La vida es
mágica
Laidi Fernández de Juan
La vida está llena
de magia,
de sucesos
inexplicables,
sobre todo si
es vista a través de
los ojos de
un niño.
Anna Lidia Vega Serova (Leningrado,1968) es una de nuestras
más prolijas escritoras. Con su primer libro de cuentos,
Bad painting, obtuvo en 1997 el Premio David. Dos años más
tarde aparece por Letras Cubanas su Catálogo de mascotas.
En el 2000, gracias a Ediciones Unión, pudimos disfrutar de su
tercer volumen de narraciones, Limpiando ventanas y espejos,
y gana el Premio Dador por el proyecto de su cuarto libro,
Imperio doméstico, que ya íntegramente quedara finalista y
obtuviera Mención en el Concurso de cuentos Alejo Carpentier
de 2003. Su primera novela, Noche de ronda, fue
publicada en Islas Canarias y también en Cuba, y ha sido
reseñada en revistas nacionales. Asimismo, varios de sus
cuentos aparecen en numerosas antologías cubanas y de otros
países (Alemania, Argentina, Francia, España, Noruega). Sin
abandonar su condición de narradora infatigable, Anna Lidia
incursiona en la pintura, en la poesía, y tiene a su cargo
actividades literarias en Alamar, espacio vital donde sortea
la cotidianidad junto a la presencia entrañable de su hijo
Cristian.
—Anna,
sabemos que siempre es difícil plantearse la preferencia de una
manifestación artística en detrimento de cualquier otra, pero en
tu caso se impone la pregunta ¿te consideras una pintora, una
narradora o una poeta?
—Comencé
estudiando Artes Plásticas y, aunque escribía cosas que no le
enseñaba a nadie, ni imaginar podía que sería autora con obra
publicada, lectores y demás. Luego, cuando esto fue un hecho,
he seguido pintando, pero me he asumido como escritora. Y la
poesía, siempre está ahí, en los reversos de las cuentas de luz
y agua, en las servilletas de los Rápidos, en hojas
cuadriculadas de libretas, no sé qué hacer con tanta poesía. He
publicado solo un libro, en Vigía, Retazos (de las hormigas)
para los malos tiempos y no sé si lo volveré a hacer, es
desnudarse demasiado.
—Quisiera
saber con cuál de los dos géneros, cuento o novela, te sientes
más segura, más cómoda.
—Lo he
intentado un par de veces más con la novela y no he quedado del
todo complacida. La primera fue un acierto, pero no estoy segura
de poder repetirlo. Sin embargo los cuentos fluyen de forma
natural. Todos los días, o casi, se me ocurre una nueva historia
breve. A veces no me alcanza el tiempo para escribirlas,
entonces anoto las ideas. Algún día publicaré un libro
únicamente de ideas para cuentos.
—Uno de
los aspectos que más llama la atención en tu obra es la
magistralidad que logras con el empleo de la fantasía, sin dejar
en un segundo plano la inmediata realidad. ¿Qué predomina en tu
quehacer literario: la imaginación o la terrenalidad?
—La vida
está llena de magia, de sucesos inexplicables, sobre todo si es
vista a través de los ojos de un niño. Me encantan los
personajes infantiles o adultos medio chiflados totalmente
ingenuos para describir la realidad más atroz. Ese punto de
vista da muchas posibilidades para la imaginación. No me lo
propongo concientemente a la hora de comenzar un cuento, pero a
menudo uso ese recurso. Podría ser un mecanismo de defensa al
tratar temas violentos, como son muchas veces los míos, o una
especie de neurosis.
—En uno
de tus libros llamaste a Cristian duende gentil. Me gustaría
saber si nunca sientes curiosidad por lo que pensará el día que
pueda realmente comprender la lectura de tus textos. ¿Es algo
que te preocupe?
—Cristian
es la alegría más grande de mi vida, por momentos la única, es
realmente un enorme estímulo para crear y espero que en el
futuro, cuando conozca y comprenda mi literatura, lo siga
siendo. No me he detenido a pensarlo como juez, espero que lo
sea también y que sea sincero. Aunque creo que me destrozaría el
corazón si no le gustara nada lo que hago, sobre todo porque lo
hago principalmente por él y para él.