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DANZA contemporánea
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LAS FUSIONES
coreográficas DE
CARLOS VEITIA
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LAS FUSIONES DE CARLOS VEITIA
Una refrescante e inusitada vitalidad impregna las actuaciones
recientes del Ballet Nacional Dominicano. Carlos Veitía, quien lo
dirige, se anota un triunfo al presentar su espectáculo Fusión, en la
hermosa y acogedora Sala Manuel Rueda, de la Escuela de Bellas Artes.
El espectáculo empieza con “Tiempo de Espera”, una coreografía del
mismo Veitía bajo el marco luminoso y evanescente del escenógrafo José
Miura. Como coreógrafo, Veitía maneja los hilos narrativos de una
danza y cuenta una historia con pasos y con gestos, que develan
misterios. Visualmente rica, esta fusión de Veitía consiste en
incorporar al ballet algunas ideas de la danza contemporánea. La
iluminación de Hjalmar Gómez y la música de Villalobos, de
considerable intensidad dramática, inducen al espectador a imaginar
las peripecias amorosas de una pareja.
Las interpretaciones que de esta pieza hicieron en días sucesivos
Silvia Crespo y Pastora Delgado son remarcables. Pastora Delgado es
una bailarina de grandes dotes histriónicas y de poderosa presencia
escénica. Silvia se destaca a su vez por la precisión y donosura de
sus movimientos. La contraparte masculina estuvo a cargo de Armando
González, un bailarín cuya fuerza y destreza no dejan de asombrarnos.
Salta como gacela a campo traviesa y sin embargo no pierde nunca su
imagen varonil ni el encanto de su juventud.
Habíamos visto ya un par de veces la simpática pieza “Muñecos”, una
idea coreográfica del cubano Alberto Méndez. Grato entremés
interpretado por Lisbell Piedra, Maikel Acosta y/o Elvis Guzmán. La
pericia y jocosidad de estos bailarines es siempre provocante. Una
mezcla de sensualidad e inocencia subvierte a la audiencia que no
puede menos que reír de buena gana.
Guillermo Cordero, inspirado en la poesía del Último Encuentro entre
los mártires dominicanos Minerva Mirabal y Manolo Tavárez, realiza una
coreografía plena de amor exaltado por la inminencia de la muerte.
Aquí se conjugan la densidad del tema, la música solemne de John Barry,
la formidable iluminación y el sobrio vestuario de Adelfina Lluberes.
Estos elementos se aúnan para que Pastora Delgado (o Silvia Crespo) y
Armando González expresen de manera convincente la angustia y el dolor
de una pareja que advierte que la tragedia los ronda, los circunda.
Como coreógrafo, Guillermo Cordero sabe que una pieza no puede perder
en ningún momento la dinámica de su acción interna. La pieza no
languidece nunca, no insiste en repeticiones vacuas, sino que sigue un
ciclo vertiginoso de acontecimientos que se suceden con precisa
prontitud.
Fusión, la pieza central del espectáculo, no logró convencerme. Y sin
embargo, reconozco en ella elementos de gran belleza y plasticidad.
Pero no basta con la sensualidad de los bailarines, ni con lo novedoso
de la música africana de Zap Mama. Pedro Pablo Peña, experimentado
coreógrafo de Miami, no logra integrar los bailarines al humor, los
juegos, la gracia y la dinámica que sugieren estos ritmos africanos.
Hay actuaciones individuales dignas de nota. Las de Carolina
Silvestre, Ariadna Roblejo, Alejandra Dore, Elvis Guzmán y Maikel
Acosta demuestran que un bailarín clásico puede zafarse de las rígidas
disciplinas del ballet parisino y sumergirse, dejándose llevar, a los
mundos primigenios del África.
La noche terminó con “Canciones”, de Carlos Veitía que revela ricos
tesoros de música dominicana, folklórica, contemporánea. En esta pieza
coral, los bailarines exorcizan demonios y los dejan libres en
movimientos rituales de gran sensualidad. Grato asombro el de la nueva
música de Xiomara Fortuna, rica, profunda, misteriosa. Otra sorpresa
fue la de Avelino Mejía y los Chineros de Baní. Se destacaron Laura
Ramírez, Carolina Silvestre y Susana Fortuna. Claudia Peña David
realza esta pieza con el donaire y la gracia de su juventud. El Ballet
Nacional logró, sin dudas, una velada esplendorosa.
Fernando Ureña Rib
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Veitía se despide del Ballet Nacional
El artista asegura que su renuncia no deja ningún tipo
de malestares
Por Frances Rodríguez / elcaribecdn.com
Jueves 11 de marzo del 2004 actualizado a las 1:47 AM
El artista tiene ya diseñada una amplia agenda
de proyectos ligados a Ballet Concierto Dominicano, entre ellos la
adaptación del clásico “La cenicienta”.
