Fernando
UREÑA RIB

Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

OBRA PICTÓRICA

 

 

 
 LA BIENAL NACIONAL, LA BIENAL DE VENECIA, ARTE INTERNACIONAL BIENAL DEL CAIRO

 

XXIV BIENAL NACIONAL DE ARTES VISUALES

MUSEO DE ARTE MODERNO

SANTO DOMINGO 2007

 

Juan Mayi ganador del Gran Premio de la XXIV Bienal Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo
JUAN MAYÍ, GANADOR DEL GRAN PREMIO DE LA XXIV BIENAL DE ARTES VISUALES

 

 

 

 

CODAP

MESA REDONDA SOBRE LA BIENAL DE ARTES VISUALES

 

 

IDENTIDAD CULTURAL Y PRESENCIA HUMANA

EN LA BIENAL DE ARTES VISUALES

 

 

FERNANDO UREÑA RIB

Ser, parecer y parecerse…Las tres palabras se parecen, ¿verdad? Siento que para un artista este asunto es de suma importancia y no está demás echarle una ojeada.

En la vida uno tiene que parecer muchas cosas, porque hay exigencias sociales que nos obligan. O cuestión de mercado. Es decir, de imagen, de reputación, de prestigio, de honorabilidad y de respeto. Cuando hablamos de “parecer” nos referimos a la  percepción que los demás tienen sobre nosotros y nuestro trabajo. De esa percepción surge la fama. Algunos críticos, artistas, administradores culturales y curadores de hoy día saben trabajar muy bien ese aspecto “social” de la vida artística. Se preocupan mucho por “parecer”. Parecer actualizados, modernos, vanguardistas, ultravanguardistas, requetecontraultravanguardistas, postmodernos, requetecontraultrapostvanguardistaspostmodernos y neocontemporáneos.  

Instados por ese deseo de aceptabilidad, y basándose en las premisas de la novedad (no de la originalidad) críticos y artistas tratan de parecerse a todo aquello que está de moda, que ha sido asimilado,  establecido, reconocido, aplaudido. Es ir a lo seguro, evitar caer en el ridículo. Tome en consideración que la retahíla de estilos mencionados ya tiene más de un siglo de existencia y que el arte conceptual comenzó con Marcel Duschamp en 1910.

La XXIV Bienal de Artes Visuales, al igual que muchas otras, manifiesta el espíritu del Objet Trouve. Creemos quizás que nuestro valor estaría en parecernos a la Bienal de Venecia, hacer los montajes como se hacen en la Documenta de Kassel, dejar enormes espacios vacíos, como ocurre en los Museos de Arte Contemporáneo de Montreal, de Ámsterdam, de Bruselas, en los muelles del Armory en Chelsea, Nueva York. 

Corremos el riesgo de que la Bienal Nacional de Arte no sea un reflejo fiel de lo que está ocurriendo en materia de arte de nuestro país.  Es más bien el reflejo de lo que queremos, lo que deseamos que ocurra, de lo que aspiramos. No sé hasta qué punto influyen en esto las aplaudidas bienales que hemos mencionado.  Lo cierto es que queremos parecernos.

Es por eso que muchos artistas copian obras publicadas en revistas de París, Tokio, Berlín o Londres. Es la globalización, dirán algunos, ese rasero cultural que pretende abolir la identidad de los pueblos y que busca que en todo el mundo consumamos las mismas hamburguesas, que tomemos las mismas sodas y que nos vistamos de similar manera, abrigando las marcas que establecen el patrón de la moda y las nuevas costumbres que reiteran a cada instante los medios.    

En este sentido, las mentes detrás de la globalización (cuyos valores humanos y de acercamiento no discutimos) han ganado mucho terreno y saben que llegará un momento en que las apariencias (eso de parecerse) se transformarán en incuestionable realidad. Es lo mismo ocurre con el dinero.  Sabemos que el dinero es resultado de una convención, de un acuerdo público garantizado por el Estado. La realidad es que al Banco Central le cuesta lo mismo producir una papeleta de 20 que una de 2000 pesos. La realidad también es que con la de 2000 pesos podemos comprar más cosas. Pero el dinero no es algo que contenga mucho valor en sí mismo, se lo atribuimos y con ese valor compramos cosas que sí lo tienen. Es la vieja discusión filosófica sobre los valores y su representación, de modo que no nos adentraremos por ahí.

