896. En España dejó obra documentada de relevancia en edificios como el Palacio de la Moncloa, El teatro Real, plazas públicas, museos e Iglesias, sin contar su participación en exposiciones internacionales como las secuelas de la Gran Exposición de París.

De Gandarias fue quien organizó la Gran Exposición Centroamericana, la cual se inauguró en marzo de 1897 en el área en donde hoy se encuentra la estatua ecuestre de Reyna Barrios y el edificio que alberga al Ministerio de Educación en la Avenida de la Reforma.


José María Reyna Barrios fue asesinado el 8 de febrero de 1898. Con él murió su ideal del pequeño París y se disgregaron muchos de los artistas que trabajaron con él en la remodelación de Guatemala. Aunque los historiadores de arte suelen ignorar este período por considerarlo idealista, muchas de las bases de lo que se gestó artísticamente en el siglo XX surgieron por las inquietudes de este presidente y su equipo cultural.

Fue en esa época, el gobierno de Reyna Barrios, que el padre de Valenti se instaló en Guatemala y que el destino juntó a artistas como Baldomero Yela (padre de Rafael Yela Günther), el venezolano Santiago González (maestro de Valenti y su grupo), Andrés Galeotti (padre de Rodolfo Galeotti Torres) y otros cuyos nombres se pierden en el olvido. Ambiente en el que Carlos Valenti creció y se nutrió efectivamente.

No pareciera que entre el nuevo período la dictadura de los 22 años y el de Reyna Barrios existieran diferencias palpables respecto al apoyo brindado a las artes. Sin embargo, estructuralmente, fueron muy diferentes en cuanto a los fines políticos que llevaron a Estrada Cabrera para autonombrarse protector de las artes.

El cambio en las políticas culturales del Estado coincidió con la pubertad del artista y la relación de éste con otros jóvenes igualmente iniciados en la plástica en el calor del hogar. Carlos Valenti, Agustín Iriarte (1876-1962), Rafael Yela Günther (1888-942), Rafael Rodríguez Padilla (1890-929) y finalmente, Carlos Mérida (1891-1984) estructuraron un bloque determinante de creadores guatemaltecos fermentados en el ambiente artístico en el que crecieron.

Etapa de formación

El maestro que logró agrupar bajo su custodia a varios de los artistas jóvenes más significativos del período fue el escultor Santiago González. Este autor había realizado para Estrada Cabrera, en 1901, el relieve de exaltación a la diosa Minerva en el tímpano del monumento dedicado al mitológico personaje. Este trabajo fue dinamitado, junto con el templo, durante la gestión presidencial de Jacobo Arbenz, por lo que se perdió irreparablemente uno de los mejores trabajos ejecutados por dicho artista en el país.

Los documentos guatemaltecos que se refieren a González son ambiguos y escasos. Se le relaciona como discípulo de Rodin. Se sabe que vivió en París y otras ciudades de Europa en donde realizó algunas obras y de donde emigró a Guatemala para trabajar en el proyecto de decoración de la casa presidencial de José María Reyna Barrios. También se le relaciona con el constructor Antonio Doninelli con quien realizó varias obras en diversos espacios. Entre ellas el Busto de José Batres Montúfar que se destruyó en los terremotos de Navidad y que estuvo originalmente frente al Teatro Colón.

En la actualidad se exhibe, frente al Conservatorio de Música en la Zona 1, la reposición del busto que fue fundido de nuevo por Doninelli. González murió el 3 de septiembre de 1909.

Otra influencia fuerte a partir de 1904, fue la del catalán Jaime Sabartés (1881-1968), quien vino a Guatemala rondando los 23 años, en un momento en que en Europa se estaban suscitando muchos cambios en lo referente a las artes. Para la fecha en que arribó Sabartés, González ya contaba con un grupo de artistas jóvenes que se reunían en un local del claustro de la Iglesia de San Francisco de la ciudad de Guatemala, también destruido en la década del 80.

Agustín Iriarte había estudiado en la Academia de Bellas Artes bajo la dirección de Justo de Gandarias. De todos los artistas era el mayor, seguido por Carlos Valenti que hacia 1904 contaba con unos 16 años. Ambos guardaron, en relación a sus compañeros, un liderazgo manifiesto en cuanto a la edad y a lo que produjeron.


Otras influencias

En los primeros años del siglo XX se realizaron obras de mejoramiento en el Teatro Colón, entre las que se contrataron un relieve de grandes dimensiones para el friso de la entrada principal. En este caso el autor podría haber sido Justo de Gandarias, de quien algunos diccionarios de arte indican, que realizó en este país una obra importante que jamás se le pagó.

También fue muy difundida la construcción del Mapa en Relieve, junto al Monumento a Minerva, diseñado y acabado por el ingeniero Francisco Vela y cuyos aspectos artísticos fueron supervisados por el pintor Ismael Penedo.

Hay que anotar además la presencia, desde 1905, del escultor e ingeniero argentino Augusto La Fontaine (1872-1920) quien se convirtió en el artista oficial del régimen cabrerista. Este realizó múltiples obras en parques, la Avenida de la Reforma y en la actualidad su único monumento localizado es el Monumento del Ejército frente al Cine Teatro Reforma. La Fontaine murió en la revolución de 1920 cuando estaba reconstruyendo el también incomprensiblemente demolido Teatro Colón.

La idea de reunir la obra de Valenti, junto a datos dispersos de las artes nacionales, servirá para obtener nuevas apreciaciones en torno a su trabajo. Este rescate no solo tendrá un objetivo documental histórico sino que propiciará, además, un punto de partida para entender la evolución de la plástica guatemalteca del siglo XX.

Carlos Valenti fue un pionero cuyas ideas se materializaron, después de su muerte, en los múltiples logros alcanzados por su generación. La reunión de esta importante colección puede motivar a otros guatemaltecos a buscar entre las cosas de sus abuelos obras, que por haber permanecido desvanecidas en el olvido, puedan optar a reaparecer por la importancia que como valor cultural poseen.


Referencias bibliográficas:

Monsanto, Guillermo, "Datos dispersos de la plástica guatemalteca. 1892-1999". Guatemala, obra inédita.

Origen Documento:

Catálogo “Carlos Valenti: obra y vida”. Ediciones Don Quijote, julio 2000.
 

 

 

CARLOS MÉRIDA

Born in Guatemala, 1891, Mérida met in 1908 the artist Carlos Valenti. He travelled with Valenti to Europe at age seventeen. Studied with Van Dongen and Anglada Camarasa; met Picasso, Modigliani and others of Paris school. Visited Belgium, Holland and Spain. Returned to Guatemala City, 1914, where he initiated, with sculptor Yela Gunther, pro Indian movement in attempt to find an authentic "American Art". He moved to Mexico in 1919, and in 1920 his Guatemalan paintings were exhibited at Academia de Bellas Artes. In 1922 assisted Diego Rivera on first mural to Escuela Nacional Preparatoria; joined Sindicato de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores de México. From 1925 contributed to Frances Toor's review Mexican Folkways, which helped spread interest in Mexican popular art. First exhibition in New York in 1926. He went to Europe in 1927 and met Klee and Miró; published coloured lithographs Images of Guatemala with introduction by Andrés Salmon. Returned to Mexico in 1929, Mérida became more abstract under influence of Surrealism. Friend of Breton and European Surrealists in New York. After 1950 he turned to architectural art, relief murals for Presidente Juárez housing estate. Last mosaic mural in Mexico City completed in 1984.

 

 

 

 

 

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