Cada cual tiene su misión y su tiempo”, expresa como parte de su
filosofía de trabajo el coreógrafo y bailarín Carlos Veitía. La frase
es además una de las razones que avalan su renuncia, hace tan sólo
unas semanas, a su puesto de director del Ballet Nacional Dominicano.
Veitía, quien ahora es heredado por la bailarina y directora general
de danza, Mary Louise Ventura, explica que su salida de la compañía
nacional no tiene un sabor amargo ni deja ningún tipo de desavenencias
a su espalda.
El artista plantea que su renuncia se debe esencialmente a que
necesitaba más tiempo para sí mismo y para Ballet Concierto
Dominicano, una institución creada y dirigida por él. “La escuela
requiere más de mí. Hay una nueva generación en espera y entre otras
cosas tenía además una operación pendiente y el cansancio de trabajar
durante tres años y medio sin descanso”, añade.
Al hacer el balance de los sueños con los que llegó al ballet y
cuántos de ellos hizo realidad, Carlos explica que se lleva un poco
más de la mitad de todo lo que aspiró para la institución. La reciente
edición del Festival de danza de Miami, la producción “Carmina Burana”,
presentaciones en la sala Manuel Rueda, de las Escuelas de Bellas
Artes y varias ediciones de “Cascanueces” son algunas de las
satisfacciones que carga en su equipaje. “Siento el orgullo de saber
que hice todo lo que pude. Cuando llegué encontré mucha
desorganización en todos los sentidos, artístico y administrativo.
Poner en orden todo el panorama fue uno de mis grandes desafíos”,
subraya el coreógrafo que también deja espacio para algunas
nostalgias. “Lo único que lamento es que creí que podíamos realizar
más presentaciones populares y de una u otra manera se vieron
frustradas por el factor económico”, dice.
El artista también descartó de plano la hipótesis de que su salida
podría tener algún matiz político. Aseguró que no le han hecho ninguna
propuesta y que no se le verá detrás de nadie, puesto que sus
decisiones y pasos profesionales sólo están avalados en los méritos
que ha acumulado a través de los años. “Llegué al Ballet Nacional por
mi labor. Es indignante cuando la gente se encarga de politizar todo a
su alrededor”, puntualizó Veitía. El manejo burocrático, los recursos
financieros y las inconstancias en las entregas de la asignación ya
estipulada parecen ser la ‘piedrecilla en el zapato’ de su gestión. No
obstante, Veitía aclara que la Secretaria de Estado de Cultura no
actuó de forma negligente durante su mandato y que en la medida de lo
que le fue posible brindó su apoyo. “Influye también en esto que
Cultura es una institución recién creada y que requiere de más
tiempo”, añadió.
Por otro lado, el artista explica que la entrada de Mary Louise
Ventura al Ballet es acertada porque se trata de una artista de mucha
experiencia. Advierte también que tanto el sector gubernamental como
el privado deben ofrecer más ayuda, porque sin ese respaldo el trabajo
será difícil, no sólo para ella, sino también para cualquier artista
que asuma el puesto. “Si no se realiza el compromiso y no hay más
apoyo en las necesidades básicas de la institución –como por ejemplo
comprar zapatillas, entre otras urgencias– es mejor cerrar el Ballet
Nacional”, plantea.
Los proyectos y la energía parecen no tener límites en el universo
creativo del coreógrafo. Tan pronto guardó su carpeta de trabajo del
Ballet Nacional comenzó a diseñar una agenda que promete mantenerlo
cerca de los escenarios el resto del año. Una nueva adaptación de “La
cenicienta” prevista para junio próximo y que tendrá como refugio la
sala Eduardo Brito del Teatro Nacional es una de las citas que lo
emocionan en estos días. “Antes de esta obra tendremos otro trabajo en
escena durante abril y una producción a cargo de la escuela de jazz y
danza española. Será una función en conjunto que irá a la sala Manuel
Rueda para finales de mayo”, señaló el artista que quiere llevar
además un espectáculo a Santiago también este mismo año.
Planes con la generación de relevo
Carlos Veitía, quien no descarta reencontrarse en otra oportunidad con
la dirección de la Compañía Nacional, ve con optimismo la forma que
comienza a adoptar la nueva generación de bailarines del país. Asegura
que la escena está llena de talento en espera de espacios. Partiendo
de esto es que además visualiza en sus proyectos la idea de rehacer
una compañía sobre la base de Ballet Concierto Dominicano. “Me atrae
mucho este objetivo porque en la escuela hay mucho talento joven.
Pienso que va adquiriendo la fuerza suficiente para sustentar el
retorno de la compañía”, concluyó el artista.
