CODAP
MESA REDONDA SOBRE LA BIENAL DE ARTES
VISUALES
IDENTIDAD CULTURAL Y PRESENCIA HUMANA
EN LA BIENAL DE ARTES VISUALES
FERNANDO UREÑA RIB
Ser, parecer y parecerse…Las tres
palabras se parecen, ¿verdad? Siento que para un artista
este asunto es de suma importancia y no está demás echarle
una ojeada.
En la vida uno tiene que parecer
muchas cosas, porque hay exigencias sociales que nos
obligan. O cuestión de mercado. Es decir, de imagen, de
reputación, de prestigio, de honorabilidad y de respeto.
Cuando hablamos de “parecer” nos referimos a la percepción
que los demás tienen sobre nosotros y nuestro trabajo. De
esa percepción surge la fama. Algunos críticos, artistas,
administradores culturales y curadores de hoy día saben
trabajar muy bien ese aspecto “social” de la vida artística.
Se preocupan mucho por “parecer”. Parecer
actualizados, modernos, vanguardistas, ultravanguardistas,
requetecontraultravanguardistas, postmodernos,
requetecontraultrapostvanguardistaspostmodernos y
neocontemporáneos.
Instados por ese deseo de aceptabilidad,
y basándose en las premisas de la novedad (no de la
originalidad) críticos y artistas tratan de parecerse
a todo aquello que está de moda, que ha sido asimilado,
establecido, reconocido, aplaudido. Es ir a lo seguro,
evitar caer en el ridículo. Tome en consideración que la
retahíla de estilos mencionados ya tiene más de un siglo de
existencia y que el arte conceptual comenzó con Marcel
Duschamp en 1910.
La XXIV Bienal de Artes Visuales, al
igual que muchas otras, manifiesta el espíritu del Objet
Trouve. Creemos quizás que nuestro valor estaría en
parecernos a la Bienal de Venecia, hacer los montajes como
se hacen en la Documenta de Kassel, dejar enormes espacios
vacíos, como ocurre en los Museos de Arte Contemporáneo de
Montreal, de Ámsterdam, de Bruselas, en los muelles del
Armory en Chelsea, Nueva York.
Corremos el riesgo de que la Bienal
Nacional de Arte no sea un reflejo fiel de lo que está
ocurriendo en materia de arte de nuestro país. Es más bien
el reflejo de lo que queremos, lo que deseamos que ocurra,
de lo que aspiramos. No sé hasta qué punto influyen en esto
las aplaudidas bienales que hemos mencionado. Lo cierto es
que queremos parecernos.
Es por eso que muchos artistas copian
obras publicadas en revistas de París, Tokio, Berlín o
Londres. Es la globalización, dirán algunos, ese rasero
cultural que pretende abolir la identidad de los pueblos y
que busca que en todo el mundo consumamos las mismas
hamburguesas, que tomemos las mismas sodas y que nos
vistamos de similar manera, abrigando las marcas que
establecen el patrón de la moda y las nuevas costumbres que
reiteran a cada instante los medios.
En este sentido, las mentes detrás de la
globalización (cuyos valores humanos y de acercamiento no
discutimos) han ganado mucho terreno y saben que llegará un
momento en que las apariencias (eso de parecerse) se
transformarán en incuestionable realidad. Es lo mismo ocurre
con el dinero. Sabemos que el dinero es resultado de una
convención, de un acuerdo público garantizado por el Estado.
La realidad es que al Banco Central le cuesta lo mismo
producir una papeleta de 20 que una de 2000 pesos. La
realidad también es que con la de 2000 pesos podemos comprar
más cosas. Pero el dinero no es algo que contenga mucho
valor en sí mismo, se lo atribuimos y con ese valor
compramos cosas que sí lo tienen. Es la vieja discusión
filosófica sobre los valores y su representación, de modo
que no nos adentraremos por ahí.
Pero sí nos interesa lo de parecer,
distinto de la acepción parecerse. Este último es un
verbo reflexivo nos obliga a utilizar la preposición a.
Según los sutras del budismo en el mundo siempre habrá siete
personas que se parezcan a uno. De modo que es posible que
por ahí anden siete personas que podrían ser nuestros
dobles. Coincidencias en los códigos genéticos, quizás. El
caso es que en la Bienal de Artes Visuales hay muchas obras
que se parecen a muchas otras obras que conocemos,
que hemos visto ya desde hace mucho tiempo en museos y en
revistas.
