Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

Fernando
UREÑA RIB

 

 

 

CUENTOS

 

 CUENTOS DE

FERNANDO UREÑA RIB

 
FÁBULAS URBANAS

 

LA VINDICACIÓN DE OMAR

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

 

 

 

El apresurado manuscrito del párrafo siguiente acompañó el informe remitido por John García, Mayor de una brigada de rescate de Nueva York, luego del arresto y posterior enjuiciamiento de Joachim S. Bennazar y Nathán Cirineo de Gaza en un parque de Brooklin la noche del 13 de diciembre bajo la acusación menor de iniciar una hoguera ilegítima en áreas públicas:

"Respondiendo a una llamada urgente de Madame Eva Kozinska, en la Lorimer Street, de Green Point, el barrio polaco de Brooklin, procedimos a dar una orden de conducción policial a dos vagabundos harapientos, de mayor edad, de escasa estatura, (uno de ellos completamente ciego) desarmados, urgidos de hipotermia y atacados por el reuma y la flebitis, quienes no pudieron explicar satisfactoriamente ni su procedencia ni la de ciertos libros, rollos y documentos encontrados en alforjas bajo su poder y que utilizaban como pira en un pronunciado declive del Green Point Park. La diestra de quien llevaba la delantera estaba podrida, ennegrecida o muerta, probablemente como resultado de quemaduras mal cicatrizadas. Aun más extraño que su inglés o que su mano tiesa resultaba la autoridad y el énfasis con que hablaba, lo cual nos hizo sospechar que se trataba de políticos expatriados y sin poder o de inmigrantes ilegales, arribados por los muelles de Brooklin. El primero renqueaba, arrastrando ambas piernas como si lo empujara algún mecanismo de resortes. Los condujimos, no sin resistencia y luego de asistirlos en un centro de ayuda pasamos el caso al Ministerio Público y tramitamos las copias de lugar al departamento de Migración. "

El día 21, cuando ya el Mayor García había olvidado el incidente, fue prevenido de que el caso había pasado a la jurisdicción competente y recibió instrucciones estrictas de no divulgar, ni consentir en que se difundiera, información alguna sobre los acontecimientos del 13 de diciembre. El testimonio que se suministra a continuación apareció entre los escombros de una poderosa explosión y subsiguiente fuego sin sobrevivientes ocurridos entre la noche del 31 y la madrugada del 1 de enero. La información fue rescatada por expertos gracias a una grabación realizada simultáneamente en el disco duro de una red de informática federal:

LA NEGACIÓN

 

"No soy Omar. Asumo mi propia defensa y la de Nathán, excelentísimo Teófilo, que en realidad no será otra cosa que una confesión de culpa. Hoy, viernes treinta y uno de diciembre juzgas mi incontrolable pasión por el fuego y me preguntas quién soy y exiges que pronuncie sobre esta versión de El Libro Sagrado el juramento de veracidad. Reconozco en tu voz al viejo Patriarca de Alejandría y puedo oír todavía las reverberaciones de la ira de San Juan Crisóstomo censurando tu ominosa lascivia. Ahora eres tú mi juez, aquí, al pie de estas torres gemelas cuya destrucción ansío tanto como la mía. Sí. Pido que un estruendoso estallido nos consuma y que nuestra liberación se confunda con el fósforo, la metralla, la pólvora y la inútil extravagancia de estas falsas celebraciones de final de milenio. Indagas sobre mi identidad como si no conocieras la Historia de la que has huido tanto como yo y de la que has sido por igual protagonista, enderezando o torciendo caprichosamente su destino. Hoy habrás de soportar mi locuacidad y la esquiva verdad en ella oculta. De modo que es innecesario que pronuncie frente a ti juramento alguno.

¡Que te baste mi palabra! No soy Omar. ¿Por qué habría de confundirte mi rostro bruñido? He viajado como un náufrago, largas noches y días enteros, arrastrado por el mar, en una yola infestada de isleños menesterosos que no pocas veces estuvo a punto de deshacerse. Sí. Vengo de abandonar una isla tan caliente como la Alejandría de donde provienes, Excelentísimo Teófilo. Huyo por última vez porque por enésima vez quisieron elegirme Presidente. Huyo hacia mi destino. Puedes comprobar que no asoma a mi rostro envejecido ningún rasgo de aquel califa guerrero e iracundo. Lo sabes, pero quiero que se registre hoy y aquí, en tus sofisticados ordenadores, para siempre.

EL JURAMENTO

 

Sabes bien que para negarme a extender mi diestra calcinada sobre esa Versión del Rey Jaime con la que intentas imponerme juramento, alego con sobrada justicia que esa traducción misma precisa de revisiones previas que extirpen sus numerosos errores y sus inserciones espúreas; tarea cuya magnitud y minuciosidad podrían resultar en un proceso que consumiría otro par de milenios. No creo en los libros sagrados. Supuse con fervor que la verdad en ellos se hallaría en los números que esconden, en las inextricables relaciones binarias de la cábala. Hoy veo que lo único sagrado en ellos es su destino: El fuego. Nada hay más falso que un juramento a la verdad. La verdad nos incrimina a todos, a jueces y a acusados. Tu mismo sabes que miente quien afirma decir la verdad. Nadie tiene derecho a jurar que posee la verdad. Tu mismo ya has sido juzgado por Crisóstomo y por Arcadio y en aquel tiempo mis palabras y sofismas te libraron de la muerte que merecías. »

 

 

EL IMPOSTOR

 

En este momento Joachim, asistido por notas que le susurraba al oído Nathán, empezó una extensa disertación filosófica sobre las contradicciones intrínsecas en el concepto de verdad afirmando que el mero hecho de la utilización del lenguaje invalidaba esa pretensión ya que el lenguaje refleja el pensamiento, incapaz de sustraerse de la subjetividad que lo define. Aunque no sería recomendable reproducir aquí su perorata, Joachim se exaltaba incansable con una voz aguda y altisonante, a la manera de los retóricos:

"Dime, ¿quién percibe los infinitos detalles en los hechos y en las cosas del mundo para que siquiera sueñe atraparlas en una declaración que las comprenda con rigurosa exactitud? El lenguaje no es sino una titubeante aproximación y la realidad misma no deja de ser cambiante y variable. Lo que le da razón de ser a la infinita realidad son las casi infinitas percepciones humanas. La sociedad y el mundo no son capaces de soportar verdad alguna. Yo que hablo tantas lenguas y que he olvidado tantas otras, puedo dar fe de las sutiles argucias del lenguaje. Si nadie posee la verdad, no me la pidas a mí, un moribundo que se enfrenta por última vez a la muerte, única verdad incuestionable que numerosas religiones se empecinan en disfrazar o en negar.