Pero sí nos interesa lo de parecer, distinto de la acepción parecerse. Este último es un verbo reflexivo nos obliga a utilizar la preposición a. Según los sutras del budismo en el mundo siempre habrá siete personas que se parezcan a uno. De modo que es posible que por ahí anden siete personas que podrían ser nuestros dobles. Coincidencias en los códigos genéticos, quizás. El caso es que en la Bienal de Artes Visuales hay muchas obras que se parecen a muchas otras obras que conocemos, que hemos visto ya desde hace mucho tiempo en museos y en revistas.

Esto es producto de la publicidad, de los medios, del espíritu de la época, diría usted. Es un estilo. Una suma de caracteres comunes. Como ocurría en tiempos del rococó, todas aquellas voluptuosas aristas, la profusión de encajes y de sedas en el ropaje.

Yo pienso, al igual que Benedetto Croce y que Borges,  que el arte es la forma.  La manera de interpretar, de actuar, cantar, de pintar etc., Cuando un artista produce una obra esta adquiere características muy personales, resultados de la experiencia de vida y de la percepción de esa persona. El arte es entonces una materia única e irrepetible. Pero es asombroso que tantos artistas se parezcan a otros, que los imiten y consigan una similitud extraordinaria de esas características con el original.

Muchas de las obras expuestas en la Bienal no tienen el sello distintivo y único que el artista imprime a lo que hace. Carecen de un estilo o forma propios. En el fondo, el arte es la forma. Es parecido a lo que dijera el mexicano Juan José Arreola, que “las mujeres toman la forma del sueño que las contiene.” Del mismo modo el arte toma la forma del sueño, del anhelo, del deseo que lo inspira o motiva. 

El arte es la forma individual y única en que nos expresamos y comunicamos. Nuestra propia manera de sentir y de ver el mundo. En eso consiste la unicidad del arte. En que sea auténtico, único, irrepetible. De no ser así, los resultados obvios de esa obra serían los de la mediocridad de parecerse a.

Sin embargo, los presupuestos formales de una obra implican, una serie de factores de tipo cultural, social, étnico, regional, humano, psicológico etc., que nos permiten identificar la personalidad, la procedencia y el tiempo en que esa obra se produjo. 

Por eso, en sus procesos creativos interiores el artista asimila lo que ha aprendido y digiere lo que otros han creado. Hace suyo otras formas de hacer y le aporta sus propios procedimientos de ejecución. A veces la creación es un acto colectivo y complejo.  Si diez directores dirigen la misma sinfonía, no solo tendremos diez interpretaciones distintas, sino diez orquestas distintas. Porque la orquesta y los instrumentos cambian su manera, de acuerdo a la dirección que reciben. La orquesta es el instrumento del director.

En una muestra de arte múltiple, como lo es esta  Bienal, el curador viene a ser el director de orquesta. Hay aspectos creativos en su trabajo. Esta es su obra de arte, su forma de expresión con ese conjunto de obras con las que conformará un todo coherente. La curaduría y la museografía tienen en sí valores estéticos propios.  Aquí prima su concepción y uso del espacio, el balance visual de la muestra, para que no cojee en un área con relación a otra, etc. Lo que ocurre con frecuencia en las bienales y otros eventos de este tipo, es que la obra creativa del curador y su montaje, determinan la calidad del conjunto, sin ahogar ni suprimir el espíritu y la comunicación que cada artista individual trata comunicar. Porque cada creador es un solista. Merece un tiempo y un espacio para que él manifieste talento creador.

Tanto los artistas mismos como los curadores y jueces de selección y premiación de las bienales hacen bien en reconocer que el arte es el resultado de una experiencia de vida. No es un calco, ni una imitación de la experiencia humana de otros individuos. Lo que el artista vive, lo que sufre, lo que disfruta tiene un peso específico en los sentimientos y dolores que expresa cuando pinta, hace un video, una escultura, una instalación, en fin...

¿Cuál es el papel de la cultura propia, de la experiencia de vida y de la sociedad actual en el proceso creativo tanto del artista como del juez o del curador?

Es curioso que cada artista, cada curador, cada juez, cada pueblo posee una joya valiosa en su interior y muchas veces prefiere mendigar y hacerse pordiosero de otras culturas.  Parecernos solo a nosotros mismos es lo que cuenta. Es difícil. Pero es posible lograrlo.