Esto es producto de la publicidad, de los
medios, del espíritu de la época, diría usted. Es un estilo.
Una suma de caracteres comunes. Como ocurría en tiempos del
rococó, todas aquellas voluptuosas aristas, la profusión de
encajes y de sedas en el ropaje.
Yo pienso, al igual que Benedetto Croce y
que Borges, que el arte es la forma. La manera de
interpretar, de actuar, cantar, de pintar etc., Cuando un
artista produce una obra esta adquiere características muy
personales, resultados de la experiencia de vida y de la
percepción de esa persona. El arte es entonces una materia
única e irrepetible. Pero es asombroso que tantos artistas
se parezcan a otros, que los imiten y consigan una similitud
extraordinaria de esas características con el original.
Muchas de las obras expuestas en la
Bienal no tienen el sello distintivo y único que el artista
imprime a lo que hace. Carecen de un estilo o forma propios.
En el fondo, el arte es la forma. Es parecido a lo que
dijera el mexicano Juan José Arreola, que “las mujeres toman
la forma del sueño que las contiene.” Del mismo modo el arte
toma la forma del sueño, del anhelo, del deseo que lo
inspira o motiva.
El arte es la forma individual y única en
que nos expresamos y comunicamos. Nuestra propia manera de
sentir y de ver el mundo. En eso consiste la unicidad del
arte. En que sea auténtico, único, irrepetible. De no ser
así, los resultados obvios de esa obra serían los de la
mediocridad de parecerse a.
Sin embargo, los presupuestos formales de
una obra implican, una serie de factores de tipo cultural,
social, étnico, regional, humano, psicológico etc., que nos
permiten identificar la personalidad, la procedencia y el
tiempo en que esa obra se produjo.
Por eso, en sus procesos creativos
interiores el artista asimila lo que ha aprendido y digiere
lo que otros han creado. Hace suyo otras formas de hacer y
le aporta sus propios procedimientos de ejecución. A veces
la creación es un acto colectivo y complejo. Si diez
directores dirigen la misma sinfonía, no solo tendremos diez
interpretaciones distintas, sino diez orquestas distintas.
Porque la orquesta y los instrumentos cambian su manera, de
acuerdo a la dirección que reciben. La orquesta es el
instrumento del director.
En una muestra de arte múltiple, como lo
es esta Bienal, el curador viene a ser el director de
orquesta. Hay aspectos creativos en su trabajo. Esta es su
obra de arte, su forma de expresión con ese conjunto de
obras con las que conformará un todo coherente. La curaduría
y la museografía tienen en sí valores estéticos propios.
Aquí prima su concepción y uso del espacio, el balance
visual de la muestra, para que no cojee en un área con
relación a otra, etc. Lo que ocurre con frecuencia en las
bienales y otros eventos de este tipo, es que la obra
creativa del curador y su montaje, determinan la calidad del
conjunto, sin ahogar ni suprimir el espíritu y la
comunicación que cada artista individual trata comunicar.
Porque cada creador es un solista. Merece un tiempo y un
espacio para que él manifieste talento creador.
Tanto los artistas mismos como los
curadores y jueces de selección y premiación de las bienales
hacen bien en reconocer que el arte es el resultado de una
experiencia de vida. No es un calco, ni una imitación de la
experiencia humana de otros individuos. Lo que el artista
vive, lo que sufre, lo que disfruta tiene un peso específico
en los sentimientos y dolores que expresa cuando pinta, hace
un video, una escultura, una instalación, en fin...
¿Cuál es el papel de la cultura propia,
de la experiencia de vida y de la sociedad actual en el
proceso creativo tanto del artista como del juez o del
curador?
Es curioso que cada artista, cada
curador, cada juez, cada pueblo posee una joya valiosa en su
interior y muchas veces prefiere mendigar y hacerse
pordiosero de otras culturas. Parecernos solo a
nosotros mismos es lo que cuenta. Es difícil. Pero es
posible lograrlo.