No soy Omar. Solo fui su ayudante circunstancial. Soy o fui semita, un perseguido, un hebreo que hubo de disfrazarse permanentemente para sobrevivir. Nathán se ha empeñado en traer junto con algunos rollos mis numerosas máscaras y mis rasgados hábitos de propiciación. Soy un Escriba y hoy puedes juzgar, no sin honor, mi apostasía. Era yo en aquel día la palabra de Omar, quien escribía en las penumbras de la Biblioteca sus floridas y elogiadas arengas contra el miedo. Aprendí no solo a espantar fantasmas sino a crearlos. Escribí los textos que enardecían su muchedumbre eufórica.

Mi nombre actual, Joachim S. Bennazar, es ostensiblemente falso y tampoco es auténtico el de Nathán, apóstata fiel, traductor y copista infatigable cuyos méritos no son nada despreciables. A través de Nathán percibo el mundo. Mis sentidos me abandonaron a la torpeza. No veo, no siento y apenas oigo. Puedo pedir a Nathán que te aporte las pruebas de todo lo que digo con documentos fehacientes de que no soy ario, de que no soy Omar. No serviría de mucho, inferirás. Somos expertos en elaborar falsificaciones auténticas. Por eso ha de bastarte la franqueza del único miembro flexible de mi cuerpo, el único que no exige del sacrificio del dolor ni del calor del fuego para moverse con libertad.

Así que juzgas a un impostor, te digo. Esa sola circunstancia trastocaría tu veredicto e invalidaría tu juicio, tu sentencia y tu condena a tal grado que podría desconocerse el derecho sobre el cual los fundamentas. No solo porque todos de alguna manera somos impostores, sino porque no ignoras que fui yo quien estableció cuidadosamente la ley con que habrías de enjuiciarme hoy. Pero estoy muy cansado. Mi cuerpo no responde a ningún estímulo y procura el ardiente final. Ya no busco ni el perdón ni el olvido para mi apostasía ni para mis falacias.

La única clemencia a la que apelo es a la de tu paciencia de modo que escuches con atención mi testimonio y mi última voluntad. Así no te temblará en las manos el ominoso martillo al pronunciar contra mí una sentencia similar a la que tu mereces. Mi condena es también la tuya, porque nada puede resarcirnos ya de la culpa profunda de quien pronuncia o ejecuta un veredicto mortal. Yo, que tantas veces usé la negra toga, que tantas veces usurpé las terribles funciones del juez, te cedo la rigurosa indumentaria, las frías máscaras del estrado y si habrás de ejecutarme finalmente, pido la inmolación, la suprema bendición del fuego, único elemento capaz de oponerse con lucidez a la eternidad.

Si adujera que fui yo quien inició, con esta mano marcada para siempre, aquella hoguera que arde todavía, vacilarías en creerme y sin escucharme arrojarías mi cuerpo a la impaciente antorcha de los verdugos. La Historia acusa a Omar, no a mí y de esa forma me exculpa y me vindica, pero me obliga a quedar hacinado entre las sombras como una sombra más. Nunca temí a la muerte más que a la verdad, palabra que usé con extrema cautela, como se ha de tratar el fuego. Quizás no me redima ya la gloria de haber salvado para la posteridad siete libros apócrifos, un impenetrable volumen de álgebra y nueve papiros de alquimia.

Solo el nórdico Thor Arne, con su piel macerada por los helados mares de Islandia logró destejer La la Historia una noche saturada de vino verde frente al océano Atlántico. A ese vikingo pelirrojo confesé el oráculo que se cumplirá hoy, la noche de este día, con tu sentencia y mi ejecución inminente. Porque has sido el juez predestinado por la Sibila te lo confesaré a ti, con la frente en alto y los ojos abiertos a la nada, como lo hice aquella vez antes de abandonar el viejo continente en una sucia taberna del puerto lusitano de Tarifa.

Me sorprende que preguntes quién soy, Excelentísimo Teófilo y no quiénes he sido. Alejandría lo ha olvidado o lo ignora todavía y ni siquiera encontrarías allí una placa que lleve inscrito mi nombre (o alguno de mis nombres) en una callejuela del barrio judío. Tampoco hallarás que se haga referencia a mí en la isla de Faro, en algún inmundo muelle, en un anden, en un atracadero o en uno de sus antros más miserables de la que un día fue la ciudad más luminosa del mundo.

¿Qué habré de responderte si mentir fue la característica que justificaba mi existencia? Mis sutiles argucias exigían del hábil ejercicio de la memoria, que aun hoy no me abandona. Una mentira se edifica pacientemente sobre otra y sobre otra hasta que las delgadas capas se convierten en una fortaleza inexpugnable. Tu y yo tenemos suficientes años como para saber que el mundo está construido sobre una superposición infinita e inextricable de mentiras. Sabes bien que esas mentiras prevalecen gracias a que yo las reforzaba o las trasformaba cuando se debilitaban. Era la única manera de sobrevivir. Solo así entenderás las razones que sustentan mis exilios, mis continuas desapariciones, mi difícil clandestinidad y mis años finales de poder y de mermada gloria. Una vida pública o secreta cuyo pesado destino arrastraría tortuosamente a través de los siglos sería insostenible en la estrechez de una sola identidad.

Refresca mi consciencia el saber que la Historia no ha sido jamás como la escriben. Es preciso confesarlo sin dolor ni arrogancia. Yo, jefe de los copistas, geómetra, estratega de defensa, político, maestro de políticos, dictador y pirómano lo sé. La Historia es siempre falsa. O lo que es peor, su limitada capacidad de constatación ni siquiera alcanza los confines del Estado. La Historia no es más que eso, una invención del Estado. En mi caso la dulce tentación del poder justificó la ignorancia balsámica que induje en los pueblos, anestesiando su inestable memoria. No debería quejarme. Sabía que los pueblos necesitan el letargo y el olvido, sino fuera así la guerra cruenta sería el estado permanente del hombre.

 

UN FARO ENTRE LAS SOMBRAS

 

Por eso amé siempre el ejercicio del poder desde las sombras. Y sin embargo hube de participar, a veces contra mi voluntad, como un actor bajo la luz de los reflectores. El hombre político es siempre un actor. Y jugando en esa mascarada di la cara como Consejero Real, como Primer Ministro, como Juez de la Supremanumerosas cCortes y finalmente como Presidente Jefe de Estado, dejando huellas de sangre en el peligroso teatro de la Historia y transformando la compleja articulación de sus escenas y sus actos. Pero mis ojos enceguecían, hostigados por la fatiga de los siglos. En mi despacho me sentía como el Rey del Salón Oscuro, aquel viejo personaje del teatro hindú. La memoria era mi antorcha. Reconocía lo que dicen y no dicen las voces, los gestos, unos pasos que se acercan o se alejan. Cuando gobiernas y no puedes ver tienes que dejar que intervengan las reglas del azar y de lo inesperado.

