Ficha Crítica de Marco Antonio Rodríguez
Anibal Villacis
La realidad que el ser humano es capaz de aprehender es solo una
interpretación de esa realidad. "El mundo es mi representación", decía
Schopenhauer. En efecto, el hombre no conoce ningún sol ni ninguna
tierra ni ningún mar, sino solo ese ojo suyo e intransferible que ve un
sol, solo esa mano suya que toca una tierra o que hunde en la ola del
mar.
Y solo conoce ese espíritu suyo que capta sol, tierra, agua y todo lo
demás y lo interpreta según sus conocimientos, sensaciones, voliciones.
"En todo mi trabajo quiero que se vea la materia, que se vean mis
manos: es esto lo que da sensibilidad a las construcciones plásticas",
afirma Aníbal Villacís (Ambato, 1927). Y el histórico aporte de Villacís
a nuestras artes visuales es, sin duda, el tratamiento de la materia que
él construye con sus propias manos; luego vendrá la resolución de sus
temas, obsesivamente coadunados a nuestro ancestralismo: historia y
fantasía, pensamiento y prodigio, nuestras raíces más antiguas aliadas a
recursos novohispanos (la imaginería) y recursos de la modernidad
(colores cautivados en los raspados e incisiones únicos del maestro).
Creación continua la vida consciente, el pasado sobre el presente
acumulado para engendrar el futuro. El pasado, en la obra de Villacís,
tiene vida de hoy, vida que se realiza en nosotros, los actuales, y
cuando la contemplamos, en nuestra conciencia van aguzándose nuestros
ojos, y vamos viendo también la vida de ayer. Las sombras del tiempo
toman cuerpo, se congelan en formas hermosas y perennes. Y ahí quedan,
para quienes vengan después.
Lo conocí en su casa del tradicional barrio de El Placer. Hacía tiempo
que había rastreado en su arte y que su figura humana rondaba en mi
imaginación. Siempre lo imaginé nervudo, encastillado, capaz de sostener
el mundo oscuro y portentoso, milenario y pujante que él había creado.
Pero Villacís es un hombre pequeño y amable, menudo y frágil, solidario
y solitario, lúcido y sensitivo en extremo. Quien se aproxima a él se
prenda de su transparencia y humildad. Su buen humor, vigente no
obstante los infortunios vividos, le ha permitido desairar varias veces
a la muerte y mantener sus manos intactas para seguir forjando su obra.
Su amor por la vida está nutrido por su amor por los olvidados de la
tierra y su compromiso con la historia de su pueblo, en plenitud.
La moneda de oro
"Todo pintor auténtico viene con una moneda de oro en la mano", comenta
Aníbal Villacís, y rememora con tristeza a aquellos compañeros que
desperdiciaron ese don, alejándose del arte o enceldándose en
imposturas. Así es, de todas las expresiones del arte, la pintura es la
que más se fragua en lo sensorial. Todo pintor va tras la aparición de
una final e inasible verdad que pervive en la raíz de la materia y que
designa la realidad otorgando sentido al universo de las
aparencialidades, tornando el caos de lo representado en un medio que se
alimenta de aquél y sostiene la tensión a través de la cual se evidencia
la vida en toda su desmesura. La incesante búsqueda y construcción es lo
que señala la tarea específicamente humana; la realización artística
radica en precisar (elucidar y demostrar) esta realidad erigida, y en
expandir el horizonte de la conciencia coherente, en descubrir nuevos
atributos y signos para los refinamientos del sentimiento. En esta línea
persevera la creación de Aníbal Villacís y de ésta se han sustraído por
fatiga o comodidad muchos de los artistas de su generación a quienes
evoca con afecto pero con pesadumbre.
Villacís cree que dibujó desde el vientre de su madre ¡es tanta la
pasión por su oficio! Lo cierto es que a los cuatros años, en su Ambato
natal, ya tallaba en balsa, tiza, yeso, greda Por allí conserva nimias
calaveras talladas en pepas de capulí. A los seis años perdió a sus
padres. Su primera desgarradura. El primer enfrentamiento al vacío. Más
tarde será su averiguación empecinada de la verdad en el arte la que lo
deje inerme, solo. Una amiga de su madre, Olga González, se encarga de
él. Lo hará con amor y abnegación. Al nombrarla, el artista no puede
reprimir lágrimas de gratitud.
Las paredes de su nueva casa se convierten en espacios milagrosos para
que el precoz artista dibuje con los carbones que consigue al descuido
de su madre adoptiva del fogón hogareño. Poco después, su obsesión por
los muros blancos lo inducirá a utilizar las grandes paredes de la
ciudad. Nadie sabía quién era el perturbador nocturno que infringiendo
ordenanzas municipales y buenas costumbres 'rayaba' paredes de casas y
edificios. Una noche lo descubre en su febril jornada la esposa del
intendente y avisa a éste para que castigue al irresponsable. El
funcionario policial llega al sitio indicado, pero vacila ante los
dibujos de Villacís; no, no eran simples 'rayas' o 'manchas', algo había
en esos entramados de líneas que lo sorprendieron; halla, quizás, ese
misterio del arte visual que impresiona hasta a los más alejados de
éste. Se aproxima y distancia, mira y remira los dibujos, y en vez de
reprender a su autor, lo premia con elogios.
La tauromaquia
Nada dejó la conquista salvo su sangre refundida (instinto, pero en
muchos casos, amor también) que fraguó el mestizaje, y una religión que,
muchas veces, fue cómplice de la aniquilación. Hubo extinción: no
quedaron vestigios de muchos pueblos aborígenes, pero se unieron dos
hemisferios que estaban separados por mil abismos. Y este hecho cambió
la historia de la humanidad. De las grandes empresas que ha generado el
ser humano a lo largo de los siglos, pocas tienen la significación y la
grandeza de la gestación del Nuevo Mundo que es América. Y en cuanto a
la religión, es verdad que se constituyó en una devastadora calamidad
para quienes fueron conquistados, pero en nuestro continente empezó una
reflexión de sus crímenes los perpetrados en Europa y en América a
partir de que un cura dominico, Bartolomé de Las Casas, declaró que los
indios eran 'ciudadanos' lo mismo que él, y denunció a los cuatro
vientos el genocidio. Ese acto es, quizás, el más cristiano de esa época
en el mundo.
Como quiera que fuese, el mestizaje no solo es la avenencia de la
religión cristiana con la aborigen, como se ha asegurado, sino un
colosal soporte, del cual la religión es únicamente un segmento. Esto
explica muchos hechos, entre ellos, el que la fiesta de los toros se
haya imbricado tan resueltamente en las costumbres de ciertos lugares de
nuestro país y América (México, Perú, Colombia, Ecuador).
MARCO ANTONIO RODRÍGUEZ