Sobre esa joya interior me voy a permitir
hacerles un breve relato Zen, o más bien un sutra. Es muy
antiguo, y es parte del sutra del loto. Como la sabiduría es
eterna, creo que todos los envueltos en este proceso de la
bienal podríamos sacar provecho de ella.
Se trata de un hombre pobre que visita la
casa de un viejo amigo rico. Él le invita a comer y a beber.
Embriagado por el vino, se queda profundamente dormido.
Teniendo que salir para cumplir un compromiso, su anfitrión
se preocupa por la condición de su indigente amigo. De modo
que cose una joya invalorable en el abrigo del mendigo. Al
despertar el hombre pobre abandona la casa y se va.
Ignorando acerca de la valiosa joya cosida en su harapienta
túnica, él deambula de tierra en tierra manteniéndose en
paupérrimas circunstancias. Un día, el hombre pobre se
encuentra nuevamente con su viejo amigo. El amigo se
conmociona al ver que el hombre pobre no había utilizado la
valiosa joya que él mismo cosiera en el manto de su amigo
tantos años atrás. Corta el manto y revela la brillante joya
en su interior. El amigo, que había tenido una pesada vida,
se regocija al saber que está en posesión de ese tesoro.
¿Qué significa esto? Se supone que cada
uno tome esa lección, la interprete y la aplique a sí mismo,
a su cultura, a su propio país. Nosotros, en República
Dominicana tenemos gran talento creativo, tenemos joyas
valiosas: Jóvenes brillantes, maestros depurados. Cada
artista debe a su vez hurgar en su interior y encontrar esa
joya valiosa que lleva, en vez de deambular buscando migajas
en libros y revistas. Los curadores, administradores
culturales y críticos están en el deber de descubrir y
premiar esas joyas invaluables.
Creo que hay un panorama triste en el
arte dominicano. Muchas veces somos creativos, encontramos
una fórmula de supervivencia con cierto tipo de obra y luego
nos anquilosamos. Repetimos vez tras vez la misma cosa. El
artista debe entender que la existencia es un fluir. Es
decir, es algo cambiante, dinámico, siempre estamos
físicamente en un lugar y en un tiempo distinto. También
nuestra cabeza da vueltas. No, no somos los mismos de ayer y
sin embargo seguimos siendo los mismos individuos. Cambia la
forma en que nos manifestamos, porque el arte cambia
constantemente a medida que vivimos. Son cambios sutiles en
los que no dejamos de SER nosotros mismos. Esto
aplica a todos. A curadores y críticos también, cuya labor
es realmente valiosa e importante y cuya función primordial
es descubrir a través de manifestaciones como las de esta
Bienal las joyas y los tesoros que tenemos aquí, en medio de
nosotros.
A los artistas les diré que tenemos que
fluir, ir con la vida, con cada instante de ella. Cuando
realicemos una obra, sin importar la categoría plástica, nos
debemos dejar invadir por ella con todo su sentir y
adentrarnos en ese río y navegarlo y hundirnos en él
profundamente. Obras tradicionales y contemporáneas por
igual sufren del síndrome de la supervivencia, no de la
existencia.
¿Estamos haciendo una obra solo para
venderla, o para ganar el apetitoso premio de la Bienal?
Muchas veces se nota este engaño. Vemos mucha obra como algo
hueco, vacío, pobre, banal. No hemos alcanzado el
sentimiento alto y puro de la creación y no nos hemos
esforzado por ser auténticos, por ser nosotros mismos, por
decir y contar nuestra propia historia. Solo hemos tratado
de parecernos a…puntos suspensivos.
Si logramos alcanzar esos altos niveles
de expresión pura y de creación, no importará tanto que los
curadores y críticos reconozcan o no nuestra obra, que se
percaten de que tienen una joya enfrente y que no pueden
verla. La historia es el mejor juez, el mejor curador. Mucha
de la cháchara barata que se ve en el arte contemporáneo
desaparecerá. Quedarán las obras auténticas, aquellas en las
que el artista se desnudó, liberó sus energías vitales,
expresó todo su dolor, su sensualidad, su alegría. El
artista se miró al espejo y meditó sobre su propia
existencia. No buscó nada afuera. Esas cosas, las de afuera
ya estaban dentro. Eran su experiencia de vida. Ahora él
podrá ver reflejado en su obra la valiosa joya que llevaba
adentro.