No debería lamentarme, te he dicho. En mis gobiernos Durante mi ejercicio del poder no hice otra cosa que cubrir la patria de monumentos y sembrarla por todos lados con las glorias del pasado que se apoderaban obsesivamente de mi memoria. Hice levantar mausoleos, fuentes, plazas, parques, jardines y arcos conmemorativos con mis dioses favoritos. Para aliviar mi adolorida conciencia construí bibliotecas suntuosas y las repartí en barrios y ciudades arrasados por el analfabetismo. Las bibliotecas son buenas para los pueblos porque les hacen conscientes de la magnitud de su ignorancia. No me importó eliminar la pobreza, que yo mismo padecí tantas veces y que sufro hasta ahora. No me mires de esa manera. Fue Jesús quien dijo que los pobres siempre existirían. Me ocupé en erigir obeliscos, en traer importar desde de Carrara cariátides y estatuas de Minervas y de Apolos.

Aquel El último pueblo que goberné con astucia durante décadas era manso y alegre aunque tenía en sus fibras un espíritu indómito y la reciedumbre física de los espartanos. En los carnavales bailaban en las calles sin comer, olvidando los dolores del hambre. Para rememorar mis días gloriosos de Alejandría hice edificar un enorme faro yacente, en el Este de la ciudad, de luces altas y potentes que arañaban un cielo poblado siempre de cúmulos y nimbos. Pretendí redimirme con aquel Faro cruciforme que abrigaba fastuosamente la reverencia de una pirámide reclinada. Construí aquel faro bajo el augurio de la cábala; apuntando hacia los cuatro puntos cardinales: A la cabeza tendida de la cruz quedaba el Oriente, como tiene que ser, la diestra al Norte y la siniestra al Sur. A los pies el Poniente, siguiendo la elíptica trayectoria del sol, hasta el Palacio. La construcción duró muchos años y para llevarla a término me fue preciso valerme de trampas, y agotar una cadena de períodos. Los obreros, debilitados por el hambre se desplomaban de los altos andamios. Nunca pude ver aquel faro, pero al entrar en sus atrios se me hinchaban los pulmones del aire glorioso de otros tiempos. Nadie entendía. Los monumentos son la verdadera memoria de los pueblos. No me importaba la muerte de los detractores y de los infelices porque yo mismo la buscaba ávidamente para mí, sin hallarla. A eso quizás se deba la crueldad que intentas achacarme. Haces bien. Yo que fabriqué a mi alrededor una inextricable coraza de impunidad estoy asqueado de mí mismo hasta tal punto que añoro tanto la ignorancia como anhelo la muerte."

 

EL APÓSTATA

 

El mayor John García, quien había sido convocado como testigo de aquel extraño juicio, pasaba un tumultuoso 31 de diciembre. Temprano en la tarde sus brigadas no lograron rescatar del suicidio a una joven mujer dominicana en Washington Heights. Acudieron a Columbus y la 72 en un caso de crueldad sádica y maltrato. Debido a las aglomeraciones de tránsito en el Rockefeller Center, llegaron demasiado tarde a la calle 42 donde un lío de buscones y prostitutas dejó cinco muertos. Estaba fresca en su mente la imagen de los cuerpos desnudos de tres muchachas (adolescentes, probablemente tailandesas) y dos estrafalarios delincuentes blancos, cuando entró en la sala de audiencias del Downtown, en el número 38 de la calle Broward. Eran las primeras horas de la noche y la ciudad era ya presa de una euforia incontenible. A las ocho el caos era incontrolable. Al entrar no recordó de inmediato la figura pequeña, encorvada ni la voz altisonante y retórica del inculpado que vestía traje oscuro, de muy buen corte y que figuraba en los registros como Joachim S. Bennazar. Un secretario copiaba aquel monólogo en dactilografía y un circuito cerrado de televisión gravaba los detalles de su defensa:

"Me preguntas qué hacía, Excelentísimo Teófilo, como si lo ignoraras. A pesar de las máscaras y de las papalinas no podrás haber olvidado mi posición de Escriba y nuestra enconada rivalidad por el favor de aquel invasor tan venerable como implacable, Omar. Si la justicia persigues deberías condonar a mis copistas y a mis escribas que adaptaron y fundieron las doctrinas cristianas con el espíritu y el pensamiento musulmán de aquellos días. No solo deberías exculparnos, sino loarnos, erigirnos un altar, un templo, una pirámide o un obelisco memorial tan alto como la Babel de Sinar. Deberías situarnos junto al dios Tamús o al Ra, no en algún desierto perdido de la Mesopotamia, no en la lejana Constantinopla, sino aquí en el centro financiero del mundo, entre estos horribles rascacielos cúbicos que merecen como tú y como yo ser consumidos en las ansiosas fauces de un océano de llamas.

Los escribas construíamos el mundo. Creábamos y destruíamos dioses, reyes, pueblos, héroes y monstruos. La fantasía no era un pecado, era la fe de entonces, la ígnea fuerza que movía la delirante rueda de la fortuna. No inventamos nosotros la cruel economía de la guerra, solo la alimentábamos con sutiles falacias. Sabíamos que no existen guerras justas ni santas, que toda guerra se basa en mentiras contradictorias.

Pero la religión, el arma más peligrosa de la historia era una afilada espada en nuestras manos, que blandíamos contra el miedo a la muerte. Gracias a Omar comprobé que todas las religiones giran al rededor de la muerte y concluí que si ésta no existiera tampoco existiría religión alguna y por consiguiente es la muerte la que engendra y otorga a la religión el dulce privilegio de su existencia. Yo conocí el intrincado mecanismo de la devoción y a partir de religiones mayores creaba, como un artífice, denominaciones menores, manejables, que socavaran el creciente poder de las instituidas. Fui un maestro de la disensión. Sabía cómo mover los intereses humanos y cómo destruir al enemigo desde dentro de sus propias filas.