Tomado de El Caribe
EL COREOGRAFO, en gran medida, es el
creador de la danza, el que usa el movimiento, su imaginación,
la destreza de sus bailarines y la música para crear una obra
personal e individual.
Es el equivalente del pintor y del compositor, que utilizan,
uno, los pinceles, los pigmentos y el lienzo; y el otro las
notas musicales, las reglas de composición y los instrumentos
para crear sus respectivas obras artísticas.
Desde casi el momento de su fundación como compañía de baile,
Ballet Concierto de Puerto Rico ha estado celebrando Festivales
de Coreógrafos para estimular la creatividad en el ámbito local
e internacional. Este pasado fin de semana presentaron siete
coreografías de importantes bailarines y maestros del baile.
Junto a un numeroso y ávido público de amantes de la danza
pudimos disfrutar de excelentes obras de distintos festivales.
La velada del domingo por la tarde empezó a la hora señalada, de
por sí un logro.
La primera parte comenzó con la hermosa y sugestiva pieza
titulada Caverna clara del puertorriqueño Jesús Miranda,
inspirada por las célebres e impresionantes Cavernas del Río
Camuy.
En un espacio en penumbra, sugestivo del interior húmedo y
mágico de las entrañas de la tierra, contra un telón de fondo
abstracto diseñado por el pintor Jaime Romano, un grupo de
bailarines -por parejas- realizaron movimientos angulares y
plasmaron un ambiente primigenio ayudados por la música
"extraña" de Andreas Vollenweider. Fue un excelente inicio.
De inmediato, como si no quisieran que olvidáramos el fundamento
de ballet clásico de Ballet Concierto, la prima ballerina de la
compañía, Rebecca Canchani, sólidamente asistida por el premier
danseur Osmay Molina, presentaron un bello y espectacular pas de
deux, de inspiración mitológica grecorromana y singular
dificultad técnica, titulado Diana y Acteón, obra de Agrippina
Vaganova, con música de Cesare Pugni.
La oferta coreográfica menos impresionante de la tarde, al menos
en nuestra opinión, fue la titulada Ojos que no ven... (los
puntos suspensivos se los añadimos nosotros), obra de Ana
Sánchez Colberg, puertorriqueña radicada en Londres. La hallamos
repetitiva y poco imaginativa, en general, algo confusa en su
discurso, aunque tuvo algunos momentos de brillantez.
Antes del intermedio se presentó una excelente coreografía del
dominicano Carlos Veitia, titulada Bachata de amor, con
música de Juan Luis Guerra, que puso a bailar no sólo a
los ocho bailarines en escena, sino al público en sus asientos
también. ¡Bravo! Se nos salió pa' fuera lo antillano sin poder
evitarlo.
Después del intermedio nos enteramos que se había alargado un
tanto por la necesidad de secar el escenario por causa de una
impertinente gotera en el techo del teatro. La gota, que caía en
medio del escenario, fue producto del brutal aguacero que cayó
el domingo por la tarde.
Más adelante, en el último número de la velada, la hermosa
Serenade de Balanchine, hubo que parar la función y cerrar el
telón para discretamente pasarle un mapo al escenario, pues los
bailarines estaban resbalando peligrosamente en un charco. Qué
horror que pasen esas cosas sin que nadie haga nada al respecto.
Hacemos un llamado al municipio para que resuelva este problema
recurrente de una vez por todas. ¿O es que están esperando un
accidente y la correspondiente demanda por negligencia? ¡Qué
vergüenza, señores!
En homenaje a la genial artista Gilda Navarra se presentó una
estupenda recreación de una parte de su "mimodrama" Abelardo y
Eloisa, que ella creó para Taller de Histriones. Los intérpretes
fueron Denisse Eliza y Carlos Cabrera.
Luego disfrutamos de una excelente obra de la argentina Susana
Tabutti, de claro corte homoerótico. Cuatro hombres entorno,
encima y alrededor de una plataforma. Nos recordó una obra que
vimos en los Cinco años de Andanza. Pero en ésta, las líneas de
género están mucho más difusas. Los cuatro intérpretes fueron
Osmay Molina, Aureo Andino, Roberto Rosario y Waldemar Quiñonez.
La velada finalizó espléndidamente con la Serenade de George
Balanchine, con música de Tchaikowsky, escenificada por Susan
Pilarre. Fue hermosa y delicada, pero visualmente poderosa al
mismo tiempo.
En fin, una gran velada artística de la cual hay mucho de qué
enorgullecerse.
A la salida nos topamos con una gigantesca congestión de
tránsito, agravada por el aguacero, pues a algún genio se le
ocurrió cerrar la avenida Ponce de León para celebrar un maratón
un domingo, a las 7:00 de la noche, en el Viejo San Juan. "¡Ese
es Puerto Rico, míster!".
Jorge E. Martínez Solá
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