Sobre esa joya interior me voy a permitir hacerles un breve relato Zen, o más bien un sutra. Es muy antiguo, y es parte del sutra del loto. Como la sabiduría es eterna, creo que todos los envueltos en este proceso de la bienal podríamos sacar provecho de ella.

Se trata de un hombre pobre que visita la casa de un viejo amigo rico. Él le invita a comer y a beber. Embriagado por el vino, se queda profundamente dormido. Teniendo que salir para cumplir un compromiso, su anfitrión se preocupa por la condición de su indigente amigo. De modo que cose una joya invalorable en el abrigo del mendigo. Al despertar el hombre pobre abandona la casa y se va. Ignorando acerca de la valiosa joya cosida en su harapienta túnica, él deambula de tierra en tierra manteniéndose en paupérrimas circunstancias. Un día, el hombre pobre se encuentra nuevamente con su viejo amigo. El amigo se conmociona al ver que el hombre pobre no había utilizado la valiosa joya que él mismo cosiera en el manto de su amigo tantos años atrás. Corta el manto y revela la brillante joya en su interior. El amigo, que había tenido una pesada vida, se regocija al saber que está en posesión de ese tesoro.

¿Qué significa esto? Se supone que cada uno tome esa lección, la interprete y la aplique a sí mismo, a su cultura, a su propio país. Nosotros, en República Dominicana tenemos gran talento creativo, tenemos joyas valiosas: Jóvenes brillantes, maestros depurados. Cada artista debe a su vez hurgar en su interior y encontrar esa joya valiosa que lleva, en vez de deambular buscando migajas en libros y revistas. Los curadores, administradores culturales y críticos están en el deber de descubrir y premiar esas joyas invaluables.

 

Creo que hay un panorama triste en el arte dominicano. Muchas veces somos creativos, encontramos una fórmula de supervivencia con cierto tipo de obra y luego nos anquilosamos. Repetimos vez tras vez la misma cosa. El artista debe entender que la existencia es un fluir. Es decir,  es algo cambiante, dinámico, siempre estamos físicamente en un lugar y en un tiempo distinto. También nuestra cabeza da vueltas. No, no somos los mismos de ayer y sin embargo seguimos siendo los mismos individuos. Cambia la forma en que nos manifestamos, porque el arte cambia constantemente a medida que vivimos.  Son cambios sutiles en los que no dejamos de SER nosotros mismos.  Esto aplica a todos. A curadores y críticos también, cuya labor es realmente valiosa e importante y cuya función primordial es descubrir a través de manifestaciones como las de esta Bienal las joyas y los tesoros que tenemos aquí, en medio de nosotros.

 

A los artistas les diré que tenemos que fluir, ir con la vida, con cada instante de ella. Cuando realicemos una obra, sin importar la categoría plástica, nos debemos dejar invadir por ella con todo su sentir y adentrarnos en ese río y navegarlo y hundirnos en él profundamente. Obras tradicionales y contemporáneas por igual sufren del síndrome de la supervivencia, no de la existencia.

 

¿Estamos haciendo una obra solo para venderla, o para ganar el apetitoso premio de la Bienal? Muchas veces se nota este engaño. Vemos mucha obra como algo hueco, vacío, pobre, banal. No hemos alcanzado el sentimiento alto y puro de la creación y no nos hemos esforzado por ser auténticos, por ser nosotros mismos, por decir y contar nuestra propia historia. Solo hemos tratado de parecernos a…puntos suspensivos.

 

Si logramos alcanzar esos altos niveles de expresión pura y de creación, no importará tanto que los curadores y críticos reconozcan o no nuestra obra, que se percaten de que tienen una joya enfrente y que no pueden verla. La historia es el mejor juez, el mejor curador. Mucha de la cháchara barata que se ve en el arte contemporáneo desaparecerá. Quedarán las obras auténticas, aquellas en las que el artista se desnudó, liberó sus energías vitales, expresó todo su dolor, su sensualidad, su alegría.  El artista se miró al espejo y meditó sobre su propia existencia. No buscó nada afuera. Esas cosas, las de afuera ya estaban dentro. Eran su experiencia de vida. Ahora él podrá ver reflejado en su obra la valiosa joya que llevaba adentro.

 

 

 

 


 

 

Pintura al Oleo de José Sejo en la Bienal Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo 2007

 

 

FERNANDO UREÑA RIB

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Revisado: May 20, 2013

 

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