Admito que a veces fui un vil mercenario, un sectario sedicioso., pero sin demagogias aAceptarás como compensación, en cambio, que aquello era una necesidad de la época. Era preciso. La formula clave consistía en utilizar dos o tres dogmas esenciales que consecutivamente provocaran temor, protegieran, absolvieran y recompensaran al creyente. Sabía, desde mis lejanos días en Alejandría, que toda religión ha de contar con sus escogidos, con sus mártires y sus víctimas propiciatorias. Que ha de exigir sacrificios y suplir a cambio la recompensa de un credo fidedigno al que habríamos de darle cuerpo con ceremonias que si bien fueran ampulosas no carecieran de rigurosa solemnidad y de poder simbólico. Teníamos que mantener aceitado el engranaje de las creencias, eludir toda vaguedad y prevenir cualquier posible disgresión aniquilando a los que disentían. Cuando los mitos paganos se hicieron obsoletos adaptamos el portento y la revelación y adoptamos el milagro cristiano.

Nada liga tanto a los hombres como una fe común. La religión implica un hábil manejo de las liturgias. Los verdaderos antídotos contra el miedo son la respiración y el canto. Entra en los pulmones y va directamente al alma. Ruah! Ruah! Era preciso insuflar el espíritu de los feligreses, infundirles aliento, entonando al unísono los profundos e impenetrables cánticos sagrados. La religión no es preciso entenderla. Te viene desde dentro, desde las entrañas y sube por el diafragma y vibra en tu garganta y sale hasta llegar a Dios como súplica o como alabanza. El canto los reconfortaba en el dolor como el caldo al hambriento. Toda música sagrada busca siempre asemejarse a los ritmos corporales, a los latidos del corazón, a las inflexiones de la respiración. Paulatinamente sustituimos el arpa y la cítara por la trompeta y la flauta, hasta que vino el órgano que era como la voz de Dios, solemne y poderoso en los inmensos atrios.

Omar, empero, desconocía la sofisticación de los valores del espíritu. Hoy pienso que no tuvo otra fe que la de la espada. Nathán y yo, sin escrúpulos, pero con sumo cuidado, diseñábamos la espléndida indumentaria de los oficiantes, los símbolos y la instrumentación de los ungidos. Los templos y los ritos que diseñábamos y erigíamos respondían a un estudio meticuloso de la mentalidad y las costumbres. La buena religión induce a una conciencia tranquila, a un espíritu apacible y a un corazón calmado.

Un alto precio debe pagarse por alcanzar ese estado de gloria.

Sabes bien, Excelentísimo Teófilo, que nunca hubo ni habrá mercadería que pague mayores dividendos que la religión. Aquí en Wall Street compras y vendes el azúcar o el oro a el precio que tendrá mañana. el azúcar o el oro. Nosotros vendíamos lo invaluable, el perdón. Imagínate lo remunerador de venderle la paz del perdón a las conciencias atormentadas. ¡Ah! ¡Traficábamos con la gloria inmarcesible! Muchos querían comprar a Dios y nosotros les aceptábamos el pago y la propina. Recuerdo que los feligreses y los prosélitos venían a nosotros con las manos cargadas de presentes y con vehemencia, gratitud y celo recibían por un precio alto la hostia de la fe, harina y agua, símbolo de lo más preciado: El perdón.

Aunque supimos ser misericordiosos y muchas veces financiábamos el perdón con el cómodo sistema de los diezmos. También pudimos ser implacables. Muchos pagaron con sus vidas. Una religión no prevalecería a menos que contara con un sistema efectivo de propagación y el más efectivo es y siempre ha sido el ejército. Las armas son el instrumento de conversión por excelencia. A sangre y fuego reclutábamos los adeptos y luego los bendecíamos con la misericordia. Les otorgábamos lo que no les debíamos: la vida. Si mencioné que la fe se opone al miedo has de saber que la una y el otro se compensan. Nosotros atezábamos el arco, dirigíamos con palabras resonantes la saeta y el arcabuz. Patriarca Teófilo, no ignoras que la religión y el Estado dependen de las alianzas que acuerdan. Y esas relaciones cambian constantemente y has de saber nadar con las corrientes. Por eso me llamaban el Apóstata.

Me odias. Lo sé. Juzgas a un adulador servil, a un paria renegado que se mueve veloz y certero como el áspid. Te traicioné. Esa es la verdadera razón por la que me juzgas. Y esa razón hace de tu juicio un acto de venganza que lo invalida. Sé que no habría yo de esperar imparcialidad en tus decisiones. Pero quiero que sepas que he traicionado a muchos con el solo propósito de enseñarles el valor de la desconfianza. Ningún gobernante que confía en sus subalternos permanece en el poder. Por eso en mis gobiernos conduje terriblemente los juegos de la traición y del miedo. Conocía a los conspiradores al primer guiño. Los atraía, los encumbraba y les daba poder, atizaba las rivalidades, les dejaba podrirse de celos, disfrutaba viéndoles caer en las trampas que ellos mismos tendían y al final los partía de un tajo. Pero no me juzgas por asesinato ya que tus propias manos están ensangrentadas.

 

LA QUEMA DE ALEJANDRÍA

 

No habría pasado media hora desde que entrara al juzgado, cuando John García recibió instrucciones del servicio secreto para llamar con urgencia la patrulla especializada en explosivos. Al poco rato hicieron inspeccionar cuidadosamente el pequeño y viejo edificio del juzgado y las áreas contiguas, incluyendo los sótanos de las torres gemelas. El examen se hizo sistemática y rápidamente, utilizando equipos de detección recientemente estrenados. La cámara de gas en un sellado caserón del traspatio estaba dispuesta para ejecuciones sumarias, pero como hacía años que no se utilizaba desistieron de requisarla. En un cuarto de lúgubre apariencia y de gruesas paredes, los dispositivos de una silla eléctrica parecían estar a punto para ejecutar a los condenados que no se beneficiaran del perdón presidencial ni de la amnistía que el Presidente dispuso como gracia para honrar la memorable fecha de aquella última noche del siglo.

Antes de retirarse de esos recintos, John García advirtió que había algo demasiado familiar en la voz y en los exagerados ademanes del inculpado. Fue entonces cuando lo reconoció, recordando el incidente de la pira en Green Point.

"Examinas mi labor de Escriba en Alejandría, Excelentísimo Teófilo, como si aquella actividad te fuera desconocida. Escribíamos y rescribíamos. Eso era todo. Omar, en cambio, no produjo jamás un solo renglón. Antes del fuego que atribuyen a Omar hubo otros dos que devoraron terrazas enteras y de los que nadie habla ya. Yo estuve presente, pero no alcé mi mano. En realidad yo amaba la Biblioteca aunque el penetrante olor de la mierda de los murciélagos y del papel envejecido y de los papiros húmedos me provocaban insomnes ataques de asma y noches tormentosas. Pero los monarcas y los emperadores temían la Biblioteca y desconocían la riqueza de sus secretos. En el 272 A. D fue Lucio Domition quien ordenó la hoguera. No toleraban los emperadores a los escolásticos, ni la luz intensa que emanaba de Alejandría porque ésta hacía que el pueblo reclamara sus derechos. Alejandría no fue, como se propaga hoy, una pacífica ciudad de sabios. Aquello era un hervidero de ideas. Hindúes, griegos, egipcios, judíos y romanos convergíamos allí para compartir los secretos de la novedad. Los hindúes eran particularmente generosos. Abrían sus fajos y empeñaban o trocaban sus conocimientos y sus poemas por pan y trigo o por una tinaja de agua fresca. Nos enseñaron que el saber no está en el saber, ni está en los libros. Que el saber está en el cuerpo, en la pasión de la carne que goza y que padece. Los alemanes lo entendieron mucho tiempo después y la llamaron Leidenschaft. No hay pasión sin dolor. No hay dolor sin cuerpo. No hay sabiduría sin dolor. Eso era Alejandría, la probeta del dolor.

 

 

 

LA AMPLIACIÓN DEL INFIERNO

 

De Hesíodo habíamos aprendido que algo había que hacer para llenar página tras página con las intolerables presunciones del Faraón, del Emperador o del Cesar de turno. Los nobles, obispos y pontífices eran insaciables en su vanidad y tu sabes bien que la vanidad es la negación del saber. Lo sugirieron Sócrates y Salomón y sin embargo, todos querían reservarse un nicho de honor en el inútil mausoleo de la Historia.

Por eso trajimos los gusanos. Los importábamos del Asia Menor y de las regiones lacustres de Etiopía. Los gusanos fueron los verdaderos verdugos de la Historia. Luego de las crecidas del Nilo los instalábamos en sitios estratégicos hasta que pululaban las cresas, los gusanos y las crisálidas en los anaqueles superiores de la Biblioteca, mientras que las polillas y las termitas devoraban página tras página de volúmenes enteros en los pisos medios. Pensé en lo fútil de pretender almacenar el conocimiento. La sequedad de los terrales y del harmatán hacía lo suyo hacia el final del verano: crujía el maderamen de cedro de los estantes aun en las frescas bóvedas inferiores. Luego de esas devastaciones no nos era difícil reconstruir la Historia a nuestro antojo y a favor de los vencedores, ni enaltecer los que ostentaban el cetro y el báculo.

El Pontífice Máximo fue inaguantable. Antes de Omar, en el siglo tercero, Nathán y yo hubimos de rescribir toda la Historia, adaptándola al nuevo credo de Constantino sin que cardenales y obispos nos dejaran inventar a nuestro antojo otros monstruos que no fueran los del infierno. No nos importó. Moldeábamos fieras horrendas con cada oscura pasión humana. Dante visitó nuestro bestiario y bebió tranquilamente de nuestra fuente siglos después, cuando ya habíamos abandonado el efod y el pectoral y cuando cambiamos los hábitos coptos y nos trasladamos cabizbajos, con lúgubres túnicas, a los conventos y a los claustros católicos. Huimos al Norte. Primero nos refugiamos en la Toscana, en una torre etrusca abandonada, cerca de Siena. Yo cargaba pesados fajos en mulas robustas, ayudado como siempre por el fiel Nathán. Volúmenes encuadernados en cuero repujado o en lotes atados con cordel de soga. Luego fuimos más al norte y durante casi un siglo permanecimos ocultos rehaciendo pergaminos en Borgo de la Valsugana, en un asilo cercano a Trento. El camuflaje no nos sirvió de mucho y allí también fuimos víctima del saqueo, del ultraje y de la expoliación. Tuvimos que rescribir legajos y legajos enteros rememorando, pegando parches, juntando lo que quedaba de lo aprendido de memoria con lo mucho que la imaginación aporta en estos casos. Con todo nuestra fama corrió.

Uno de los proyectos más apasionantes fue el de la ampliación del infierno. Nos tomó casi un siglo. Al infierno de Dante le agregábamos enormes salones de recepción y corredores insondables y cámaras de torturas que hicieran aun más miserable la vida de los infieles. Cambiamos la arquitectura de los círculos inferiores y establecimos lugares transitorios donde se alternaban y se sucedían infinitamente el dolor y el placer. El placer era el peor de los castigos, el más doloroso. Inventamos la recámara de las Orgías Perpetuas.

No es preciso resaltar que Omar ignoraba todas estas cosas desde antes, allá en el 640, lo ignoraba. Me caben mas honores y más horrores que a él. Le precedí y le sobreviví muchos siglos después hasta estos días aciagos en los que Cirineo y yo ansiamos la liberación vertiginosa de la muerte, aquí en medio de estos rascacielos que amenazan con estallar y desmoronarse irremisiblemente. Pero en aquellos oscuros pasadizos de la Biblioteca era yo el único visionario.

Afuera me ignoraban, sí. Sistemáticamente me ignoraban y eso solo justificaría que hoy reclame mi inmolación y tu sentencia. No lo entenderías: los que procuramos la inmolación no buscamos la simpleza, la torpeza del olvido. Los suicidas sí.

Ellos no buscan ni merecen perdón, solo el olvido. Al final, la ira que nos nutre contra el mundo nos glorifica y nos une. Entiéndase bien, somos nosotros quienes al partir para siempre levantamos el índice y quienes acusamos. Jueces, testigos y verdugos son culpables aunque nadie sea capaz de verles los pies debajo del estrado y nadie advierta en sus sandalias resecas manchas de sangre.

Me preguntas quién soy. No quién o quienes he sido. Hoy, frente a ti, me obliga a relatar mi Historia el hecho de que nadie escribió las laboriosas hazañas que tejí en secreto, en la penumbra de la inmensa Biblioteca. Yo, quien forjó tantos héroes con estas manos ennegrecidas y que erigí tantas estatuas y plazas y monumentos.

Yo que induje la reverencia, la adoración y la obediencia, me resisto a desaparecer sin que el mundo me nombre.

Ignoran graciosamente que fui yo el geómetra que sentó para Alejandro los cimientos del Faro sobre la roca virgen, que fui de los pocos que supo escapar de los horrores de la masacre de Caracalla en el 215, cuando apenas se salvaron las mujeres y estos libros mohosos que yo atesoré con fervor y que hoy de alguna manera lo atestiguan. Nunca pudieron aniquilarme. Suponían que hacerlo habría sido asesinar la Historia, el único asesinato venerable.

 

 

LOS ESCRIBAS

 

En el primer siglo no hubo tentación ni delito más dulce y temible que violar, bajo pena de muerte, la odiosa ley de los copistas. Cada infracción era parte de un juego fatídico, lo sé. Mis subalternos a pesar de la inquina y del odio conocían perfectamente el juego y sabían que estaban vedadas en las reglas la delación y la ignominia.

Supongo que silenciosamente me admiraban porque yo conocía los sutiles artificios de la persuasión, de la calumnia y la juiciosa iniquidad de los anatemas. Fui maestro laudado del escarnio. No dudo que me temían. Aprendí los resbalosos trucos de la suplantación y me hice pasar por rabino y cardenal y tahúr. Pero hoy no deseo más que la fulminación ardiente y el dulce e infinito letargo de la muerte.

Si no me fue difícil embaucar a mis vulgares verdugos es porque mi hora no había llegado aun. Frente al cadalso, después de proclamar centenares de veces mi última voluntad a los esbirros les temblaba la mano y eran incapaces de alzar el hacha y dejar caer sobre mi cerviz todo el peso del afilado acero o de amarrar a mi cuello la áspera cuerda.

Como Omar, ellos desconocían la distinción entre un acento y una tilde. Les deslumbraba el misterio de los libros pero ignoraban que los papiros de Alejandría estaban plagados de omisiones, de relatos falsos y de ilícitas sustituciones.

Tuvimos que reescribir las matemáticas de Diofanto de Alejandría con inmedibles márgenes de error. De Pitágoras puedo afirmar que lo poco que se salvó es auténtico. Era de dominio público que la polilla, la traza y los vituperios contaminaban los volúmenes y los inmensos predios y que no merecían otro destino que el que presagió la Sibila. Nada deberías de lamentar, en realidad nada se perdió. El fuego de Alejandría no fue un crimen sino una virtud por eso mi sola confesión me honra y me absuelve: ¡Fui yo y no Omar quien encendió la antorcha!

 

 

EL NILO DESBORDADO

 

¡Ah!, Es que los que me acusan no recuerdan que en los inviernos el moho del Nilo primero y las aguas viscosas de las crecidas de primavera después, se apoderaban de los textos en las recámaras más profundas de la Biblioteca. No mencionan que cerrábamos las compuertas inferiores sellándolas con betún y argamasa, que abríamos las que daban al mar. Pero las lodosas aguas burlaban las trampas de arena y entraban mansamente por las cloacas y subían y subían por los túneles arrastrando consigo anaqueles y salas completas y dejando un ocre sedimento en los muros vacíos y sobre el piso una gruesa capa de arcilla pastosa. Los copistas y yo nos refugiábamos en los pisos superiores y descendíamos a finales de mayo, lumbres en mano, a recontar las pérdidas y a despojar la mugre acumulada. Los techos destilaban agua toda la noche y las goteras caían sobre los rollos más antiguos. Era una batalla que no ganábamos. Impotentes veíamos flotar los tomos en los oscuros corredores de piedra recubiertos de barro y de limo.

No pocas veces esquivé las fauces de cocodrilos voraces y braceé en las aguas malolientes para salvar los folios. Así fue como el detestable código de Amurabí cayó en mis manos. Lo sacamos de un pozo de grasa negra y tuvimos que reconstruirlo tabla por tabla. Yo apacigüe su ira, endulcé la violencia y el encono de aquellos fárragos. Quiero pedirte que se registre en mi sentencia que merced a estas manos se conocen las iluminadas profecías de Ezequiel con sus carruajes de fuego y sus arcángeles videntes. Los profetas me fascinaban, los tratábamos con una mezcla de temor y respeto. Les pedíamos que ocuparan el cenáculo, las recámaras privadas del Cesar, pero preferían dormitar afuera, sobre las piedras, junto a los baños del Nilo. De esa misma manera he visto aquí a los profetas y a los poetas, echados a las orillas del Hudson como pordioseros y como miserables sin hogar o sobreviviendo de los desperdicios en el Central Park.

 

LOS POETAS ALEJANDRINOS

 

Pide a tu secretario que escriba que los poetas fueron mi debilidad favorita. Les invitábamos. Venían a las libaciones del Cesar en los pisos superiores de la Biblioteca y el vino fluía como el verbo florido. Dependiendo de lo refinada de las adulaciones al Cesar se mantenían sus papiros arriba y luego de cada era imperial los arrojábamos al limbo de los primeros pisos. Como poesía y profecía eran las dos caras del doblón, al envejecer la poesía la transformábamos en Historia. Nos divertía pensar que la imaginación tiene un lugar que no puede serle negado en los predios de la Historia o mejor, que la Historia no era otra cosa que pura imaginación. Solo la buena poesía ha sobrevivido, aquella enloquecida de futuro y solo la buena profecía sobrevive aun, aquella cargada de imágenes pavorosas. El resto era vacuidad y adorno que apenas merecía el privilegio del fuego. Hoy pienso que la poesía es definitivamente La Historia, cuánto mejor si liberada de nomenclaturas, de genealogías espúreas y de fechas. A los iracundos profetas menores y a Virgilio los llevaba en mi alforja. Aquí los llevo todavía y conmigo se consumirán en las glorias del fuego. No pensaba quemarlos en el parque de Green Point.

Pero en Alejandría quizás debí dejar que se hundieran en el fango los puranas y los sánscritos Vedas. Una vez proyecté sin éxito liberar esos textos de su veneno, de su detestable nomenclatura de castas. Aún hoy dudo de si debí haber salvado de las aguas negras y del fuego las teorías algebraicas de Abdul Abennázar porque allí estaban las simientes de la cibernética y del sistema binario y la secreta fórmula del pentium. No sin escrúpulos rescaté del fango los libros de Xenón de Elea pero rechacé las incoherencias de Jenófanes de Colofón y las absurdas teorías de Empédocles de Akragas. Aunque hoy dudo si fue mejor así, deseo que se entienda que no era esa una censura arbitraria, sino administrada por la ira de los elementos. Las monótonas lluvias, las filtraciones y las inundaciones también habrían de ser juzgadas. Muy pocas veces fingí no poder alcanzar los volúmenes que se precipitaban irremisiblemente en las turbulentas corrientes del Nilo.

 

EL MERCADO DE LAS PALABRAS

 

Omar ignoró lo de Sócrates, por ejemplo, que se perdió en aquellas aguas asquerosas, porque yo lo quise, sí y no por el fuego limpio y sagrado que yo mismo planeé con cuidadoso esmero, apilando viruta, astillas de pino y rastrojo saturado de azufre en las recámaras. Yo dejé que se hundieran sus dudas atroces. Sócrates solo sabía dudar. Hoy afirman los inadvertidos que él nunca escribió una palabra. Nada más horrorosamente falso. Falso y vil. Asquerosamente vil. Platón y los demás plagiaron sin escrúpulos el documento maestro que yo guardé con celo en un estante sellado de la sección 1306 del pasillo 9. Venían ellos directamente o enviaban emisarios disfrazados de emires sefarditas. Eran espías, traficantes del saber, rastreadores de ideas que arriesgaban la barba por encontrar una palabra nueva. En el Ágora recitaban los diálogos de Sócrates como si fueran propios y en el Sanedrín los rabinos lo remodelaban clandestinamente. Soy judío en el fondo, no en las apariencias, y sé que nuestra misión ha sido la de proveer un eslabón entre el oriente y el occidente. Pero no se nos ha comprendido ni de un lado ni de otro. Por eso yo dejé hundir aquel manuscrito con malicioso agrado. Era yo quien sabía los secretos. Omar lo ignoraba, todo lo ignoraba como un necio fuerte y arrogante. Mi última voluntad, Teófilo, es que me condenes a la hoguera y que me permitas que sea yo mismo el que la encienda. Nadie ha de privarme del esplendor supremo. ¡Oh, yo adoraba al inolvidable Nerón tanto como él adoraba el fuego!

 

LA SIBILA

 

Porque no sin malicia se ignora que fui yo quien asistió a Hesíodo mientras inventaba su oscura teogonía y su demiúrgia. Huraño y taciturno, él pasaba los días y las noches en la recámara dieciséis. Vivía como un asceta, en el piso antepenúltimo, con su criadero de dioses. Él sostenía que todo ha de tener un dios y lo inventaba. Los creaba abrumadoramente y en todas las formas imaginables. Su bestiario superaba su teogonía y poco a poco se confunde con ella.

 

Desde la dieciséis se divisaba la isla de Faro y su torre luminosa. Le visitaban al atardecer las musas, pero no le bastaba. Yo le traía personalmente los rollos, el candil, el pan y el vino. Pero no le bastaba. Era yo quien espantaba con mi antorcha los hambrientos reptiles y los sinuosos áspides cuando él descendía a las apestosas galerías inferiores a buscar alimañas que le sirvieran de modelo para sus nuevos dioses.

Eran estas manos hoy temblorosas y secas las que endulzaban sus labios con duraznos y miel silvestre y las que sazonaban la flor de su trigo con perejil y sésamo y albahaca. De vez en cuando él pedía discretamente una hembra que arropara su insomnio.

Yo le procuré con diligencia la única mujer que conocía de oráculos y a cuyos ojos claros el futuro era una flor abierta: La Sibila de Eritrea. A su llegada él se lavó y se cubrió de afeites. Ella tomó las recámaras quince y la dieciocho y en la diecisiete improvisó los baños. Fue entonces cuando empezó mi envidia. Se amaban en silencio por las noches y durante el día recomponían el mundo, ella con su visión del porvenir y él con su fardo de pasado. Tan pronto se sintió dueña de su amor la Sibila pidió mantas de Corinto, sedas de oriente, servidumbre de Etiopía.

Mucho antes de Omar, el centurión ordenó que trajeran a Cirineo, un eunuco alto y bello, delgado como junco oriundo de Palestina. Con él vinieron siete mozas de tez de oliva y ojos rasgados como dátiles. El centurión obedecía ciegamente la Sibila y todo lo que pedía le era concedido a pesar de que predijo que su nombre sería chamuscado por el fuego. En el fondo la Sibila me odiaba. El último día de aquel año se acercó diciéndome: "Pide un deseo". "La muerte", dije sin titubear. "Te llegará en una gran ciudad, en el último día del penúltimo siglo, pero no la verás. Una enorme explosión y un ruido de voces y de luces ahogarán tu último suspiro. Mientras tanto te premio con una larga vida y te condeno al olvido y muy pocos recordarán tu verdadero nombre. " Dijo aquello y aquí estoy ciego, manco y cauterizado frente a ti Teófilo, corroído por el hastío y la fatigada espera de los siglos.

 

 

EL ALQUIMISTA LIBERADO

 

No me quedó otro remedio que jugar a ser y a hacer la La Historia. Era un escondite. No me es dado cambiar el futuro pero la La Historia se fabrica y se transforma si se tiene un ápice de autoridad o de ingenio. La Historia muda sus hábitos de modo que lo que ocurrió en el siglo tres ya no se verá de igual manera en el seis ni en el veinte y qué importa. Cuando llegaron los cristianos los ultrajábamos llamándoles ateos, gente sin dios. Recuerdo que antes lo contrario de la idolatría era un pecado, o un error. Antes de los cristianos no conocíamos el pecado y ni la inmortalidad., Nno la eternidad, que era una fórmula de mortero alcanzable sin sacrificio ni redención.

Sepas Haz de saber Teófilo, que fui yo quien inventó el sistema de índices y referencias y quien sabía la ubicación exacta de los cánones, y yo quien sabía de memoria los registros y los códices. Que fue a mí y no a Omar a quien visitaban Euclides Apolonio y Eusebio de Nicomedia y Aristarcus de Samos y Arquímedes y Erastóstenes y Anaximandro. Todos me buscaban a mí. Todos buscaban la inmortalidad en la palabra y en el signo. Y la buscaban sobre todo en las piedras. Debes recordar aquellos alquimistas que pululaban en Alejandría desde los primeros días de la era cristiana. A todos dejé que se alimentaran de la falacia y de inútiles sueños. Solo un alquimista olvidado, que trabajaba sin prisa en la recámara 13 halló la fórmula de la inmortalidad y murió ese mismo día. Una certera estocada a manos de Cirineo (o Nathán de Gaza) liberó su conciencia de todo el posible mal que su descubrimiento hubiera causado al hombre. Yo me robé sus libros. Cirineo y yo probamos su menjurje ardiente. Sabía a cianuro, a hiel de ratas, a retama, a cicuta. Parecía estar hecho de la misma sustancia de la muerte.

Desde entonces padezco de una incontrolable pasión por el fuego y de un desprecio mordaz por la Historia. Extraños horrores transitan mis frecuentes y extendidos insomnios. He pasado años enteros sin dormir. Sí. Es por eso que empecé y alimenté tanto las herejías como la inquisición. Aunque también nutrí la fe de los pueblos ideando y documentando candorosos milagros. Eran las nuevas mitologías. ¿Quién si no vigorizaría la perplejidad de los pueblos? ¿Qué sería de los hombres sin el mito? Jefes de bandas contrarias venían a mí pidiendo que les inventara proezas con irrefutables pruebas y así fabriqué cuidadosamente tanto los héroes como el fervor que los pueblos demandaban para sus luchas atroces. Era yo quien dibujaba los símbolos con compases de precisión y no pocos escudos, blasones y estandartes pasaron por estas manos calcinadas. Me hice formulador de enigmas y acertijos, experto en las cábalas y en el primer sistema binario del I Chin. Alimenté las contradicciones heréticas, hice circular falsos credos, instigué las sediciones de los arrianos; a los sabianos y a los gnósticos propuse un Sínodo similar al de Éfeso. Confieso haber sido el más honorable y desleal consejero secreto de Felipe II. Echemos la culpa de su desgracia y de la derrota de su Armada Invencible al temor mórbido que me produce el agua y a mi maliciosa pasión por el fuego. No, no fue aquella batalla un cálculo desventurado sino una estocada pacientemente calculada. Aunque nadie me descubrió no pude menos que cambiar de Emperador y Reino. Cumplí después con un fervor ya cercano al delirio, la profecía mesiánica que Nathán de Gaza pronunciara bajo mi propio influjo en la primavera de 1665 de modo que ya en el siglo XVII nadie podía atreverse a obviar mi nombre: Joachim Zvi. Me llamaron apóstata y sin embargo todos me creyeron. Yo dirigí la diáspora desde España hasta Flandes, en el bajo y lluvioso reino de Holanda. Cuando las profecías fallaron me inventé lo de los gnomos y viví largos años recluido en la bruma de bosques pantanosos. Cuando resurgí, ordené y establecí la ley de Amberes, el mismo sistema de bancas, de apuestas y de valores bajo cuyas torres enjuicias hoy mis actos, en esta Babel de Hierro, excelentísimo Teófilo.

EL VEREDICTO

 

¿Que cómo llegué aquí? Para todos los bandos fui espía y traidor. Después de la quema de la Biblioteca y por mucho tiempo tuve que refugiarme en el harén de Azif, en el desierto del Negueb. Pasé a Tánger en el siglo X y a Salamanca en el XII. Viví rodeado de moras y de pelirrojas raptadas en el navío de Thor Arne. Eran unos burdos vikingos que atracaron en Tarifa huyendo de los temporales de nieve y hielo de Terranova, de Bergen y de los arrecifes blancos de Islandia. Con los vikingos de Thor Arne viví muchos años escondidos en las tundras heladas y en las boreales tierras de Lapland. Me rescataron intrépidos marineros portugueses, viví con murciélagos en cuevas tenebrosas de Tailandia ( la oscuridad no me importaba) y en los prostíbulos de Macao. Llegué a descubrir la gente alegre y musical de las islas de Cabo Verde. Desde entonces amé las islas y ya no soporté vivir en ningún lugar que no tuviera cerca el mar.

Aunque dicen los libros que fue Omar quien encendió aquella llama, has de saber que fui yo quien instauró la hoguera y esta declaración conjurará la infamia. Mis pestañas, quemadas para siempre, lo confirman. No puedo cerrar los ojos. He sobrevivido porque aprendí de los estoicos la apatía, esa liberación suprema del dolor; y de los epicúreos la dulce ataraxia. Hay un último recuerdo que lacera mi memoria más que el fuego: Omar solo coleccionó los honores de la conquista islámica y su pecho ardía con una fe que yo moldeé a mi antojo, secretamente, interpretando la palabra de Alá y de Mahoma. Le besaban los pies. Le festejaban a él con flautas y pífanos y danzas del vientre. Yo solo cumplí una profecía: La Sibila anunció que su nombre habría de ser chamuscado ignominiosamente por el fuego.

Aquí, en Wall Street, al pie de estas torres gemelas recuerdo con placer a Heráclito, mi maestro en las diáfanas artes del fuego primordial que todo lo consume, el único purificador verdadero de la Historia. Mi plan infalible que había perdurado con los siglos llega hoy a su culminación, Excelentísimo Teófilo: He imaginado un enorme fuego liberador que abrasara los registros y las deudas que sofocan el mundo. Cirineo (Nathán) y yo esperamos tu veredicto, aunque la sentencia ya ha sido pronunciada y tú y yo sabemos que se cumplirá hoy al toque de la medianoche.

En Alejandría escapé por el delta del Nilo entre juncos ardientes en un barco fenicio que desembarcó en el Líbano. Las llamas de la Biblioteca resplandecían como la gloria desde Tarifa hasta Estambul. Nunca hice hazaña ni sacrificio mayor. Intentaron quemarme sin juicio en un oasis de mercaderes en el Negueb. Me salvaron mis veintisiete lenguas una de las cuales entendió el Califa Azif, hombre sabio y generoso quien me oyó proclamar inocencia. «¡Fue Omar, fue Omar!» Grité frente al patíbulo. «Solo cumplí órdenes. « Y así ha quedado escrita la historia. »

LA EJECUCIÓN

 

A las once y treinta y tres Joachim terminó su defensa. Nathán (Cirineo) no abrió la boca durante todo el proceso con la excepción de débiles susurros. A las once y cuarenta y tres el Mayor John García dijo al honorable Juez Teófilo haber terminado satisfactoriamente la inspección del recinto y de las torres gemelas y se alejó para vigilar otros controles de seguridad de la zona. A las once y cuarenta y cinco el Mayor García abandonaba rápidamente el área urgido por otra llamada de socorro esta vez en el puente de Brooklin.

Teófilo, mudó sus vestimentas de juez por las de Patriarca y Sumo Sacerdote a la manera copta y proporcionó a Joachim un báculo que este logró empuñar con su mano izquierda y un efod. A Nathán le adornó con una tiara y vestiduras talares. El Patriarca entonó cantos extraños y prendió sin ayuda un incensario, luego pronunció unas palabras ininteligibles para la pequeña audiencia, compuesta por una señora polaca, Madame Eva Kozinska, y varios grises agentes federales de inmigración.

A las doce en punto de la medianoche el Mayor John García comprobó desde el puente que la ciudad estallaba de júbilo en vistosos fuegos artificiales por las celebraciones carnavalescas de fin de año y que sobre el puente la multitud enardecida y ebria bailaba desaforadamente. A las doce y un minuto, el Mayor John García alcanzó a ver en el sur de Manhattan la más vistosa conflagración y fue sacudido por la más contundente explosión que hubiera presenciado jamás.

 

Fernando Ureña Rib

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: May 21, 2013
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